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Opinión Escribe RAFO LEÓN

Caramelos Envenenados

PUNTA VELEROS,
2 DE SEPTIEMBRE DE 2010

Era el mes de octubre de 1966, por alguna razón que nunca entenderé, mi padre me pudo pagar el viaje de promoción, una travesía por el mundo de la dicha, la sociedad feliz, el modelo para nuestra ínfima sociedad: Miami, Nueva York, Washington, y de yapa un crucero de fin de semana en las Bahamas. Yo pasé de este, una prima mía, muy querida, se acababa de casar con un joven médico también peruano, que estaba contratado en un hospital neoyorkino para comenzar su carrera como gastroenterólogo. Mi prima me invitó a estar con ellos un weekend en su departamento, un cuarto en el último piso de un edificio cercano al hospital; la zona, llena de funerarias: la joven pareja debía ahorrarse el pasaje en metro, no importaba que el estudio no tuviera nunca luz natural. Toqué un timbre, se abrió la puerta del edificio de los treinta, gris en su origen, ya negro de suciedad y contaminación. El ascensor nunca llegaba y decidí subir a pie por las escaleras. Me llamó la atención que en cada descanso luciera pegado el mismo cartel, escrito en letras de imprenta a mano y fotocopiado: “Vecinos, estamos próximos al Halloween. Cuando sus niños reciban de regalo frutas y golosinas, revísenlos antes de que los consuman. El año pasado en el edificio hemos tenido un caso de caramelos envenenados y otro de una manzana que contenía una hoja de afeitar, que destrozó el paladar del hijo de la familia Welles. Gracias. La administración”.

En ese momento la lectura del cartel me llenó de angustia, mi prima me explicaría luego que la vida es así y que los gringos, con gran pragmatismo, dicen las cosas, no las ocultan. De ahí el aviso preventivo. Hoy, 44 años después, ese papel fotocopiado se me presenta como una muestra de profundo amor y respeto por la niñez, en contraste con las cifras que da la Food and Drug Administration, según las cuales en el año 2009 el número de niños y adolescentes que consumen antipsicóticos en EEUU supera el medio millón. Un severo artículo aparecido recientemente en The New York Times precisa que el incremento de usuarios de estos medicamentos no se da dentro del grupo de los que tienen diagnosticada una esquizofrenia, sino entre menores que padecen trastornos bipolares, o del famoso síndrome de atención, o de autismo. Es decir, sufrimientos infantiles que se han venido tratando mediante psicoterapia y apoyo de los padres, antes que con pastillas que, entre sus efectos secundarios más leves, producen sobrepeso, anonadamiento, indiferencia al entorno, la nada. Y de esa forma, ay, están curando, aun cuando diversos psicoterapeutas gringos adviertan que fármacos como el Rispederdal, el Seroquel y el Abilify deforman tanto los cerebros como los cuerpos de los pequeños. Una cifra, sin embargo, es más contundente que cualquier alerta: 14.6 billones de dólares se gastan anualmente en los Estados Unidos en medicamentos contra el dolor anímico, y dentro de ese monto, el porcentaje de lo que va a los niños es cada vez mayor.

Dos palabras son clave para entender este fenómeno: precio y rapidez. Una pastilla cuesta mucho menos que la longitud de una psicoterapia y no solo en dólares: el ahorro emocional para los padres es enorme porque no tienen que preguntarse nada. La píldora es ciega, sorda y muda: Matrix. Rapidez: el niño abre la boca, la madre le zampa la pepa y el efecto es casi inmediato. El hiperactivo se tranquiliza, el bipolar se tranquiliza, el autista se tranquiliza, todo el mundo se tranquiliza.

Lo interesante de este asunto no es solo el mensaje que nos da sobre la situación de la gente nueva en los Estados Unidos; debemos también pensar que gracias a la globalización, las clases altas de países como el nuestro, en mucho viven a la manera “de allá”, como se suele decir. El abuso del Ritalín entre nosotros es un claro indicador de ello, una pastilla que es hoy casi un requisito para aceptar a un adolescente en ciertos colegios o negociar su permanencia. ¿Ya vienen los antipsicóticos salvadores? ¿Ya vinieron? Pero bueno, lo que ya viene es el Halloween y en medio de todo, el Día de la Canción Criolla quizás nos libere de caramelos emponzoñados y manzanas con gillette. (Rafo León)


 


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