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Opinión Por PILAR FRISANCHO

Treinta Años Después la Fecundación In Vitro Obtuvo el Nobel

Dos hechos importantes marcaron hito en el mundo con solo 9 años de diferencia. Ambos generaron controversia en diversos sectores, pero cambiaron el curso de la historia.

Ni la luna fue la misma cuando hace 41 años Neil Armstrong se convirtió en el primer hombre que pisó este satélite inspirador de grandes poesías, ni las parejas con problemas de fertilidad se resignaron a no disfrutar del mágico proceso de la fecundación, cuando 9 años después, nació Louise Brown, la primera “bebé probeta”, que se convirtió en uno de los logros médico-científicos más importantes de la segunda mitad del siglo XX.

Hoy, contra viento y marea, el premio Nobel de este año recayó en el fisiólogo Robert Edwards por su “contribución a la medicina y la revolución en el tratamiento de la fertilidad humana”. Junto al doctor Patrick Steptoe, en 1968, desarrollaron la terapia de fertilización in Vitro, permitiendo que los óvulos y espermas, cuyo camino en paralelo jamás lograban llegar a las trompas de la madre de Louise, lo hicieran en un tubo de ensayo en el que luego de ser fecundados artificialmente retornaban al vientre materno para seguir el proceso de gestación hasta su alumbramiento.

Probablemente con los cientos de métodos que se crearon luego y con los más de 4 millones de niños “probeta” nacidos en el mundo gracias a estos dos estudiosos, resulte un premio a destiempo, pero recorrer el camino hasta lograr ese triunfo científico fue tan difícil como el recorrido de un esperma y un óvulo en paralelo. Muestra de ello es lo que consigna la revista científica Human Reproduction, que revela que las investigaciones de los británicos se vieron repetitivamente obstaculizadas por tecnicismos y preconceptos.

Los médicos conservadores de ese entonces sugerían que tanto Edwards como Steptoe carecían del “nivel” suficiente, ya que Steptoe provenía de un hospital secundario del norte, mientras que Edwards, aunque era de Cambridge, no era profesor ni estaba médicamente cualificado.

Toda transformación tiene un tiempo de evolución, y aunque Patrick Steptoe haya fallecido hace 20 años, sin saber que más de 4 millones de bebés “probeta” hicieron felices a padres con problemas de fertilidad, y sin saber que sería merecedor de un Nobel, abrigado ni siquiera en sueños; y Louise Brown, de 32 años, ya tenga un niño de 3, procreado naturalmente, y Robert Edwards tenga 85 años, sin décadas por delante para celebrarlo, con una iglesia perpleja por este Nobel de Medicina que en aquellos tiempos consideró una “violación” a un principio enunciado por Pablo VI conocido como “Humanae Vitae”, estos dos considerados por muchos “científicos locos” lograron la tarea de unir un óvulo que iba en paralelo hacia la nada a un espermatozoide divagante fuera del cuerpo de la mujer, en un pequeño tubo de ensayo, que permitió a ese óvulo solitario unirse a un esperma y formar un embrión que al retornar al seno materno, convertía a todo ese proceso en algo mágico e indescriptible.

Ellos marcaron un hito, con el genuino deseo de hacer padres a un par de esposos dispuestos a someterse a un experimento que podría darles la posibilidad de ser padres, aún cuando además, en aquel entonces, la crítica de católicos conservadores fue dura. Fue Juan Pablo I quien trajo tranquilidad a los fieles al pronunciar la histórica frase “Siguiendo el ejemplo de Dios, que quiere y ama la vida humana, yo también envío mis mejores deseos para el bebé. En cuanto a los padres, no tengo derecho de juzgarlos; subjetivamente, si actuaron con buenas intenciones y de buena fe, pueden incluso tener un gran mérito ante Dios por lo que han decidido y pidieron a los médicos hacer”. Treinta años más tarde, la fecundación in vitro constituye una forma de superar la infertilidad utilizada sin prejuicios a lo largo y a lo ancho del mundo. (Por: Pilar Frisancho)


 


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