Opinión Escribe: RAFO LEON
Fieles a la Palabra y a tu Divina Enseñanza…
En esta vida se le puede sacar la vuelta a todo: a la pareja, a la SUNAT, a los compromisos sociales, al horario de trabajo, a un gran –inmenso– número de leyes, a la certeza de morir… Pero al lenguaje, jamás. El lenguaje habla y cuando habla, da forma a nociones, pasiones, claroscuros y sentidos indiferenciados, un magma que requiere de un código fisiológico y social para
decir. Y el lenguaje dice. En realidad,
es lo que dice. Por eso más revelador resulta analizar el discurso que el contenido de lo expresado. Estoy en una cafetería, me acompaña una colega (C). Se abre la puerta del local y entra una de sus mejores amigas
(A de C). Se produce el siguiente diálogo:
C. Hola, qué es de tu vida… A de C. Ahí…. C. (Un poco desorbitada)
¡Ay, ayer pasé por la puerta de tu casa y vi una ambulancia…! A de C (Primero sorprendida, luego ya no)
¿Ambulancia?... Ah, sí, la muchacha… Oye, te veo, estoy a mil. Y se despidieron y yo seguí conversando con C pero sin dejar de pensar en que acababa de asistir a una de esas muestras horrendas de velado racismo limeño; pero también, en que nada iba a conseguir si me reducía a juzgar moralistamente el contenido de la conversación en mención, y que más interesante sería detenerse en el flujo expresivo, en el diálogo mismo. Y claro, ahí está el detalle, la normalidad manifestada sobre la diferencia afectiva entre ver una ambulancia para alguien de la familia (o del círculo) versus una ambulancia para la muchacha. Esa normalización de la exclusión me pareció tan profundamente arraigada en ciertos sectores que en verdad, me asusté, y eso que estoy más que curtido es lo que compete a comportamientos limeños.
Como para demostrar que andamos en todas, la semana que pasó un diario destapó la noticia de que el cura belga Jef Van Den Ouweland (54), acusado por pedofilia en su país, era ni más ni menos que párroco en el pueblo moqueguano de Ichuña, donde además enseñaba idiomas en un par de institutos. El cardenal Juan Luis Cipriani, eximio basquetbolista y de muy buena familia – virtudes que lo hacen más que perfecto para el cargo que ocupa– le echó la culpa del affaire a la prensa. Pero siguiendo nuestra pista de hurgar en el discurso antes que en su contenido, encontramos que lo dijo de manera transparente: “Qué ganas de armar escándalo. Si hay un sacerdote belga, en no sé qué lugar, y por lo visto tiene unas acusaciones en su país, etc.…”. A ver, monseñor, detengámonos un momentito en lo que usted dijo por la radio. Si hacemos un ejercicio por sistematizar la reacción de la Santa Madre frente a las acusaciones de abuso sexual desde que estas comenzaron a saltar, vamos a encontrar que de una u otra manera la jerarquía, para mantener los trapos sucios en casa y evadir la justicia, ha usado con frecuencia el argumento de que las denuncias estaban infladas, o por los medios de comunicación, la masonería, los jesuitas, los abogados de las supuestas víctimas y/o todos juntos. Exactamente como lo hace usted. Luego, ¿qué es eso de “…en no sé qué lugar”? ¿No le suena, monseñor, a expresiones de grueso sentido racista como “donde el diablo perdió el poncho”, “en Bolivia”, o la castiza “en el culo del mundo”? ¿No le parece que esa forma tan despectiva de referirse a Ichuña ningunea el estatuto humano del lugar, reduciéndolo a un punto remoto en el mapa, en el caso que estuviera registrado? ¿Le hubiera parecido más grave si esto ocurría en alguno de los colegios que el Opus Dei controla en las zonas arboladas de la capital? Hasta hace no mucho, cada vez que aparecía un caso nuevo de pederastia en alguna jurisdicción católica, el cura superior al delincuente luego de arreglar con la familia, hacía trasladar al monstruo a alguna dependencia tan apartada que ya no tenía nombre, donde nadie lo buscase ni nadie le siguiera impidiendo hacer sus cochinadas pues se trata de ámbitos pobres, rurales, en los que las familias confían ciegamente en los curas, no tienen una noción clara sobre ciertos delitos y temen a las instituciones grandes y centralistas. Monseñor, ya está todo dicho. Antes de hablar habría que hacer voto de fidelidad con la palabra. (Rafo León)