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Entrevistas Parlanchín, quechuahablante y ex seminarista, el General (r) Edwin Donayre y su alegre aproximación a la política.

El General Risueño

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“Esa parte cómica que me critican me permitió llegar al corazón y al alma del soldado, identificándome”.

Está aquí, entre nosotros, formando parte de la actualidad mediática y es todo un personaje con características propias de mílite endurecido por la vida y gran comunicador social. Dos cosas que al mismo tiempo son muy difíciles de encontrar. Pensamos en los militares como gente adusta, seria y de carácter ordenancista, nada simpáticos por cierto, y los vemos como engranajes de una maquinaria tan aceitada en la que las ideas propias no tienen cabida, cosa que no ocurre cuando tratamos personalmente al General de División (r) Edwin Donayre Gotzch (58), ex Comandante General del Ejército que es extraordinariamente capaz de sumergirse en cualquier tema de conversación con gran amabilidad, sonrisa de oreja a oreja y ojos brillantes llenos de intimidad coloquial. El que su mandíbula inferior sobresalga y su mirada sea luminosa han motivado al gran imitador Carlos Álvarez para hacer de este personaje una de sus mejores y más hilarantes imitaciones. A primera vista da la impresión de ser una persona jocosa, bromista y con el chiste siempre a punto. Muchos clientes del restaurante Costa Verde, donde estamos almorzando, se acercan a saludarlo o me lo secuestran llevándoselo para crear inmediatamente un corrillo de amigos que ríen estrepitosamente durante unos cuantos minutos las ocurrencias y las bromas del General. Este “estar constantemente” en fase amiguera y divertida quizá podría calificarlo como persona ligera y superficial. Pero nada sería más contrario a la verdad que calificarlo así, ya que es un hombre de convicciones profundas que fue criado, a pesar de pertenecer a una burguesía alta como hijo de hacendados, con gran rigor y a contrapelo. Como él cuenta “mis padres me criaron con un poco de frío, otro poco de hambre, disciplina rigurosa y mucho amor”, y también confiesa que “mis dos años de seminarista (porque tuvo vocación y quiso ser cura) son los dos mejores que he pasado en mi vida”. También sus aventuras profesionales en la milicia fueron una historia constante de dolor y de sacrificio. Que es un hombre simpático y de contrastes, lo es, no hay duda, pero esa jocosidad ambulante que lleva consigo encubre el dolor y la intensidad de vida que guarda en la profundidad de su ser. Como en la conmovedora aria “vesti la giubba” de la ópera Pagliacci de Ruggiero Leoncavallo que viene a decir: “ríe como payaso mientras el corazón llora”. Veamos este sentido dramático en la vida de Edwin Donayre.

–¿De dónde es usted oriundo?
–De Ayacucho. Y creo sentir en mi sangre andina más que a nadie a mi abuelo materno Alberto Gotzch, alemán y a mi abuela paterna Dolores Vassallo, italiana, los cuales por cada uno de sus lados influyeron mucho en el carácter extraordinariamente cumplidor de obligaciones que tuvieron mis padres y que me afectaron a mí. Mi padre Luis Donayre Vassallo era hacendado, ganadero, productor lácteo y agricultor de siembras rotativas. Estudié en el Colegio Salesiano de Ayacucho. Recuerdo que todavía en tercero de media estudiaba con velas porque no llegaba la electricidad a la hacienda y a los 20 años no sabía lo que era la televisión. Tres cosas han marcado mi vida. La primera el haberme criado con los peones de mi padre, allí aprendí el quechua, jugando con los hijos de ellos y eso me marcó de por vida en sensibilidad humana por los desposeídos y los débiles. Lo que se llama amor al prójimo. La segunda cosa que marcó mi vida fueron mis dos años de seminarista, porque yo quería ser sacerdote, en donde aprendí a amar y temer a Dios. Perdí mi vocación por hostigamiento de un sacerdote que la tomó conmigo.


 


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