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Obituario Graciela Sarmiento Oviedo, doctora peruana que siempre supo ayudar al enfermo.

Una Samaritana de Verdad

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Sarmiento deja esposo y tres hijos.

La doctora peruana Graciela Sarmiento Oviedo murió hace dos semanas en México, cuando se encontraba en una misión con la organización Samaritanos del Aire en camino a atender a la población de San Quintín, una pequeña localidad en Baja California. Ella viajaba con tres colegas a bordo de una avioneta que se estrelló contra una montaña de 1,200 metros en la zona serrana de Ensenada.
Chela, como siempre la conocimos, fue una persona que se adelantaba a todos para ayudar a quien lo necesitaba. Y como doctora en un centro de salud de San Luis Obispo, en California, se concentró en atender a inmigrantes.

Graciela estudió medicina en la Universidad de Navarra, España, e hizo prácticas en Madrid y en la emergencia del Hospital Johns Hopkins en Washington DC, pero a pesar de ya tener un título europeo quiso sacar su título local para algún día poder ejercer en el Perú. Pasó una temporada en la emergencia de San Antonio en Lima, y para cuando postuló para hacer el SERUM (Servicio Rural y Urbano Marginal en Salud) ya no quedaban casi opciones y le tocó irse a Mazuco, un pueblo en Madre de Dios, entre Cusco y Puerto Maldonado.

A mediados de los 80, Mazuco tenía no más de tres cuadras pero como 15 cantinas de cerveza. Era un pueblo muy cercano a varios lavaderos de oro informales. Semanalmente la gente salía de la jungla con su puñadito de oro para hacer su cola para venderlo en el Banco de la Nación. Después se iban, machete al cinto, a tomar cerveza. Cuando en 1987 con su hermano menor, Pancho, fuimos a visitarla se decía que “había más cerveza que leche para los niños”.
Chela vivía en una pensión. Arquitectónicamente era divertido porque tenía tres pisos construidos con madera, pero el lugar tenía cierta reputación. Cuando llegó unos meses antes con su mandil de doctora y su mochila, encontró la Posta Médica abandonada. Parecía que por Mazuco no había pasado un médico hace un buen tiempo.

Su primera paciente fue una bebe recién nacida que llegó en estado muy grave, porque al nacer su padre le había cortado el cortón umbilical con una botella de cerveza. Chela se dedicó a ella y durante varias noches, a oscuras porque no había luz en la posta, hizo guardia con una escoba en la mano espantando los murciélagos que se habían apoderado del techo del lugar. La niña se salvó y ahora tendrá unos 23 años.

Durante su tiempo en Mazuco hizo exitosas campañas de vacunación de fiebre amarilla, caminando a todos los caseríos de la zona e invitando a la gente para que vayan con sus amigos a la posta. Poco a poco se fue ganando la confianza de los pobladores y el centro de salud cobró vida.

Durante el tiempo que estuvo ahí denunció el trabajo infantil esclavizado en los lavaderos de oro, después que en una madrugada la despertaran para atender a un niño casi moribundo. El estado de salud era tan grave que había que trasladarlo de emergencia al hospital de la capital del departamento para salvarlo. Por la pésima condición de la pista de tierra iba a ser imposible, y tomó la decisión de agarrar una embarcación e irse por el río, sosteniendo la botella de suero, hasta Puerto Maldonado. Su denuncia podía significar una amenaza para ella, pero para eso Chela ya se había ganado la confianza de una buena parte de la población.

Tan exitosa fue la gestión de la Dra. Chela Sarmiento en Mazuco, que cuando ya le tocaba irse, un grupo de pobladores confabulados con el cura y el principal distribuidor de cerveza del pueblo le hicieron una propuesta de construirle una casa en un lugar idílico a lado del río para que se quede. Su novio, Joss Jodar, un sheriff californiano que había conocido mientras trabajó en Washington DC vino al rescate. Poco tiempo después se casaron en una playa de California y tuvieron tres hijos: Maia, 18, Saynoa, 16, y Sebastián, 13, y vivieron en San Antonio de Arroyo, donde a Chela también se le recuerda como una persona que siempre hizo todo lo posible para servir a su comunidad.


 


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