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26/Ago/2010
 
 
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Entrevistas Herman Finseth, un jubilado muy activo que canaliza el conocimiento adquirido del adulto mayor.

El Valor de la Experiencia

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Finseth, nacido en La Punta, tiene ascendencia noruega e italiana. Estudió en el “Callao High School” y luego Ciencias Contables en la PUCP.

Oímos la palabra “jubilado” e inmediatamente la asociamos con los bancos de un parque recoleto donde unos viejecitos se sientan buscando la posibilidad de que un rayo de sol se filtre a través del celaje plúmbeo invernal y los alcance a ellos; o la asociamos con la ciudad de Fort Lauderdale (EEUU), en donde la gente de la tercera edad abarrota las hamacas de la playa superando en número a los ciudadanos de otras edades; también nos podrán seguir llegando ejemplos de miles de sitios públicos del planeta en donde los jubilados están presentes como queriendo no solo darse calor físico unos a otros sino también apoyatura moral. Ante su propia laxitud. Ante tanta rutina programada. Ante la constatación de encontrarse encerrados en un paréntesis vital del que solo se escapa a través de la muerte. ¿No estamos más bien entrando en una etapa letárgica en donde el sentido de la libertad natural del hombre ha sido constreñido? Quizás sí, quizás no. Depende de cada uno. Muchos, cansados y ahítos de trabajos excesivamente rutinarios esperan liberarse de éstos con la jubilación; lo mismo que les ocurre a los que realizan trabajos físicos que minan sus fuerzas. Pero muchos, muchísimos otros, se sienten menospreciados y tristes de que los aparten del trabajo activo cuando están conscientes de que pueden continuar aportando mucho más en razón de la experiencia acumulada. ¿No es acaso la gerontocracia la que ha escrito las páginas más importantes de la historia? El hombre desde tiempo inmemorial ¿no ha encontrado la sabiduría y las decisiones más difíciles en el consejo de los ancianos reunidos? Desde el ágora ateniense y el senado romano hasta la cámara de los lores inglesa o la reunión de los más viejos de las tribus indias norteamericanas. ¿No es querida y deseada la palabra del anciano en las culturas orientales? Así lo piensa Herman Finseth (66), peruano de origen noruego, quien, frente a mí, en una mesa del restaurante Costa Verde me entona una salmodia de alabanzas a la lucidez de los jubilados y a su acierto para solucionar los problemas que aquejan al resto de los mortales en actividad. ¿Son los jubilados los más capacitados trabajadores del mundo? Parece ser que sí, ya que ellos son poseedores del mayor caudal de experiencia en consultoría general y asistencia técnica posibles de encontrar en el mercado. Herman Finseth no se anda por las ramas y todo lo que cuenta lo corrobora con hechos. Compruébenlo.


–Usted es una especie de adalid-defensor de los jubilados. Cuestión de formación. Hábleme de la influencia familiar que tuvo en la niñez.
–Mi abuelo, Nils Finseth, nació en 1881 en Aafjorden (Noruega) y llegó al Perú en 1903, contratado por la empresa inglesa que administraba el Ferrocarril Central del Perú. Se casó con una italiana, Ángela Boglino, y de ahí nació mi padre. Vivíamos en La Punta, mi padre trabajaba en la Marina Mercante y durante los primeros 10 años de mi vida solo lo veía a él un mes al año. De ahí que fuera mi abuelo el responsable de mi formación. Lo recuerdo como un hombre rígido y duro en el trato y muy disciplinado, y esto marcó mi futuro como persona y como profesional. Era duro pero blando de corazón, por lo que se hacía querer. A pesar de la diferencia de edades él formó mi carácter y siempre lo admiré por los consejos que me dio hasta en sus últimos años.


 


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