Opinión La vida de César Calvo pertenece mucho a la leyenda, y es difícil distinguir cuál es la realidad, cuál la ficción en la vida fabulosa que tuvo este gran poeta y hermano de generación, que practicó todo con exceso, todo con pasión…
César Calvo: La Leyenda (I)
 |
“Se reía alto y fuerte, huracanadamente, y era muy ingenioso alegre, picante y provocativo, pero con un charme que en lugar de inquietar, encantaba”. |
Lo conocí en el ’61, en el Patio de Letras de la vieja casona de San Marcos, cuando ingresé a la universidad. Era el líder indiscutible de la nueva generación de poetas, que asomaba las narices por San Marcos, la cola por la Católica. Era flaco, alto, muy guapo y carismático, y tenía una fosforescente fama de mujeriego. Se reía alto y fuerte, huracanadamente, y era muy ingenioso, alegre, picante y provocativo, pero con un charme que en lugar de inquietar, encantaba. Siempre andaba muy elegante, con ternos impecables, porque su abuelo era el maestro Soriano, un sastre reputado que siempre lo vistió a la moda. Por eso César se ponía a veces un smoking cuando iba a recitar al Salón General, para gran escándalo de los apristas, que veían en ello una provocación.
Una mañana, a eso de las once, estaba yo en la pileta del Patio de Letras, huraño, preocupado por tener tan descuidados mis estudios de medicina, cuando pasó César con cara de mala noche, los ojos rojos y sin afeitar. “¿Y?”, me saludó, “¿qué te pasa que tienes mala cara?”, y yo le solté sin más trámite mi problema: que si iba a ser médico o poeta, que si iba a perder el año, que si podría transferir mi matrícula a Letras sin dar examen, o tendría que pasar otro examen de ingreso el próximo año… El flaco me miraba sin decir palabra, y de pronto exclamó, apasionadamente: “¡Yo lo he dejado todo por la poesía, y si quieres ser poeta, tú tienes que hacer lo mismo! ¡Deja todo lo demás! ¡Si no, no sale, no funciona! ¡No puedes ser al mismo tiempo médico y poeta, olvídate!”. Y acto seguido pasó a contarme que Edgardo Pérez Luna y Gustavo Valcárcel habían sido estudiantes de medicina antes de ser poetas, y el mismísimo André Bretón, fíjate, el surrealista, estudió medicina… “Pero no se puede ser, al mismo tiempo, médico y poeta. No hay tiempo para las dos cosas, que son demasiado absorbentes. Sólo puedes hacer una bien…Tienes que decidirte ahora, hermano”. Y sobre estas buenas palabras, con una cariñosa palmada, el flaco continuó su periplo, dejándome fuertemente impresionado. Esa misma tarde decidí dejar la Escuela de Medicina, con todas las consecuencias que se derivaron de este acto, que sería decisivo para mi vida.
Si hay una gran diferencia entre la Generación del ‘50 y la del ’60, ésta se encuentra más en la vida que en la poesía, más en la actitud vital de los poetas que en sus propios versos. Los poetas de los ’50 son más conservadores, más académicos, más clasemedieros que esos jóvenes pelucones que irrumpen en la escena literaria a principios de los ’60, con ganas de cambiarlo todo. Los paradigmas de esa gran diferencia son los poetas Javier Heraud y César Calvo, que empataron el primer puesto del premio “El Poeta Joven del Perú” en 1961… El primero entregó su joven vida por un ideal revolucionario, y el segundo hizo de su vida una rebelión permanente, que no cesó sino con la muerte, a diferencia de poetas más institucionales de los ´50, como Paco Bendezú, como Romualdo, como Washington Delgado que fueron profesores universitarios y a pesar de sus inflamadas arengas a favor de la revolución nunca pasaron de guerrilleros de café. Como muy bien lo expresa un poema de Tulio Mora:
No quiero morir como Javier Heraud,
no quiero vivir como Washington Delgado…
¡Y vaya si César Calvo no vivió como Washington Delgado…!
Y es que el flaco era un héroe byroniano apasionado del amor, un romántico escapado del siglo XIX, un ser desmesurado, insolente, desgarrado, a quien debemos algunos de los más hermosos poemas de amor de nuestra lengua. Tenía a quién salir mujeriego, pues su padre, el pintor César Calvo de Araujo había sembrado hijos en toda la Amazonía, de la que se proclamaba pintor e intérprete. Tengo para mí que César se sentía abandonado por su admirado padre, y esa fue una herida interminable de la que nunca llegó a curarse, y lo hizo sufrir toda su vida.
Cuando regresé de Cuba, en 1964, César vivía en una casita de la Bajada de Baños de Barranco, y trabajaba en “El Comercio” como corrector de estilo, me parece. Con su segundo libro “Ausencias y Retardos” –donde aparece el famoso “Nocturno de Vermont”– se había convertido en el poeta estrella de nuestra generación, disputándole el sitio a los mayores, y se perfilaba como la mayor promesa de la poesía peruana. Me llevó a vivir a su casa, donde me instaló en un cuarto de huéspedes con salida independiente, y compartimos nuestras vidas durante algunos meses.
Por entonces yo solía ir a conversar con Luis de la Puente Uceda, ex aprista y fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en su casa de la Av. Arequipa, desde donde planeaba la insurrección de Mesa Pelada, pues lo había conocido en Cuba y me parecía el único líder que tenía una idea clara y coherente de la revolución que se quería hacer en el Perú, aunque jamás se me ocurrió inscribirme en el MIR, ni en ningún otro partido político, dicho sea de paso… Un domingo que me había invitado a almorzar, con su esposa, Lucho me contó que había tenido que desplazar a la sierra, para labores militares, a los militantes de su partido encargados de Prensa y Propaganda, y ya no tenía gente para esa labor… Yo me quedé consternado, y me ofrecí tímidamente a ayudarlo en este punto, pues conocía algo de periodismo, y así fue como terminé por formar el aparato clandestino de Prensa y Propaganda del MIR en la casa del flaco Calvo. Lo primero que hice fue, desde luego, enrolar a mis amigos poetas en la aventura: César Calvo, Gonzalo Rose, Lalo Justo Caballero, que no era poeta sino diagramador del diario “Expreso”, y decidimos, a instancias de Héctor Cordero, que era nuestro enlace, reflotar la revista institucional del MIR, llamada “Voz Rebelde”, y ponerla a circular en kioskos, pues el MIR era todavía legal. Sacamos 4 ó 5 números muy vistosos, diagramados claro está por Lalo, con fotos proporcionadas por los militantes, y sólo se interrumpió la publicación tiempo después que Lucho hubo declarado la lucha armada, y pasado a la clandestinidad.
Nos reuníamos una vez por semana en la casa de César, que era conocida en el barrio por sus costumbres bohemias, presumiendo que a la PIP no se le iría nunca a ocurrir que en esa casa de juergueros funcionase una célula del MIR, y calculamos justo, porque jamás nos pasó nada. A poco me mudé a una casa vecina, en la misma Bajada de Baños, “La Casa de la Poesía”, fundada por el poeta Arturo Corcuera con Tato Escajadillo, pero totalmente caída en abandono. Allí tuve escondido durante semanas, debajo de una escalera, el mimeógrafo que había escapado a una redada, y 2 maletas llenas de propaganda política, que arriesgados militantes se llevaban, para echarlas a medianoche por encima del muro de los cuarteles. Su encabezado decía: “Hermano Soldado…”.
Entre César y yo nos arreglábamos para esconder a los miristas perseguidos por la parca. Tuvimos alojados, entre otros, a Héctor Cordero, a Jacqueline –viuda del famoso dirigente caído Guillermo Lobatón– y hasta al propio Ricardo Gadea, cuñado del Che Guevara, estratega del MIR y gran ajedrecista. Con Ricardo nos íbamos a tomar desayuno al costado de la Comisaría de Barranco, sin que nadie se diera cuenta de que era el hombre más buscado de Lima. Cuando se lo hice notar: “Mírame”, me dijo “Soy un tipo estadísticamente mediano, ni grande ni pequeño, ni gordo ni flaco, ni blanco ni negro, cholo como la mayor parte del país, y sin ninguna seña característica. Además tengo documentos falsos. ¿Así quién me va a identificar?”. Inobjetable…(sigue…) (Rodolfo Hinostroza)