Opinión No es afecta la clase alta limeña a defender en público sus derechos, la tapadas conseguían mucho mostrando poco...
Cucuchi se Muda a Pucusana
WASHINGTON, 17 DE JULIO DE 2010Mi amiga Tronada, persona peleadora, ocupa una delirante casa en medio del Olivar de San isidro. Periodista, salta como un resorte cada vez que se entera de que algún proyecto de construcción consiguió baypasearse la normatividad del bosque e intenta levantar algún mamotreto más alto de lo debido, allí entre los olivares que hace quinientos años plantó Nicolás de Ribera. Pero Tronada ya está cansada de protestar sola, sus vecinos se resisten siquiera a firmar un comunicado, ya no digamos que a salir a los medios a hablar. “Les da roche, vergüencita y más de uno me ha confesado que teme caer en desgracia ante el alcalde, no se sabe nunca si alguna vez llegará a presidente, y tenerlo en contra, y sin embargo todo el día me llaman, ‘Tronada, ¿has visto que hay un nuevo proyecto de edificio?, plis haz algo’. Conchudos…”
No es muy afecta la clase alta limeña a defender en público sus derechos, las tapadas solían conseguir muchas cosas mostrando un solo ojo y el diminuto pie. Llama la atención por eso que estando Ancón como está, amenazado de desaparecer del mapa como balneario para ser transformado en un puerto, los poderosos que aún veranean y tienen sus departamentos en la bahía más aristocrática del Perú, nomás dejen pasar lo que nunca debería pasar. Mundo Azul, una entidad conservacionista bastante prestigiosa de nuestro medio, se ha tomado el trabajo de medir el impacto que tendría la construcción del puerto de Santa Sofía en Ancón, en términos económicos. Casi 22 millones de soles menos recibiría por turismo la población local, el 21 por ciento de sus ingresos que provienen de servicios brindados a los propios y a los visitantes de verano, “desde peluquería hasta ferretería”, pasando por los heladeros, bodegueros, las cabinas de Internet, la vida normal en un pueblo y en un día de playa. La contaminación visual que traería el proyecto asemeja a un orangután en una función de ballet clásico, los malos olores, el ruido insoportable (hay una vieja expresión castiza que dice, “eso es más ruidoso que un puerto en bonanza”). Obviamente el valor de la propiedad urbana se va al piso, los edificios modern style del malecón empiezan a poblarse de fantasmas. Nadie sale ganando, salvo el grupo económico del que Santa Sofía forma parte.
La pregunta es: ¿y dónde está esa casta de gente adinerada y poderosa que ve amenazado su balneario, su departamento, su yatch club, el malecón de sus hijos y de sus nietos? ¿Por qué quienes protestan lo hacen representando a los pescadores y a los pobladores locales, con la ausencia de los anconeros que sí tienen el poder para presionar y conseguir cosas grandes? Según el estudio de Mundo Azul, los veraneantes tradicionales de Ancón ya están viendo a qué balneario del sur van a migrar, Pucusana parece que va a ser el elegido, un próximo Asia en el kilómetro 60. ¿Y sus propiedades de Ancón, sus recuerdos, sus primeros amores y los últimos? Todo se irá abandonando a manos de esos miles de miles que llenaban la playa los domingos con sus gritos y sus ollas y sus raeggetones y que ahora resulta que son “turistas”. Pucusana tiene mejor clima, un yatch y vecinos conocidos. Que Ancón se convierta en el suburbio patibulario que le corresponde a cada puerto. Es que el lío de blancos en el Perú no existe. Sí el lío, pero jamás entre blancos porque los trapos sucios ya sabemos dónde se lavan.
Pronto vamos a asistir a un conflicto similar en otra parte de nuestro litoral, al norte chico de Lima, en Végueta, cuando la misma Santa Sofía comience a construir un puerto para sacar minerales cruzando la cuenca lechera hoy por hoy más rica y productiva del Perú, más que cualquiera de Cajamarca o Arequipa. ¿Quién va a querer comprar leche ordeñada al costado de un tubo por el que se trasladan mercurio, plomo y cianuro? Caerá esa producción, la cuenca lechera se verá convertida en un pueblo de obreros de paso. Y entonces, ¿por qué hasta ahora los empresarios lecheros no se han pronunciado frente a algo que puede acabar con todo lo que tienen? Mejor no hagamos olas, uno nunca sabe, Santa Sofía, Dionisio, el cardenal Cipriani, el Vaticano, qué penita mis vacas. (Rafo León)