Opinión “Los afroamericanos de Washington DC detestan a los latinos tanto o más como los blancos a ambos...”
Ya se sabe qué quiere el Negro
PUERTO MALDONADO, 2 DE AGOSTO DE 2010Los gringos que están por la Ley Arizona quieren ser como la fruta que consumen: perfecta por fuera, sin mancha en la piel, con olor a bolsa plástica y más ideal que orgánica. La obsesión contra lo sucio y contaminado me ha parecido, esta vez que he vuelto a Washington DC, que se acerca a lo ficcional. En los baños públicos aparecen máquinas para lavar las manos que prometen la inhumanidad. Ya casi no hay restaurante donde no se atienda con guantes de cirujano y solo pensar en pasarle la mano por la cabeza a algún niño con la simpatía de Daniel el Travieso, te acerca a la más mugrosa de las castas, la de los pedófilos. Los buses exhibían por esos días el anuncio publicitario de la visita al DC de Sarah Palin, la mujer más bruta de la historia, una inmensa foto exhibía su blancura de piel, de dientes, de globo de ojo como si de un comercial de detergentes se tratara. Una manzana de supermercado, sin sabor pero con apariencia confiable.
No la tienen fácil quienes viven en los Estados Unidos. Los que aspiran a un país donde los ciudadanos sean igual de limpios e indiferenciados a los plátanos que comen, ya perdieron. Allá y en el planeta entero, la exigencia de perfección ha terminado generando exactamente su contrario: el mestizaje en un mundo donde el movimiento es lo único libre. Nada puede detener los desplazamientos, las olas demográficas, las hibridaciones. Los bananos de United Fruit dejan cada vez más espacio a los maleños manchaditos.
Un amigo centroamericano que lleva más de treinta años en el DC y está absolutamente incorporado al sistema, se quejaba de que los taxis de la ciudad están controlados por una mafia de sudaneses que entran por México y se prestan los brevetes entre ellos “porque para el policía todos esos afritados son iguales”. Efectivamente, es frecuente encontrarse con taxistas que apenas hablan inglés y no tienen la menor idea de dónde quedan las calles más conocidas. El melting pot del que hasta hace no mucho se enorgullecían los gringos de haber creado en una nación abierta, hoy ya parece una mazamorra que de tantos ingredientes adversos, no puede cuajar. Mi amigo en su momento fue ilegal y la sufrió pero treinta años más tarde nada lo hizo más feliz que enterarse de lo que me pasó en mi hotel la noche en que llegué. A las cuatro de la mañana yo estaba en el mostrador de un cinco estrellas de Georgetown esperando que alguien me atienda, infructuosamente, hasta que una hora después, luego de que yo pateara las puertas y me tirara abajo los timbres, apareció un afroamericano tan borracho que con las justas podía digitar mi reserva y en su mona terminó dándome una suite de mil dólares la noche con baño romano, de la que nadie se atrevió a moverme en nueve días: “Chocolate City empieza a fracasar, amigo Rafa”. Y me cuenta un irrepetible chiste racista: “los latinos nos hemos preguntado por décadas qué significaba el estribillo de esa guaracha, ‘mami, qué será lo que quiere el negro’. Pues ya lo sabemos…¡la casa blanca!”.
Los afroamericanos del DC detestan a los latinos tanto o más como los blancos a ambos, solo que la corrección política domina con unos modales tan forzados que hacen pensar en que en cualquier momento alguien va a sacar una metralleta y se va a comenzar a bajar a todo lo que se mueva. Los asiáticos tienen también muy mala prensa, se dice de ellos que desde su bajísimo perfil, están copando los sectores más importantes de la economía y nadie se da cuenta. De los somalíes y sudaneses se comenta lo inimaginable (sotto voce, of course) porque encima de ilegales, mal encarados, incapaces de aprender el inglés, poco aseados y gregarios… ¡son musulmanes! La Octava Peste. Una noche fui a escuchar al trompetista negro Terence Blanchard, se presentaba en Blue Alley con un grupo en el que destacaban un percusionista cubano de dieciocho años y un chico marroquí menor de edad. Dejémonos de vainas, que un tabladillo de jazz reemplace al Capitolio. (Escribe: Rafo León)