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09/Set/2010
 
 
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Personajes El poeta que regalaba su obra hecha a plumones sobre cuadernos escolares.

Luis Hernández: El Gran Jefe Un- Lado- del- Cielo

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“Hernández tenía una gran personalidad, le gustaba ser el centro de la atención y hablaba con desenvoltura de todos los temas”.

Aunque apenas conocí a Lucho Hernández, me permitiré escribir algo sobre él porque fue uno de los poetas emblemáticos de mi generación. Nuestra relación fue esporádica, casual, distante aunque cordial, porque teníamos muchos amigos en común, en particular Mirko Lauer, y en 1967 yo comencé un tratamiento psicoanalítico en Lima con su hermano Max Hernández, a quien conocía de San Marcos. Max fue en los primeros 60’s Presidente de la Federación de Estudiantes del Perú, y amigo de toda la mancha de poetas de San Marcos, sobre todo de César Calvo, y estaba secretamente enamorado de su hermana Nanya, con quien terminaría por casarse.

Pero Lucho no estudiaba letras, sino medicina como yo. Max y Carlos, sus hermanos mayores, ya habían terminado esa carrera, que yo habría de abandonar al primer año. Y ya había publicado dos plaquetas en la imprenta de Javier Sologuren, “Orilla” y “Charlie Melnick” entre el ’61 y el ’62, mientras que yo andaba yendo y viniendo de Cuba, casi rigurosamente inédito. En el ’65 ganó con “Las Constelaciones” el segundo premio del concurso “El Poeta Joven del Perú”, que en su anterior edición habían ganado César Calvo y Javier Heraud. Se perfilaba pues como uno de los mejores poetas de mi generación, pero no era todavía una leyenda: su poesía y su vida transcurrían por cauces aparentemente regulares, y si bien su tono era original, juvenil, despercudido, lúdico, no alcanzaba aún a distinguirse por propuestas extremas, y seguía publicando sus poemas en libros y revistas:


 


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