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Entrevistas Las confesiones de Jaime Salinas López-Torres, un político a la fuerza.

En el Nombre del Padre

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“Estuve preso casi 30 días en la Dircote, en una mazmorra de 3 x 2, teniendo que soportar ratas y cucarachas...”.

A veces un hombre se encuentra en la vida ante una circunstancia gravísima, absolutamente impensada, que cambia radicalmente su camino profesional para acabar convirtiéndolo en otro ser diferente al que le nacen nuevas formas de pensar, otros objetivos, otros ideales, otros sueños y otros destinos. Este es el caso de Jaime Salinas López-Torres (47), actual líder del Partido Justicia Nacional e hijo del general Jaime Salinas Sedó, el cual, defendiendo la Constitución que había jurado, fue el principal insurgente contra el autogolpe de Estado que propició Fujimori al cerrar antidemocráticamente el Congreso de la República para entrar en la autocracia. Al abortar Fujimori la insurgencia no solo fueron hechos presos los 20 militares que habían dirigido ésta sino que también fue a parar a la cárcel, sin comerlo ni beberlo, Jaime Salinas hijo, acusado de terrorista, según él me cuenta. Lo tengo frente a mí en el restaurante Costa Verde y, al seguir atentamente su relato, entiendo que a través de aquel momento crucial él tuvo una rapidísima evolución psíquica y anímica. Una metamorfosis propiciada por las fuerzas del destino por arte de birlibirloque. Se produjo un choque emocional y ¡clac! inmediatamente surgió un nuevo ser humano con nuevas expectativas que, de empresario, acabó por convertirse en un animal político. ¿Cómo ocurrió esa transmutación? ¿A dónde lo llevó? ¿Consiguió sus objetivos? ¿Se aventuró demasiado? ¿Es Jaime Salinas López-Torres ese quijotesco embestidor de molinos que va en pos de los sueños siempre aunque lo vapuleen en el camino? ¿Un idealista borroso y enloquecido? No. Es un idealista que habla bien y se expresa mejor, que transmite y sabe transmitir pero que también acumula retos propios para no salirse de su línea de futuro trazada, oleada y sacramentada. Es terco. No ceja. Tiene un norte que empezó a forjarse en el tiempo que estuvo en la celda oscura del oprobio y que seguirá hasta sus últimos días porque su optimismo recurrente nunca lo abandona. Es lo que lo identifica. Piensa que los golpes, contratiempos, éxitos y fracasos que haya podido tener como político lo han llevado a la madurez, que ahora está mucho más capacitado, que para ello se ha preparado a conciencia, profesionalmente hablando, y que todavía le queda mucho tiempo por delante. Que nos lo explique.


–Creo que usted tiene dos vidas perfectamente definidas: antes y después de que le entrara el gusanillo de la política. ¿Quién era usted antes de que esto ocurriera?
–Yo soy hijo de militar y nací en Lima. Tengo ascendencia catalana por parte de la madre de mi padre (Sedó) e italiana por parte de mi madre (López-Torres Gazzolo). Mi bisabuela era genovesa. ¿A qué clase social pertenece un hijo de militar? A la clase media, indudablemente. Estudié la primaria en el colegio de la Inmaculada de los jesuitas y los tres primeros años de secundaria en París.


 


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