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03/Jun/2010
 
 
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Personajes El arte de la seducción, la música criolla y la maldición bruja que signó la prosa del poeta.

César Calvo: La Leyenda (II)

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“Tenía una fatal inclinación por las mujeres casadas... Se había batido a duelo con un par de maridos cornudos”.

Por la Bajada de Baños pasaron algunas hermosas mujeres que venían a visitar al flaco: recuerdo a una psicóloga argentina que quería reformarlo y casarse con él, a una actriz colombiana muy temperamental que le hacía escenas, a otra monumental argentina que llenaba la casa de quejidos, a una sueca que literalmente enloqueció por él, haciendo honor a su renombre de seductor… Es fama que César se había batido a duelo con un par de maridos cornudos, porque tenía una fatal inclinación por las mujeres casadas que solía terminar mal. Un día, muerto de risa, me mostró un paquete de tarjetas de visita que alguien había depositado anónimamente en su puerta. Decían “César Calvo” y más abajo, bien centradita, su profesión: “Sádico”…

Todo lo que se cuenta de él sobre este tema se queda corto, pues César, sin nada en las manos, sin nada en las mangas, sin carro, sin chamba, misio de solemnidad, al puro floro, se levantaba a las mujeres más espectaculares de Lima o de París, o de Londres, o de Buenos Aires, o de Moscú. Era una especie de reflejo automático en él, que se presentaba cada vez que una bella mujer entraba en su campo visual, estuviera donde estuviera: de pronto el macho Alfa olfateaba a su presa, la atisbaba con el rabillo del ojo, e inmediatamente enervaba su columna vertebral, tal como una cobra levanta la cabeza. “Ya se le paró al flaco”, decíamos al verlo en esa pose tan característica, tan posada, que precedía de algunas horas o minutos el zarpazo final del flaco Calvo. A las gringas no les gustaban esas poses, que juzgaban exageradas, casi decimonónicas, y lo paraban criticando, pero es que esas poses no estaban destinadas a ellas sino a las latinas, con las que sí funcionaban a todo dar.


 


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