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Internacional A casi un año del devastador terre moto, brote de cólera multiplica la tragedia.

Haití: La Cola del Cataclismo

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Los refugiados reciben ayuda humanitaria del Perú cerca de la sensible frontera con República Dominicana. Tasa de embarazos se disparó después de la tragedia.

Haití, el país más pobre del hemisferio occidental, el sexto más pobre globalmente, vivió en enero la peor tragedia de la historia humana, hoy el mayor desafío de Naciones Unidas en su existencia. Estas cúspides trágicas no son rimbombancia periodística sino declaraciones oficiales de ONU sobre la situación. He vivido aquí 6 años en distintos períodos, como parte del elástico cuerpo de funcionarios haitianólogos que responden con misiones a sus diversas crisis, electorales, de derechos humanos, ecológicas, etc., rotando entre las agencias internacionales.

Cuando me preguntan “¿cómo está Haití?” el tono es de quien se asombra de las posibilidades de vida en lo más profundo del Sahara. Y efectivamente, el “ecosistema” surgido del terremoto es impresionante. Hay 1,530 campos de refugiados oficiales, con casi millón y medio de refugiados.

En la capital Puerto Príncipe en ruinas han brotado extraños hongos: carpas algunas, lonas plásticas las más, parchadas con tablas, cartones, metales, telas, ramas. Más intenso aun es el rompecabezas de olores, en que excrementos, barro, basura se entreveran con alimentos friéndose, ropa lavándose en bateas y hacinamiento humano. La temporada de huracanes ha sido dócil pero llueve por las noches y dichas “casitas” se inundan, se desarman, mueren niños incidentalmente, se empapan las cosas que al día siguiente hay que secar al sol.

TRAS EL TERREMOTO, la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah) solicitó al Perú más efectivos militares, pasando de 216 a 366. Además les asignó una de las tareas más complicadas y decisivas: garantizar el orden de 3/4 de las zonas fronterizas con República Dominicana, especialmente el cruce de Malpasse, por donde pasa el mayor volumen de ayuda humanitaria, cantidades descomunales.

Atestiguamos los retos a los que se enfrentan. Para empezar el lago Azuei se está comiendo la zona fronteriza, lo que convierte varios kilómetros de carretera en un circuito de rally, entre charcos, barrizales, desmonte apilado y hasta tortugas y caimanes que aparecen intempestivos. La policía haitiana dispone de un puñado de efectivos, y los Cascos Azules peruanos deben frecuentemente ordenar el tormentoso flujo.

En el punto de frontera mismo hay caimanes de toda clase, aún más peligrosos. Contrabando de drogas, de niños y carbón son las primeras amenazas pero por la exigua presencia policial haitiana, los Cascos Azules deben mediar en broncas, trafas y abusos diversos, azuzados por el alcohol y el odio binacional, esto dentro del limitado mandato de Naciones Unidas, con destreza de embajadores.

Asimismo, de motu propio, los Cascos Azules realizan acciones humanitarias en los pueblos aledaños. El día de nuestra visita repartían frazadas, galletas fortificadas, pan y chocolate caliente a cientos de niños.

En 2005 un alto funcionario electoral de la ONU, colombiano, me comentó que él no se aventuraba en la violenta y amplia barriada de Puerto Príncipe llamada paradójicamente Ciudad Sol si no era con Cascos Azules peruanos, porque era con quienes se sentía más seguro por su eficiencia.

LA SEMANA PASADA el Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNUAP) eligió al país caribeño para presentar su informe anual del estado de la población mundial: Desde conflictos y crisis hacia la renovación: generaciones de cambio. “Haití es una historia grandiosa de resiliencia”, comenta Barbara Crosette, la autora, “no podría un lugar ser más simbólico de lo que el informe intenta transmitir”. Efectivamente, el tejido social haitiano está intacto y, como desde el vientre materno colonial convive con el hambre y el desguarnecimiento, se sostiene, preparado no por su estado, gobierno, o la comunidad internacional, sino por la propia constitución de su identidad.

Unos de los datos asombrosos del informe FNUAP es que desde el terremoto la tasa de embarazos ha saltado del 4% al 12%. El respingo demográfico es una reacción humana común tras catástrofes. Un fenómeno que los funcionarios gubernamentales haitianos señalan como frecuente e inquietante: como cualquiera puede tender una lona y formar la cola para recibir ayuda alimentaria, los adolescentes están haciendo casa aparte.

El FNUAP teme que lo conquistado en lucha contra el sida estas décadas, en que Haití se consideraba una historia de éxito, sea borrado por la polvareda que dejaron las ruinas.

El sistema de salud haitiano no está preparado para este baby-boom, tensionado por periódicas amenazas como, ahora, el cólera. Al cierre de esta edición casi medio millar habían muerto y la Organización Mundial de la Salud advertía que aún no se llega al pico infeccioso. Las tropas nepalíes están en la picota por –posiblemente– haber traído el cólera, pero la ayuda internacional resulta crucial.

En un mes Haití elige gobernantes. Oscar Medrano señala un cartel del candidato oficialista y le pregunta a un refugiado que masculla el español, qué posibilidades de triunfo electoral tiene. El hombre se queda pensando:
–Con ese afiche podrían hacerse unas tres casas –responde abstraído. (Escribe: Alejandro Carnero)

El Peso de las Mujeres


El Informe sobre el Estado de la Población Mundial 2010 tiene una serie de particularidades que lo distinguen de los tradicionales documentos anuales. Está diseñado para celebrar el 10º aniversario de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la cual, si se toma con seriedad implica la construcción de una nueva etapa en las relaciones humanas. En efecto, acentúa el vínculo entre conflictos armados, construcción y mantenimiento de la paz y la perspectiva de género. No sólo pondera las secuelas específicas que las mujeres padecen en guerras y catástrofes, sino enfatiza lo imprescindible de su participación en los arreglos post-conflicto y en la resiliencia de una sociedad.

El informe entreteje crónicas y anécdotas de sociedades que viven o han vivido calamidades bélicas o naturales tales como Bosnia-Herzegovina, Haití, Irak, los territorios palestinos ocupados, Nepal o Uganda. En el viaje el lector toma conciencia de lo capital que es la dimensión de género, el patrimonio que la juventud representa tras la tragedia, el drama siempre silencioso de refugiados y desplazados internos, la importancia de prevenir y proteger. Una lectura valiosa en estos tiempos globales confusos.


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