Cultural Tren de Aterrizaje 13
OBSCENO
Luego de la brutalidad que emana del proyecto de Belmont, atentatorio contra la libertad de expresión, solo puedo pensar en las incineraciones de libros efectuadas por la pandilla nazi, o en las salvajes purgas de los gángsters estalinistas, maoístas y chavistas. Pero en medio de la indignación, también evoco un texto de Guillermo Cabrera Infante, el siempre admirable escritor cubano, incluido en O -curioso y brillante volumen de ensayos-. En uno de ellos, el autor cuenta que en 1952 fue a juicio sumario por incluir “malas palabras inglesas” en un relato publicado por la famosa revista Bohemia. Con humor a lo Buster Keaton, el narrador ridiculiza lo siniestro y absurdo de la mentalidad dictatorial. Es claro: el medio era de oposición.
El comentario surge a propósito del peligro que acciones como las de Belmont (hoy, lamentable congresista-dueño de canal ) representan no solo para los derechos civiles fundamentales, sino para el mundo de la cultura en particular. Porque si de estrategias de censura se trata, no hemos sido ajenos como sociedad a vetos de variada naturaleza contra artistas, nutridos por la ignorancia y el pensamiento cavernícola de algunos grupos.
De prosperar semejante bazofia, legitimada por el poder -en consonancia con el moralismo desquiciado e hipócrita marca Opus Dei-, los protagonistas del quehacer creativo deberían promover un activismo sin tregua. ¿Qué pasaría si algún escultor desea, libremente, armar su muestra con falos, vaginas y senos gigantes? ¿Juzgarían a Vargas Llosa, puesto que la mayor parte de sus novelas hacen gala de festiva coprolalia y alusiones sexuales? ¿Y los filmes con cuerpos desnudos y fogosas cópulas?
Imagino, aterrado, tribunales -infestados de trogloditas-, que determinan quién cumple con los estándares de “decencia” o no. Se organizaría una pesadilla redonda si los jueces tienen el rostro de Belmont. Y eso realmente sería obsceno.