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Opinión Escribe RAFO LEÓN

Propaganda Fide & Co

Urubamba, 25 de junio de 2010


Prefiero la imagen de los misioneros que andaban con las sonatas arremangadas sumergidos en ciénagas apestosas, a la de los cardenales que se dedicaban a fornicar sobre gobelinos con sus hijas a fin de engendrar papas. Al menos los primeros la sudaban, se jugaban la vida por algo en lo que creían y no me cabe la menor duda de que muchos curitas de los siglos XVI y XVII se embarcaban en aventuras delirantes por los bosques amazónicos, en las estepas chinas o en los archipiélagos japoneses, guiados por una especie de pre hipismo franciscanista, que si bien produjo genocidios, también recopiló, organizó y clasificó infinidad de objetos culturales que luego sirvieron para el conocimiento y el desarrollo científico de la humanidad.

El dicasterio vaticano dedicado a la parte administrativa y financiera de las misiones –o Propaganda Fide, su nombre técnico– es la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, y la colecta a la que usted fue invitado a participar el martes pasado si es que fue a misa, está destinada a dicha institución, pues se trata del célebre óbolo de San Pedro, un denario que la iglesia creó para respaldar las labores de expansión del catolicismo, y que el año pasado recaudó aproximadamente ochenta millones de dólares. Y eso que Ratzinger tiene el carisma de un alacrán.

Muy bien, el cardenal Crescenzio Sepe, hoy obispo de Nápoles y hombre de confianza de Benedicto, fue el mencho de la Propaganda Fide entre los años 2004 y 2006 y acaba de ser imputado por los fiscales de Perugia por unas cutras al lado de las cuales las de Álvaro Gutiérrez son obras de caridad. Sepe dirigió el dicasterio manejando un presupuesto cercano a los nueve mil millones de euros, sin contar las dos mil propiedades que posee en Roma, una de las ciudades con la renta urbana más alta del mundo. El cardenal Sepe, un sesentón impaciente y poco aficionado a dar explicaciones, ha cimentado su defensa en un argumento bastante familiar en las organizaciones corruptas: “La administración vaticana aprobó todas las operaciones”. ¿Qué operaciones? Regaló un carísimo departamento a un jefe de Protección Civil para obtener su silencio. Vendió a precio de huevo un palacio a un ministro a cambio de donaciones que nunca se hicieron. Pietro Lunardi, el beneficiario, está hoy acusado por los mismos delitos. Parece que este proceso que recién comienza, va a desatar la otra tormenta que el Vaticano no necesitaba para seguir perdiendo mercado, luego de los escándalos de pedofilia que lo remecieron como nunca en mucho tiempo. Movimientos ultraderechistas como el Opus Dei, Comunión y Liberación y los ya caídos en desgracia Legionarios de Cristo, habían estado haciendo de bisagra entre los dos Estados, el italiano y el vaticano, entre Wotjyla y Berlusconi, para negociados que tienen que ver con elevados jubileos y con pedestres megaproyectos de construcción. Esta difícil situación que enfrenta la restituida relación Estado/Iglesia, ha sido explicada por Sepe como un “acoso judicial… trabajé siempre con transparencia y por el bien de la Iglesia, una Iglesia siempre perseguida”.

Entre la Propaganda Fide de Sepe y el Hogar de Cristo del padre Martín Sánchez se marca la misma distancia que entre un griego desnudo y un cholo calato. No sé si la haya tanta con relación a las propiedades que forman parte del patrimonio de la Universidad Católica. Ojo, no estoy ni siquiera sugiriendo que en el diferendo entre esta entidad académica y el cardenal Cipriani haya algo turbio, ningún mal olor está dando el alerta. Me refiero, sí, al tema del poder económico de la Iglesia que a la luz de los juicios de Perugia está demostrando la misma carnalidad institucional que se sintió en el mundo cuando comenzó a hablarse de abusos sexuales cometidos por curas y escondidos por la institución. Sexo, poder y dinero, en las antípodas de las Virtudes Teologales, Fe, Esperanza y Caridad, ya no pueden ocultar la condición humana de las iglesias institucionales. Honestamente no creo que eso sea malo, al contrario: nos va a permitir apreciar más a los curas que se siguen jugando el pellejo a favor de ideas en las que creen, pero también a querer menos a los encumbrados y soberbios jerarcas para quienes la Propaganda Fide debería convertirse en una agencia de publicidad. (Escribe: Rafo León)


 


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