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20/May/2010
 
 
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Opinión Escribe RAFO LEON

Nueva Estética, Nueva Ética

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La demolición municipal del Parque Cuadros: un daño consumado.

Cuando leí que el alcalde Miyashiro de Chorrillos se había traído abajo la glorieta del Parque Cuadros y de paso, los viejos árboles que refrescaban esa cuchilla verde situada frente al mar, sentí ganas de ir al local municipal y ponerme a gritar contra la incivilidad, el abuso y la prepotencia de ese señor que no habla, como Castañeda Lossio. Lo podía haber hecho pero no habría ganado nada, el daño está consumado y el sobredaño ya se viene: un sacha parque de cemento con piletas bidé, bancas como hangares brutalistas y sobre todo, cadenas, esas con las que el invertebrado alcalde ha llenado el distrito, eslabones concatenados que aparte de enriquecer a algún proveedor (y por qué no, a su contraparte municipal), lo único que hacen es dotar a las calles de Chorrillos de un irritante aire militar.

Respiré profundo y me puse a pensar en lo que veo en todo el Perú, por mi trabajo. Si uno se coloca frente al mapa de nuestro país y comienza a delimitar las Áreas Naturales Protegidas, los patrimonios de Unesco y los Patrimonios de la Nación, quedarán unas manchas entre las cuales se despliegan territorios que en términos de protección y conservación son tierra de nadie. En esas porciones de Perú cada quien hace lo que se le antoja. Sin embargo, el pensamiento conservacionista mundial en lo que toca a la naturaleza –de hecho mucho más evolucionado que el que atañe al espacio cultural– ha creado la noción de corredor, con la que se da continuidad a unas zonas de conservación con otras, mediante transectos que teniendo mucho menores restricciones para la actividad humana, precisan de ciertos parámetros para amortiguar lo estrictamente protegido. En cambio en lo cultural no ocurre lo mismo. Si tú tienes una casa, por ejemplo en La Punta, que según el INC posee valor como para ser patrimonializada, pues empieza a llorar porque no podrás abrir una bodeguita en el garaje aunque estés desempleado. Igual, los espacios más amplios protegidos, digamos que el centro histórico del Cusco, limitan radicalmente con la tierra de nadie, con lo cual el bricolaje se vuelve norma y la amenaza de lo “modernizante” termina convirtiéndose en una realidad, gracias a la venalidad y/o ignorancia de los alcaldes.

Hasta ahí estoy planteando las cosas desde el ángulo equivocado, pues toda mi argumentación se basa en lo que dicen las normas. El caso de Miyashiro nos muestra, en cambio, cuál es la verdadera ley: el 70 por ciento de aprobación que tiene en su distrito. En buen romance, la mayoría absoluta de chorrillanos está feliz con esas esculturas de fibra que representan a la familia, la pareja y la que lo parió, en una estética en la que se confunde el parque público con el parque de diversiones. Eso, además de demostrar que a veces –como decía Borges– la democracia es un error de la estadística, está poniendo en evidencia que hay un gusto dominante que se expande por todo el país, al que no se le puede dar la espalda catalogándolo a secas de inferior. Ese dilema estético es, pienso, uno de los tantos rostros de la nueva ética que el Perú de hoy parece estar pidiendo: más tolerancia con la informalidad, con lo que no está cuajado, con lo que no termina de ser. Por otro lado, el quid del asunto patrimonial pareciera no reposar en la ley sino en la estima de la gente por sus propias cosas. Tres ejemplos. El alcalde de Huancabamba se tiró el local municipal, un edificio sencillo de adobe, más que centenario, al que tenía pensado reemplazar por una bestialidad de cinco millones de soles. El pueblo entero se levantó y echó al alcalde. En Iquitos acaba de ocurrir algo muy parecido con el viejo edificio de la Municipalidad de Maynas. El alcalde Abenzur se lo bajó y ahora la gente está a punto de bajárselo a él. No olvidemos nunca que en 1993, cuando Ayacucho vivía los peores momentos del terrorismo, el alcalde taló las cuarenta palmeras centenarias de la plaza de la ciudad. Los huamanguinos venían aguantando con resiliencia y silenciosa esperanza los horrores de la guerra, pero ante ese atentado, salieron a las calles a vengar sus queridos árboles. Es que la verdadera ley no está escrita.( Escribe: Rafo León)


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