Opinión Por RAFO LEON
El Que Estudia ya Fue
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“San Marcos, una ola de grillos...la Católica está siendo jaloneada por el Opus Dei...” |
San Pedro de Lloc, 11 de junio de 2010
Cada vez que suena mi celular y aparece en la pantalla un número no identificado, tiemblo como un puding sin molde. No por la SUNAT, no por el agorero que nunca falta para dar la noticia que detestaríamos escuchar, ni siquiera por la maldición del mercadeo telefónico. Les tengo terror a esas llamadas que arrancan así: “¿Con el señor Rafael León Rodríguez? Ay sí, soy alumna de la Universidad Moderna del Éxito y en el curso de periodismo IV estamos haciendo un trabajo de grupo y queremos entrevistarlo”. Esto empezó cuando debido al programa de televisión que conduzco hace más de diez años, la simplificación que conlleva todo mensaje masivo hizo que yo me convirtiera en algo así como el gurú del turismo. ¡Gurú quien pasa cantando del turismo! Al comienzo aceptaba porque el pedido me hacía sentir que mis actividades adquirían un sentido para jóvenes que forjaban su futuro profesional. Pero como siempre ocurre, este optimista pensamiento se desinfló a medida que iba comprendiendo la razón de que me buscaran, a mí y con seguridad a una enorme cantidad de personas que realizan algún tipo de tarea pública.
Las entrevistas tenían todas una misma tónica. La o el estudiante llegaba a mi casa con un ejército de compañeros de curso que no tenían siquiera adónde sentarse. Luego uno de ellos tomaba la palabra para explicarme de qué iba el curso, mientras los demás sacaban sus celulares para hacerme fotos, videos y grabaciones. Ahí me daba cuenta de que acababan de dejar de escuchar lo que se estaba hablando, que por lo demás era una cháchara hueca llena de lugares comunes, sin ningún contenido ni el menor rastro de que los muchachos hubieran realizado alguna clase de investigación para saber qué preguntar. En buena cuenta, además de mi tiempo, yo tenía que darles la carne de la entrevista, pues ante una pregunta como, “¿y usted piensa que el periodismo en sí puede aportar algo al turismo, en su experiencia con sendos medios de comunicación?”, algo hay que hacer, y muy rápido. Con lo cual, sin preparar ni hostia y valiéndose de lo que obtenían en sus aparatos de chafalonía electrónica, gracias a mí se sacaban veinte en su célebre curso de periodismo.
La universidad peruana actual ofrece una nutrida gama de desastres. Estamos viendo lo que ocurre en San Marcos, una olla de grillos cuya cúpula busca conservar un poder que garantice la eterna mediocridad. La Católica –a mi modo de ver lo más respetable dentro de lo disponible– está siendo jaloneada por un Opus Dei que ni siquiera se ocupa ya de soslayar el fustán de su avaricia. Y las modernas, el gran engaño, crecen como una metástasis pues se han revelado como un negocio más lucrativo que las licorerías y además, suelen ser buenos trampolines para el inicio de carreras políticas para sus propietarios. Sobre Alas Peruanas solo me queda reproducir algo que Martha Hildebrandt dijo a raíz del escándalo de los jueces que fueron a dar una charla sobre Vallejo en París financiada por esta entidad, y de la tal charla los peruanos se salían del auditorio reafirmados en su decisión de haber dejado un país de primates y piajenos: “¿y por qué no se llama Piernas Peruanas?”, se preguntó la severa lingüista. Las universidades modernas quizás sean las peores porque embaucan a los jóvenes de una manera solapada, los hacen sentir que son unos triunfadores, que autocriticarse es una actitud de perdedor, que leer en una biblioteca es desperdiciar el tiempo, que respetar el buen uso del lenguaje ya fue, y que siempre hay un ‘líder de opinión’ pelotudo y figuretti, para resolverles cursos en los que en rigor debería haber investigación, debate, aporte propio. Es la banalización general que se impone con una modernidad entendida como un chiche de fabricación china, que es trendy, que crea el aura, que impone el look pero que no significa nada. Ya no doy entrevistas a estudiantes y además, cuando me las solicitan les explico lo que usted está leyendo. Una vez que me han escuchado, se despiden así de mí: “ah ya pues, qué penita, pero caballero nomás”. Y a buscarse a otro menso que crea en el aristotelismo peripatético. (Escribe: Rafo León)