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Entrevistas Un pintor en armonía con su norteño origen y la promesa salvadora del amor.

Los Acordes de Gerardo Chávez

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Hijo de trujillanos, su padre fue agricultor y chofer, su madre ama de casa y “compañera aprista” que le dio once hermanos.

El pintor Gerardo Chávez es un enamorado del amor, ya que de este sentimiento hace filosofía extrema y lo emplea mucho en su conversación. El tema del amor resuena campanudamente cuando este artista lo saca a colación con bastante frecuencia, dándole una dimensión de búsqueda de la belleza que es lo que todo artista anhela en sus sueños. Él nos lo define: “el amor es uno. Yo me dejo llevar por el amor. El amor es muy extenso, el amor nos sugiere la vida. La gran desolación se produce cuando no hay amor”. Es por tanto Gerardo Chávez un constante buscador de aquello que le conmueve y le hace navegar por el estro poético que lo mantiene encendido y vital a un tiempo. Ahora, frente a mí, en una mesa del restaurante Costa Verde, hablamos de sus cuadros de gran formato (2 x 2.5 metros) en los que se nos aparece una abigarrada muestra de monstruitos y seres fantasmagóricos que se reparten por toda la tela en toda suerte de actitudes muchas veces delirantes. Parte de su obra me recuerda a Hieronymus Bosch, “El Bosco”, sobre todo en su “jardín de las delicias” que tiene gran fuerza onírica. Y es que, sin lugar a dudas, Gerardo Chávez ha llegado a sumergirse en un indudable surrealismo en el que mezcla seres, colores y espacios con un maravilloso sentido de las proporciones. Es un peruano que se escapó a los 22 años para intentar mimetizarse en Europa dentro de los ambientes intelectuales y artísticos que eclosionaban en los años 60’s. Pero es un peruano que no olvidó jamás su patria chica, Trujillo, en donde en 1983 creó la Primera Bienal del Arte Contemporáneo y en el 2000 el Espacio Cultural Angelmira y el Museo del Juguete. A partir del 2004 comienza a construir con sus propios recursos y a las afueras de la ciudad de Trujillo lo que sería el Primer Museo de Arte Moderno del Perú, que fue inaugurado el 30 de noviembre del 2006. Esa noche Gerardo Chávez es condecorado con la Orden del Sol en el rango de Gran Oficial. Tiene también la Medalla de la Ciudad de Lima y la Medalla de Honor del Congreso en el grado de Gran Cruz. Es Caballero de las Artes y de las Letras de Francia. Y ahora, a sus 72 años, se pasea omnisciente por Lima con las alforjas mentales llenas de recuerdos y una suerte de paz espiritual propia de aquel que ya hizo “lo que debía hacer” (así lo puntualiza él) en la vida. Pero esa paz espiritual que le sirve para vivir no significa que condescienda con la muerte. Gerardo Chávez quiere la vida por encima de todo. Para Gerardo Chávez un poco más de tiempo es un poco más de belleza y amor indisolublemente unidos. Veamos lo que nos cuenta de su gran aventura.

–¿De dónde viene el Gerardo Chávez que hoy conocemos?
–Nací en Trujillo, de familia y clase social modesta. Agricultor y chofer era mi padre. Ama de casa y “compañera aprista” era mi madre, luchadora social y revolucionaria que aumentaba su necesidad de lucha cada vez que tenía un hijo. Tuvo 11. Se llamaba Estela y mi padre Pedro.


 


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