sábado 16 de febrero de 2013
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2145

02/Set/2010
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre NacionalVER
Acceso libre NarcotráficoVER
Acceso libre EconomíaVER
Acceso libre EducaciónVER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Acceso libre Conc. CanallaVER
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Fe de ErratasVER
Acceso libre Premios "Doris Gibson"VER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Sólo para usuarios suscritos Gustavo Gorriti
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Suplementos
Acceso libre Buenas PrácticasVER
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2270
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Opinión “Un polo chino de a cuatro soles, a las justas sirve para que el niño se limpie los mocos”.

Estar en Algo(Don)

AREQUIPA, 26 DE AGOSTO DE 2010

Cuando quieres dormir pero hay fiesta en la casa del costado, tienes dos caminos: llamas a un Serenazgo que nunca llega y la rabia te quita el sueño y al día siguiente no hablas sino ladras, o te pones un par de tapones en los oídos, y que los vecinos sigan perreando, que la cabeza para más no les da. Valga la analogía con la cuchipanda en la que andamos, debido a las inminentes elecciones, frente a las ganas que uno tiene de descansar, de irse a flotar por otros ámbitos donde aún repique el badajo de la sensatez. Cuando así te sientas, ponte algodones en los oídos, pero que el algodón sea el Gossypium barbadense, más conocido en los valles norteños como “del país”.

Cuando los conquistadores entraron a nuestro territorio por Tumbes, se quedaron embobados al ver unos extensos campos de algodón surgidos en el mismísimo desierto donde se supone que no crece sino la envidia; pero además, algodones en flor que mostraban colores de una pureza que ojos de chanchero nunca habían encontrado: blanco, lila, pardo, marrón. Por supuesto, de inmediato el cronista de turno escribió que los indios teñían en planta, y después nos vienen a decir que los nativos eran tan poco inteligentes que pensaron que caballo y hombre era un mismo ser.

Desde que viajo profesionalmente por el Perú vivo convencido de que el próximo gran patrimonio nuestro será la textilería tradicional. Lo empecé a pensar cuando me enfrenté a las maravillas que se hacen con fibras de camélido y oveja en el Sur Andino. Como sostiene Francisco Stastny, es muy difícil para Occidente entender una pieza de tejido que para el antiguo peruano tenía significado múltiple: prenda de abrigo, objeto ritual, lenguaje, vínculo con otras comunidades, transmisor de conocimiento, huaca. Un polo chino de a cuatro soles, a las justas sirve para que el niño se limpie los mocos.

Y hace poco leía a James Vreeland Jr. y conocí Arawak. Vreeland es un antropólogo anglosajón que trabaja desde hace años con comunidades productoras de algodón de Piura, Lambayeque y La Libertad. Según sus investigaciones, en la zona al menos diez mil familias siembran algodón y más de cien mil personas hilan, y tejen a palito la fibra, generando un movimiento anual de medio millón de dólares. Lo más interesante es que en estas zonas, especialmente en Mórrope y Ferreñafe (además de San Martín y Amazonas), el algodón nativo de colores se sigue produciendo tal cual lo descubierto en Huaca Prieta con una antigüedad de 2500 años. Sostiene Vreeland que el campesino norteño aún conoce cómo mantener “el equilibrio entre la tasa de explotación energética del ambiente y la tasa de reproducción y renovación de las fuentes de energía”. Por eso sabe sembrar en el desierto una especie que puede aguantar hasta cinco años sin agua, y sin usar nada químico.

Caminaba la otra tarde por Larco, papando moscas, y me di con una tienda pequeña que mostraba en su vitrina unos polos, blusas y grandes pañuelos de algodón pero con unos colores que ni Benetton sacará en sus momentos más inspirados. Dentro de la tienda, un despliegue de prendas de altísima calidad, suavísimas, con diseños tenues pero llenos de sentido y con información sobre las mismas en tarjetas adosadas a la marca. Aunque suene a cherry, diré que esa marca es Arawak, el nombre de la matriz étnica que pobló nuestros bosques amazónicos y que empató con la domesticación del algodón que había venido ocurriendo desde 4500 años antes, contados desde hoy.

Debo decirlo, pues esta columna tiene fama de avinagrada –ya estoy viejo para emociones fáciles–, el Gossypium barbadense, estudiado por Darwin, por Von Humboldt, por Raimondi y ahora por Vreeland, contiene en su textura, en sus colores, en su historia y en su belleza, los elementos como para sentir que el Perú es una cosa más promisoria que Fernán Altuve y la ciudad de la furia. Cosechar una fibra, hilarla, tejerla, es una secuencia de alto contenido civilizatorio y simbólico. La red que llena el mural descubierto por Walter Alva en Cerro Ventarrón, en la que se ve atrapado un venado, data de 2000 años antes de Cristo, y marca la acción interventora del hombre en la naturaleza: la captura, la clasificación, el uso pero también, el intercambio. Saquémonos ahora los algodones de los oídos, ya podemos seguir pensando sin perturbaciones, porque el color viene en la planta. (Escribe: Rafo León)


 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista