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08/Jul/2010
 
 
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Sudáfrica 2010 Con un fútbol sin concesiones, Holanda se mete de cabeza a la final del Mundial. Es el 11 de julio a la 1:30 p.m.

Naranja Tiránica

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Aunque no marcial, el arte hecho fútbol se viste de naranja.

Un cabezazo con ímpetu de zapatazo choca en el poste derecho y el balón, oh fortuna, ingresa para ser adormecido por las redes. Minuto ’73. Robben sella el triunfo tulipán.

Fue el 3-1. Forjado con esa milimétrica parsimonia neerlandesa que dejaba muy atrás el 1-1 (dos jabugolazos) con el que se fueron al descanso.

Holanda es un equipo raro para la sensibilidad latinoamericana. No hay nada así por acá. Ni por acullá. Con una tradición inventada por el periodismo (desde el ’78 no habían hecho nada a nivel mundial), los holandeses pepean a su adversario con un juego cadencioso, haciéndole creer que esto es solo un juego, que no son peligrosos, pero en realidad están observando, midiendo, apuntando y en eso, detectado el flanco débil, ¡jua!, se la clavan.

Así se instalan en la final y esperan jugando ping-pong al vencedor de un duelo que ya es un clásico: España-Alemania.

Al cierre de esta edición aún no se sabía el resultado. Pero una fuente de todo crédito, el pulpo Paul (mañoso pero certero), daba por vencedor a la furia roja. Con lo que se repetiría el resultado de la Eurocopa 2008.

Pero hay que volver sobre Uruguay. Porque ha muerto como los héroes épicos: luchando. No por nada durante la Edad Media dichas obras merecieron un nombre más que descriptivo: Cantar de gesta. Eso hicieron los uruguayos.

Cuando, en medio de la sangrienta batalla, Roldán, herido, sangrant
e, sabe, comprende que va a morir, posa su cuerpo contra un árbol y con su último aliento decide mirar con el corazón hacia su hogar.

Eso hicieron los charrúas en los últimos minutos contra Holanda, cuando lograron un 3-2 con olor a victoria.

No podían regresar a casa derrotados como un equipo más. Debían perder, sí. Pero mirando con el corazón a ese pequeño territorio ubicado entre Brasil y Argentina, las dos grandes decepciones de este Mundial.

Así, los que han bebido (es un decir) de las aguas del río Uruguay, han perdido, pero incluso en su derrota han logrado que su ejemplo se convierta en legado.
Por eso su gesta que emocionó a toda Sudamérica. Un continente que mostró al mundo igual raza y tesón con los paraguayos.

Es cierto. Lo que ambos dejan sobre la cancha es su desbordante, contagiante y emocionante afán de torcer al destino, oh fortuna.

Pero esta lectura es también privilegiar los últimos minutos. Lo cierto es que ambos comparten procesos de años encabezados por el maestro Tabárez y el maestrito Martino. Dos hombres que aman el fútbol (que es pasión) pero que supieron calibrar su lugar, su tarea, y por ello supieron conducir a sus equipos, mantener un equilibrio en la victoria y en la derrota y, finalmente, sobreponer la sensatez al sentimiento. Que esa era su misión.

Así, el Mundial celebrado en el país del arco iris toca su fin. Inicio, nudo y desenlace es el orden que el espectáculo impone. Y las dudas están a punto de ser resueltas. La final se celebrará, que es una fiesta, el 11 de julio a la 1.30 p.m. (hora peruana).

Ese día en el Soccer City rodará la Jo´bulani, hermana de ribetes dorados de la ya famosa redonda creada por Adidas. Su nombre y colores aluden a la ciudad donde se disputará el encuentro: Johannesburgo, la ciudad de oro.

Atrás quedarán las sorpresas, las angustias, las decepciones (la zamba tiesa de Dunga y el dios gaucho que no pudo convertir a una pulga en salvador). Se juega la final del mundo y pase lo que pase Europa, oh fortuna, levantará la copa.

Sudáfrica dice adiós y las elecciones peruanas chillan al ritmo de vuvuzelas. ¡El horror, el horror! (Juan Carlos Méndez)


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