Personajes El Nobel y oleaje vargasllosiano a favor de la vigencia del libro.
Mar de Letras
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Chapuzón preelectoral, 1990. |
Como un respiro luego de debates flácidos e insufribles pullas políticas, el anuncio del Nobel para Vargas Llosa cayó en el Perú como el bálsamo para sobrellevar los últimos estertores electorales. El anuncio, sin embargo, no solo representó el inicio de días frenéticos para el escritor que pasó su primer sábado post-Nobel celebrando con lasaña en un restaurante neoyorquino. También ha sido el reconocimiento a la vigencia de la literatura y del libro a pesar de apocalípticos anuncios de su muerte inminente, tema que no ha escapado a la pluma del flamante Nobel. Ya en 1996, MVLl replicaba al mismísimo George Steiner: “El libro no va a morir. Retornará a donde estuvo casi siempre, a un enclave conformado por minorías que lo mantendrán vivo y al mismo tiempo le exigirán el rigor, la buena palabra, la inventiva, las ideas, las persuasivas ilusiones, la libertad y las audacias que brillan por su ausencia en la gran mayoría de esos libros que usurpan ahora la denominación de literarios”.
Durante el congreso en Lima el 2001 alrededor de la obra de MVLL, Antonio Tabucchi señalaría con deliciosa sorna las contradicciones de tales profecías. Fue precisamente en los sesenta, diría, cuando en América Latina jóvenes escritores como Vargas Llosa, García Márquez y Cortázar “dieran a conocer a una Europa en pleno luto literario algunas de las más hermosas novelas del siglo XX. Esos muchachos tan poco enterados no sabían que, entre tanto, la novela había muerto: eso es lo que se llama desoír los buenos consejos”.
Ya en 1967, cuando MVLl se hiciera del Premio Rómulo Gallegos, se referiría a la vocación del escritor como esa “diaria y furiosa inmolación” que debía desarrollarse a contracorriente del mecanismo montado por nuestras sociedades para matar en él la vocación. Palabras en las que bien podría oírse el eco de aquellas otras del fundamental José Carlos Mariátegui: “Es difícil en el Perú ser fiel a una vocación y a un destino”. Vocación que MVLl describiría de la siguiente manera: “la literatura es fuego… la vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor”.
Cómplice idóneo de esta lucha contra la escoria, CARETAS albergó desde un inicio su columna Piedra de Toque (la primera aparecería en fecha capicúa: el 7/7/77), y en estas páginas tendrían también eco las incursiones de MVLl en los diversos ámbitos del debate público. Baste recordar el caso Padilla, su participación en la investigación de la masacre de Uchuraccay, y su postulación a la presidencia de la república, que quizá le haría recordar la frase de un agotado barón de Cañabrava en La Guerra del fin del mundo: “la política es un quehacer de rufianes”. Participación intensa en este Perú jodido al que hiciera alusión Zavalita en Conversación en la Catedral. Perú jodido que el flamante Nobel tratara de descostrar a lo largo de su obra para que, diseccionando más que narrando, el lector pueda atisbar el magma furioso de nuestra peruanidad irresuelta, cuando no irrisoria. (Maribel De Paz)