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Opinión Escribe: RAFO LEON

La Mentira De Dios

ESPÍNDOLA, 8 DE SETIEMBRE DE 2010

En El Toldo es tan obvia la alegoría contenida en el título de la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo. El Toldo, una comunidad ayabaqueña que se llama así porque cuando baja la neblina se extiende, sobre las cuatro casas y la capilla de dos pisos del pueblito, una franja azul ballena que impide verse los rostros a las personas que hablan, un toldo de agua condensada. Aunque se habla poco en estos caseríos de la sierra piurana, que rezuman una atmósfera de hecho más emparentada con los pueblos mesoamericanos que con la pétrea cultura del sur andino. Acá los incas han dejado huellas distintas a la pomposidad cusqueña: el maravilloso conjunto de Aypate y un muy bien conservado tramo de Cápac Ñan, apenas interrumpen la vigencia de culturas muchos más viejas, donde el barro es el elemento de la construcción pero también el empaque del agua de la lluvia en un adobe o un tapial, el barro que está allí donde se pisa y su blandura es causa, quizás (resulta tan retórico decirlo), de lo sencillo que es hacer la relación del foráneo con el propio, a diferencia de las durezas y asperezas del núcleo imperial y el parnaso de los nevados.

Es la cuenca del río Quiroz, los bosques ecuatorianos están al alcance de la mano y de hecho el flujo de gente de un país al otro reitera la necedad de las fronteras. “En la cordillera piurana no hay nevados porque estamos en los Andes más bajos; el abra de Porcuya es la de menor altitud en todo nuestro territorio. Entonces, te explico, al no haber nevados, estos pastizales son la parte de los cerros que está en mayor contacto con las precipitaciones pluviales, con el agua contenida en la bruma y con las más bajas temperaturas de este trópico. Casi todo el tiempo acá está lloviendo y la niebla desciende diariamente. El terreno es muy rico en sedimentos, y captura el agua como si fuera una esponja porque tiene lo que técnicamente se llama permeabilidad saturada y no saturada. Eso, en castellano, significa que el agua es absorbida muy rápidamente por la tierra mientras que ésta la suelta con lentitud, formando los riachuelos que luego serán los ríos. Además, el ichu y la vegetación chica del páramo consumen muy poca agua y por último, sus hojas tienen una forma tal que se vuelven como canales que transportan el agua que les cae, hacia la tierra. Aparte, están las lagunas, fuentes de agua y a la vez, paraísos para plantas medicinales que la gente usa más que el remedio de botica”.

Así de clara es la explicación que me da una inteligente muchacha que trabaja protegiendo los páramos piuranos y cajamarquinos, conectados con los ecuatorianos, colombianos y venezolanos. Cualquier impacto sobre el páramo va a significar inmediatamente una reducción en la captación y distribución del agua en el norte peruano. Es por el trabajo silencioso de una serie de instituciones que las comunidades locales están aprendiendo a no llevar su ganado a esos pajonales, a no talar el maravilloso bosque de romerillos de Ramos, a perseguir a los cazadores. Las rondas campesinas han virado su objetivo hacia la protección de uno de los generadores de agua más importantes del planeta. Pero además, estas poblaciones ya están embarcadas en proyectos productivos de café orgánico, de panela granulada y de turismo de alta aventura, este último un cachetadón de magia y misterio, pues vincula el valor del agua con los rituales del curanderismo y las expresiones más sentidas del catolicismo popular.
“Lo único que no puede hacer Dios es mentir”, le dijo un anciano campesino al antropólogo italiano Mario Pollia, a la pregunta sobre el futuro que les espera a estos espacios serranos. Si es así, habrá que preguntarle a ese Dios por qué todas estas tierras, zonas agrícolas, pueblos, bosques, restos arqueológicos y páramos ya están concesionados a distintas mineras. “Estamos parados sobre Newmont”, me dice un comunero en el pajonal, mientras el viento con las justas nos deja estar. Desde el sonoro affaire de Majaz, hace dos años, las mineras no hacen sino reiterar que en sus planes ambientales está el respeto al páramo. Sí sabe mentir, o no entiende nada ese Dios de altares de oro. (Rafo León)


 


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