A 100 años de la hazaña de Jorge Chávez, un testimonio de su personal estilo.
Durante las próximas ediciones CARETAS publicará fragmentos seleccionados del libro del periodista italiano. Esta obra fue publicada posteriormente en setiembre de 1937 por la revista Romana Gens con el nombre de “El vuelo que surcó los Alpes” en ocasión de la inauguración del monumento erigido al primer surcador de los Alpes, Jorge Chávez, donado por la ciudad y los italianos del Perú.
Al conmemorarse el quincuagésimo aniversario de esta hazaña en setiembre de 1960, el Banco Gibson publica una nueva edición del libro con el título “Chávez, El primer transvolador de los Alpes” en deferencia especial a Juan Chávez Dartnell, quien era miembro de su Directorio y hermano del aviador.
En esta oportunidad apreciaremos la descripción que hace Barzini en uno de los capítulos de su libro sobre nuestro aviador.
QUIÉN ERA JORGE CHÁVEZ
Era un hombre que tenía la pasión de la audacia. Poseía un espíritu de batalla. Quería ser el primero cuando se trataba de demostrar valor, energía, decisión en las más arriesgadas pruebas del deporte, a las cuales se dedican ahora las almas guerreras.
Era rico y hubiese podido perfectamente transcurrir en una vida de comodidades y de placeres, pero él la odiaba y repetía a menudo a sus amigos más íntimos, a sus inseparables Duray y Christiaens: “No me gusta vivir la vida estúpida de los ricos de París. Necesito hacer algo”.
Su padre, un estimado banquero peruano, había dejado a los hijos un capital de más de cuatro millones. El hermano mayor de Chávez, después de la muerte del padre, fundó un banco en Lima, con una oficina en París, dedicándola especialmente a los negocios entre Perú y Francia. Otro hermano suyo, de más edad que Jorge, ese mismo que hemos visto pálido y lloroso a la cabecera del moribundo, dirige la oficina parisiense. El banco está bajo la firma social “Chávez Hermanos” y el heroico aviador poseía una cuarta parte de los capitales invertidos.
Ni el más lejano deseo de lucro ha entrado, pues, en la decisión de volverse aviador. En el deporte hípico existen los “gentlemen-rider”, él era el “gentlemen-flyer”.
Apenas pudo volar, no pensó más que en ganar récords, en hacer lo que nadie había hecho todavía. Los premios no le importaban. Buscó en el orgullo de vencer su única recompensa. Antes del último vuelo, fantástico y fatal, sus mayores prodigios se realizaron fuera de los concursos de aviación: él los regalaba pródigamente a la admiración del mundo.
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De día, Chávez vestía como un piloto y mecánico más. De noche aparecía de frac o de smoking. |
Se enamoró de la aviación en Reims, en el circuito de 1909. Se enamoró de ella como técnico que conoce la belleza de la audacia. Se hizo amigo de Paulhan, se interesó en los aeroplanos, porque Chávez también era un estudioso. Paulhan reconoció en aquel joven las cualidades ideales del aviador y lo alentó a intentar la prueba. En los “meetings” de aviación que se subsiguieron, se vio al aristocrático peruano vestido de mecánico, ocupado en los hangares de Paulhan en controlar los motores, en demostrarlos, en registrar los tirantes y probar las palancas. Comprendió que había que comenzar por ahí para sentirse dueño del aparato navegando en el espacio. Por la noche Chávez aparecía de frac o de smoking y volvía a ser el gentleman correcto y elegante de siempre.
Chávez había triunfado ya en otros deportes. Había sido campeón en las carreras y el salto. Nadie como él era capaz de saltar una maleza y atravesar una tapia cayendo al otro lado sobre un solo pie y continuando la carrera como si el salto hubiese sido un paso más largo que los demás. Luego se volvió campeón de football y formó parte de los teams victoriosos que se atrevieron a medirse en Londres con los mejores cuadros ingleses. En todos estos deportes, Chávez había adquirido una musculatura atlética que ha asombrado a los médicos de Domodossola y que sin embargo se disimulaba perfectamente en aquel cuerpo esbelto y elegante. Más tarde, Jorge Chávez se había apasionado por el turismo automovilístico y su auto no tenía descanso, recorría todos los caminos y atravesaba todas las fronteras.
Fue en febrero de 1910 que Chávez comenzó a subir en aeroplano en Mourmelon le Grand. Comenzó sobre un Farman. Voló enseguida y al cuarto vuelo proyectó ir a Reims y llevarse consigo a su amigo Christiaens. En ese entonces, el ir hasta Reims desde Mourmelon era un viaje inaudito y se hablaba de eso como de una gran prueba futura.
Pero en el momento de salir, he aquí que el aviador Van Born se levanta y toma resueltamente la dirección de Reims. Chávez no era uno de los que quedaba en segunda línea. Renunció al viaje y quiso intentar una cosa que podía parecer una locura para principiante. Él, que no había subido nunca más arriba de los treinta metros de altura, se elevó a quinientos. Ignoraba, sin embargo, cómo se hace para bajar en vuelo planeado y los presentes asistieron a una bajada fantástica, precipitada, con el motor en plena acción. “No lo olvidaré nunca”, nos dijo Christiaens. “Creí que se caía, lo imaginé muerto. Ha sido la bajada más terrible que he visto en mi vida”.
Chávez no podía soportar los vuelos en círculos, ese carrusel de los aeródromos, aburrido y sin fin, en el cual los aeroplanos se persiguen como los caballitos. “Volar es volar”, decía y se lanzaba a las alturas. Desde el principio no concibió el vuelo más que como una conquista del cielo, una estupenda ascensión en las altas regiones del aire.
Farman lo había obligado con un contrato a tomar parte en determinados concursos. Es un contrato sin el cual es difícil formar parte de su escuela de aviación y comprar un aeroplano suyo. Chávez participó en los concursos pero no voló más que en altura. En Biarritz apenas salió de Mourmelon, conquistó el segundo lugar de altura. Lo mismo en Rouen e igual cosa en Niza. En Reims, en julio del año pasado, el contrato caducaba. Chávez dejó el Farman por el monoplano Blériot y subió enseguida con él a setecientos metros, conociendo apenas la maniobra del aparato. Era para él una máquina ideal, la máquina para escalar las alturas.
La idea de surcar los Alpes lo sedujo enseguida. Abandonó todos los demás proyectos y en Issy les Moulineaux, nada más que para prepararse, subió unos cuantos días antes de salir rumbo a Briga, a la espantosa altura de 2,650 metros, batiendo todos los récords.
Fue un viaje fantástico. No se veía más que un pedacito de azul en medio de un cielo nublado y pesado, y Chávez penetró en aquel ángulo sereno. Subió entre las nubes.
“Me parecía estar en un pozo”, contó luego a Duray. Tenía un poquito de cielo libre arriba y un trozo de tierra abajo. En torno mío se retorcían enormes masas de vapor. Las nubes, impelidas por un ligero viento se trasladaban y él se movía con ellas, se mantenía dentro de aquel pozo inmenso de paredes formadas de neblina. Al fin, el azul del cielo se abrió sobre su cabeza. Él había superado las nubes que se acumulaban debajo de él como un océano blanco y desordenado. Cuando bajó y volvió a ver la tierra que había desaparecido a su mirada se encontró sobre Versalles. Los amigos que lo esperaban ansiosos, lo vislumbraron en el horizonte, mientras él regresaba lo más tranquilo.
La larga espera de Briga lo volvía nervioso a veces. Quería salir, estaba decidido a salir y los obstáculos lo exasperaban. Pero su agitación no se revelaba más que cuando estaba solo. Con amigos mantenía su carácter calmado, afectuoso y alegre, siempre igual.
Era un Hombre que muy rara vez aceptaba nuevas amistades, pero una vez que adquiría un nuevo amigo, se abandonaba a él con toda el alma, dispuesto a cualquier sacrificio. Los amigos no lo han conocido más que de un modo. Inalterablemente bueno, lleno de delicadeza, contento siempre. Amaba la burla, tenía mucho “esprit” pero de buen tono. Poseía la jovialidad serena e inocente de quien tiene un alma y un cuerpo fuertes. En las decisiones era rápido e irrevocable.
Después de la primera tentativa de travesía, cuando las ráfagas lo rechazaron del valle de la Saltina, dijo a Christiaens: “Dar la vida para no lograr nada sería estúpido. Dar para vencer, esto es hermoso”.