Entrevistas Juan Castro Nalli revela cómo la pasión musical le ganó a la abogacía.
Mi Hobby fue mucho más Fuerte
 |
Retrato del artista autodidacta, Castro Nalli fué calificado por Chabuca Granda como “melodista eximio”. |
Si cada vida es un mundo, si cada vida es el resultado de la genética propia y el trasvase de su educación y entorno, siguiendo la teoría orteguiana del “yo soy yo y mi circunstancia”, es absolutamente evidente que el concertista peruano Juan Castro Nalli es el producto total de una sensibilidad que se fue extremando día a día a través de su niñez y adolescencia, hasta que eclosionó, hasta que la vida le dio la oportunidad de ser lo que hoy es: el concertista de piano más conocido internacionalmente que ha dado el Perú. Y también autodidacta. El que Juan Castro Nalli no haya estudiado composición no lo descalifica como un gran ejecutor y compositor melódico (un melodista eximio como así lo apreciaba Chabuca Granda, también autodidacta), sino que lo convierte en uno de los más exitosos pianistas que se hayan paseado por el mundo, ya que su buen gusto y su sensibilidad natural hacen que las melodías (la poesía temática que encierra la música, lo primero que percibe el oyente) estén adornadas por arpegios y ropajes pianísticos que indudablemente las embellecen mucho más y les dan fuerza y categoría de virtuosismo ineluctable. Él sabe muy bien que no es un Vladimir Horowitz ni un Arthur Rubinstein que interpretan fantásticamente el concierto “Emperador” de Beethoven o el de Tchaikovsky para piano y orquesta que al fin de cuentas, y por orden de la lectura, entran en la melodía (el tema que se va formando) a través de una compilación sucesiva de intervenciones orquestales acompañadas por el piano. A él la memoria auditiva le da para más, pues ejecuta todos sus conciertos de memoria. Pero tampoco ha pensado nunca en considerarse un pianista popular y sentimental como Richard Clayderman, en el cual la melodía pura y escueta empieza y termina con él, sin asomo de técnicas de concierto. Juan Castro Nalli pone su alma en la pieza que toca, hace suyo el argumento temático, la adorna y le da categoría musical gracias a su excelente técnica. Creo sinceramente que él está muy cerca de Richard Addinsell, el pianista y compositor de aquel maravilloso, breve y extraordinariamente melódico “Concierto de Varsovia”, (Warsaw Concerto), que fue tocado íntegramente en la película “Dangerous Moonlight” o “Aquella noche en Varsovia”, interpretado en la ficción por Anton Walbroock, famoso por su papel de Miguel Strogoff en el film basado en la novela de Julio Verne. “Este es un caso muy especial”, apunta Castro Nalli al vernos en el restaurante Costa Verde donde lo cité para almorzar y hacer esta entrevista, “hace 8 años que no hago entrevistas en el Perú, simplemente no las he concedido”. Y me encuentro con un ser de mucho “savoir faire”, hombre de mundo experimentado y muy ajustado a cada ocasión social y muy educado de trato. Correcto. Detallista. Amable. Y al que le gusta mantener un perfil bajo en pro de su privacidad. Vamos a averiguar cuál es el secreto que lo ha empujado al éxito. –Desearía que me contara la génesis de su vocación como pianista y, sobre todo, por qué ha sido considerado por la prensa nacional y extranjera como “Embajador Musical del Perú” y ha viajado a 67 países en este quehacer.
–Tendríamos que remontarnos a mi infancia. En mi casa hubo piano siempre. Mis primeros recuerdos con el piano son de cuando mi madre lo tocaba con dulzura para arrullar a mi abuelo italiano para que éste pudiera hacer la siesta después de almorzar. También recuerdo que el sonido del piano me fascinaba y yo lo aporreaba como niño pequeñito y me divertía recorrer las escalas con un solo dedo y yo jugaba con mi madre y ella me enseñaba algo de lo que yo podría hacer a aquella edad. Una monja del Inmaculado Corazón, me enseñó a tocar el piano cuando yo estudiaba primaria, a pesar de que yo me resistía a aprender solfeo. Me encontraba más libre tocando de oído, que es lo que me gustaba, ya que canción que oía canción que trasladaba al piano con bastante fidelidad. Cuando acabé mis estudios en el Colegio Santa María, tuve una primera intención de ser pianista. Nunca me lo prohibieron en mi casa ni lucharon contra esta facilidad que yo tenía y que les encantaba porque me escuchaban embelesados. Pero mi padre quería que, “por seguridad”, hiciera una carrera y elegí la de Derecho, ya que me gustaba como profesión, aceptando de antemano que el piano era para mí un hobby que no abandonaría jamás. Así que estudié Derecho en la Universidad Católica, me gradué como abogado y ejercí la profesión como Asesor Jurídico en el Banco de Lima, pasando después, también como Asesor, al Banco Central de Reserva.
– ¿Y dónde quedó el piano?
–Lo tocaba frecuentemente. Ya en la Universidad Católica actué mucho en eventos benéficos y culturales. Se me fue conociendo y me invitaban mucho a esta clase de veladas para que yo tocase el piano y por ahí, sin querer queriendo, entré en el mundillo de aficionados a la música hasta que conocí a Chabuca Granda.