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28/Oct/2010
 
 
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Literatura Del Indigenismo a la Academia Sueca. Sesenta años de buena literatura que acompañaron la historia de CARETAS.

El Nobel en Casa

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El Primer Cuento.- Nobel Mario Vargas Llosa en 1982 entregando la ansiada mascarilla de El Cuento de las Mil Palabras a un jovencísimo Edgardo Rivera Martínez.

Como un renovado aliento parido de los estertores del antiguo indigenismo de López Albújar, el indigenismo de Arguedas sería el marco literario con el que nacería CARETAS, cuando se registraba el desborde popular del campo a la ciudad. En su obra cumbre, Los Ríos Profundos (1958), Arguedas colocaría una advertencia contundente: “El juicio final no es para los demonios”. Década de una rica generación poética, los 50’s gestaron las obras de Alejandro Romualdo, Pablo Guevara, Carlos Germán Belli y Blanca Varela. Años en los que también aparecerían las primeras publicaciones de Congrains, Ribeyro y Vargas Llosa.

La del ’60, luego, sería la década del boom latinoamericano, el golpe de Velasco y de grandes vates como Heraud, Calvo, Hernández, Hinostroza, Marco Martos y Cisneros, quien en 1986 definiría en un artículo en CARETAS el ideal de un escritor: “decir lo que se quiere y no, simplemente, lo que se puede”. Década de una generación narrativa que incluyera al fantástico José Adolph y, en el Grupo Narración, a Reynoso, Gálvez Ronceros y Miguel Gutiérrez. Años en los que Salazar Bondy despertaría urticaria con su ensayo Lima la Horrible, en el que citara en 1964 a Juan de Arona para describir la esencia de la vida capitalina: “un estarse muriendo todo el año”.

Precisamente, en medio de la era del chancabuque y el quepí, cuando apareciera la agrupación teatral Yuyachkani, arremetería la Generación del ’70 y sus movimientos poéticos contestatarios como Hora Zero y Estación Reunida, destacando Verástegui, Tulio Mora, Pimentel, Sánchez León y el insular José Watanabe. Entonces, también, empezarían a circular los relatos de Gastón Fernández, tan genial como fantasmal, y Bryce Echenique publicaría Un mundo para Julius.

Marcadas las décadas siguientes por el retorno a la democracia y la explosión del terrorismo y el fujimorato, el ’80 y 90’ verían desarrollarse la obra de narradores como Bayly, Malca, el borgiano Prochazka, Bellatin, Güich, el misterioso Siu Kam Wen, Carlos Calderón Fajardo, Thays, Niño de Guzmán y Cueto (sumidos algunos de ellos en las turbias aguas del debate entre andinos y criollos). Junto a ellos destacarían poetas como Eduardo Chirinos, López Degregori, Ollé, Pollarolo, Silva Santisteban, Dreyfus, Ildefonso, Montserrat Álvarez, Domingo de Ramos, José Carlos Yrigoyen y Jerónimo Pimentel. Sería también en la década del ’80 que se difundirían los poemas de la fallecida María Emilia Cornejo (“la muchacha mala de la historia/la que fornicó con tres hombres/y le sacó cuernos a su marido”). Y sería post cambio de siglo que las letras peruanas presenciarían una mirada a los años de terror, con obras a cargo de Roncagliolo y Daniel Alarcón. Generaciones de cambio de siglo, cuyo ánimo podría hallarse en aquellos versos de Montserrat Álvarez en su poemario Zona dark (1991): “Esta alegre noche del Apocalipsis,/no traemos con nosotros viejos códigos éticos,/no traemos con nosotros ideales ni esperanzas:/somos la generación del fin del mundo”.

Fin del mundo y Perú jodido según tradición vargasllosiana que por el momento nos deja con la buena noticia del Nobel para MVLl y frase aleccionadora de su monumental Conversación en la Catedral: “lo mejor que le puede ocurrir a un tipo es creer en lo que dice, gustarle lo que hace”. (MDP)


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