Opinión La refinada poesía e inocente nobleza del vate Francisco Bendezú, el novio eterno de Marilyn Monroe.
Francisco Bendezú: Un Cándido Embeleso…
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“Paco Bendezú era un gran enamorado del amor, pero sin suerte para las mujeres...” |
Paco Bendezú (1928-2004) era un gran poeta, pero tenía una irredimible facha de gangster mexicano: la cara ancha y chata, el cuello espeso, el cabello corto y ensortijado, los bigotitos bien perfilados y un físico más bien de estibador. Muy engañoso su aspecto, pues era el tipo más delicado del mundo, el más sensible, el más refinado, con una poesía exquisita que mucho le debía al surrealismo con sus imágenes fulgurantes, sus perentorios y desgarradores gritos de amor, su vocabulario a veces culterano. Lo conocí, como a casi todo el mundo, en el Patio de Letras de San Marcos, donde Paco enseñaba Literatura, con su asistente de prácticas Juan Gonzalo Rose. La leyenda decía que había estado en Italia, donde había sido discípulo de Ungaretti, y que había sido desterrado a Chile por la dictadura de Odría, al mismo tiempo que su gran amigo Gonzalo Rose era exiliado a México con Manuel Scorza y Gustavo Valcárcel, aunque no se le conocía como activista político de izquierda.
En aquellas épocas dramáticas de la dictadura, mientras que Gonzalo Rose escribía un poema al amigo hecho prisionero:
César el nuestro
Lévano ha caído
Él ya conoce como se usa el alma
en el bíblico No de los presidios…
Paco, que estaba encerrado en el Panóptico, entonces en pleno Paseo de la República, escribía un famoso poema que dice así:
Los días pasan
Como tranvías
El amor muere,
Melancolía…
que desde luego no tenía nada de revolucionario, y según contaba Paco le fue inspirado por el ruido de los tranvías que pasaban frente al Panóptico, mientras se lamentaba por un amor perdido… Y en verdad nadie entendía por qué Paco había sido arrestado, porque no tenía nada que ver con la política, salvo, claro está, que había integrado un Comité Peruano-Soviético por la Paz, si recuerdo bien, y eso solo había bastado para que el ominoso Esparza Zañartu, Ministro del Interior de Odría, más tarde inmortalizado por Mario Vargas Llosa como el personaje “Cayo Mierda” de “Conversación en la Catedral”, exiliase al inofensivo Paco a tierras mapochinas…
Paco era un poeta enamorado del amor, como otro gran lírico de mi generación, César Calvo, pero contrariamente a éste, sin suerte para las mujeres. Contaba historias de condesas y marquesitas italianas que lo visitaban en su apartamento en Roma, que desde luego él se las cepillaba en la cocina, y también de sus aventuras amorosas en Chile, porque en aquel entonces las chilenas tenían fama de liberales y desinhibidas, no como ahora… Pero en Lima no se le conocía pareja, y él habitaba todavía con su mamá, por el rumbo de Jesús María, como un solterón engreído, hasta que un día se murió la señora y dejó a Paco no solamente desolado, sino en cierto modo inerme, porque no sabía servirse un café, freír un huevo… Gonzalo me contó que una mañana fue a visitarlo y lo acompañó a tomar un Nescafé, pero Paco se quedó absorto frente a su pocillo, aparentemente sin saber qué hacer… Gonzalo, inquieto, le preguntó qué le pasaba, y Paco le repuso: “Es qué no sé cuántas cucharaditas de azúcar le ponía mi mamá” porque ella era quien se ocupaba hasta de estos ínfimos detalles, y sin ella el poeta estaba literalmente perdido…
Sus dos primeros libros de poemas, “Arte Menor” y “Los Años” –con el que ganó el otrora prestigioso Premio Nacional de Poesía– fueron ilustrados por su gran amigo el pintor Fernando de Szyszlo, y no estoy seguro si también los otros dos, “Cantos” y “El piano del deseo”, pero en cambio recuerdo haber visto una mañana a Paco, caminando feliz por el Jirón de la Unión, con un paquete de “Los Años” debajo del brazo, regalándolo a sus amigos… Aunque los lenguaraces limeños, si bien reconocían que Paco había ganado en buena lid, agregaban: “Sí, claro, con los años…”
Paco era muy aficionado al jazz: era habitual encontrarlo los sábados por la tarde en el “Golden Gate” de la Diagonal de Miraflores, asistiendo a esas “jam sessions” que organizaba por los años 60 Johnnie Maurer con el “gringo negro” Dave Thomas, que era un bajista americano bastante bueno radicado en Lima, y se había ganado ese apodo por razones obvias. Pero a Paco le gustaba el Dixieland Jazz, o sea el clásico de Sydney Bechet y Louis Armstrong, mientras que a mí y a mi pareja de entonces, Aurora Braun, nos gustaba el Free Jazz de John Coltrane y Miles Davis. Un día encontramos a Paco justamente en el “Golden Gate”, después de una “Jam sesión” y los tres nos pusimos a hablar desaforadamente de jazz, que era también la pasión de Aurora, quien tocaba un poco de contrabajo y había estado en París en las cavas donde Django Reinhardt fascinaba a los franceses. Yo, por mi parte, lo poco de jazz que sabía era gracias a mi cuñado Carlos Molina, que era un verdadero fanático del tema y tenía un saber enciclopédico sobre músicos, orquestas, bandas, solistas, virtuosos, versiones de la misma pieza por diferentes músicos, por un mismo músico, y en años diferentes… baste decir que a su muerte, ocurrida recién el año pasado, había coleccionado unos 4,000 discos escogidos del jazz de todas las épocas. Por cierto no sé qué fue de ellos, pienso que debía adquirirlos alguna universidad, para que no se pierdan…paso la voz…El caso es que después de unos tragos, terminamos en casa de Paco escuchando jazz, y como nos dimos cuenta que tenía por ahí tirado un disco de Sonny Rollins, que no le gustaba y que nunca escuchaba, se lo cambiamos por un viejo LP de Louis Armstrong de Aurora.
Por entonces yo vivía en la llamada “Casa de la Poesía”, en la Bajada de Baños de Barranco, y de vez en cuando se aparecían algunos turistas a sacar fotos de este rincón pintoresco, aunque no pocas veces había tenido que soportar que algún amigo me trajese a todo un grupo de extranjeros que terminaban tomándose mi whisky. De modo que esa perezosa tarde de domingo, cuando tocaron a la puerta, imaginé que sería algún gringo ocioso. Cuál no sería mi sorpresa cuando Paco Bendezú apareció en el vano de la puerta, acompañado por una guapa argentina, que me presentó como “La Gaucha”. Esta gaucha ya se había constituido en mito, porque Paco no hacía sino hablar de ella, de lo hermosa, de lo inteligente, de lo talentosa que era, y ya le había escrito algunos memorables poemas. Los hice pues pasar, les ofrecí un trago… Paco se sentó muy orondo en un sillón, con los pulgares en las axilas, sin decir palabra, como diciéndome: “Y ¿Qué te parece? Era verdad, o no?”, pues parece que la andaba exhibiendo por todo Lima, para deslumbrar a sus amigos. A mí no me deslumbró en lo absoluto, porque la encontré vulgar y fofa, pretenciosa como buena porteña. Parecía una de esas rubias hijas de inmigrante Tano de modales toscos y cultura agresiva, muy pagada de sí misma, que me pareció inapropiada –por decir lo menos– para el refinado Paco. Pero, claro, él no se daba cuenta porque como todos sabemos, el amor es ciego…
Mucho después me enteré que la tal gaucha había exprimido a Paco cual limón de emolientero, para luego desaparecerse en las brumas del sur, con un beso y una promesa, de esas que jamás se cumplen… No lo puedo afirmar a ciencia cierta, pero creo que la gaucha se llamaba Mercedes, y si es así, al menos supo inspirarle a Paco uno de los más bellos y desgarradores poemas de nuestra lengua, “Twilight”, que en su pasaje final dice:
…Otra vez tengo veinte años, y sonámbulo, y en llanto
A la puerta de tu casa estoy llamando,
Al pie de tu reja, como antaño,
Bajo la lluvia sin telón ni máscaras ni agua
Oh zumbantes calendarios
Que en vano el cierzo,
Como a encinas,
Deshojara!
¡No me digas que te quise! Te quiero.
Te debía este lamento, y aunque un grito
Mi sangre apenas sea,
También te lo debía: un solo interminable
De un corazón en las tinieblas. (Por: Rodolfo Hinostroza)