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Opinión “Vergüenza ajena daba la marcha que organizó Alan García para protestar contra Yale por el tema de Machu Picchu...”.

Guatepeor


SAO PAULO, 7 DE NOVIEMBRE DE 2010

José Martí fue alguien que consiguió entretejer la tradición popular con el arte de la verdad. Su delicioso poema La niña de Guatemala (1891) relata en clave de ronda infantil los funerales de una adolescente que murió de amor, “Se entró tarde en el río, la sacó muerta el doctor...” El cortejo fúnebre detiene el tiempo y de haberse podido, el espacio: era noble, era bella, era tan jovencita:

Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.

Perú siglo XXI. Ya es parte del combo: cuando por alguna razón se toma y bloquea una carretera, saltan los constitucionalistas y los transportistas y los mineros y los agricultores y los entrevistadores con el argumento de que la ley en el Perú garantiza la libre circulación, y que el actuar de los levantiscos compone un grave delito que debe ser sancionado con las máximas penas. Está bien, asumamos que es así pero asumamos también que las leyes son para todos y si no, la Ley de la Gravedad podría hacer una excepción con Lourdes Flores y en la próxima campaña dispararla hacia lo alto para que descanse. Pero no, no será así.

Entonces, si no es así, ¿por qué el viernes de la semana pasada, a las doce del día, una procesión del Señor de los Milagros salió del local de un ministerio que está emplazado en Corpac y se dedicó a dar vueltas por Canaval y Moreyra, el zanjón, Juan de Arona y todas las callecitas aledañas, integrada en su mayoría por funcionarios públicos a los que yo mantengo con mis impuestos? Se paralizó el tránsito, se armó un corso contra el tráfico frente al Metro del Paseo de la República y se produjo tal cantidad de agresiones entre chóferes de combis, particulares, taxis y buses, que por primera vez sentí que los limeños estábamos unidos frente a un enemigo común.

Que la procesión convierta al centro de Lima en un infierno morado durante tres fechas de octubre, vaya y pase, eso es lo que se llama acervo y fervor popular. Pero que en cualquier otro punto aparezca el anda con el mustio ídolo sin tomar en cuenta que en Lima se realizan diez millones de viajes sobre ruedas al día, es cosa más bien bananera. Y la explicación hay que encontrarla, también, en la cantidad de privilegios que sigue manteniendo la iglesia católica en muchos países que se niegan al desarrollo libre y por tanto, laico.

La reciente visita de Benedicto XVI a Barcelona ha sido en ese sentido un escándalo de invasión e irrespeto por el derecho de la gente de a pie. Parte importante de la ciudad estuvo estancada por cinco días, entre que se ensayaba el recorrido, se instalaban las medidas de seguridad, se fumigaba el trayecto de mendigos, putas y afines, y se convertía la vida del vecino en un insoportable desbarajuste que hasta le impedía la entrada al metro. Se dirá que entre la procesión y el papa móvil circulan los valores de la institución a la que el nunca bien ponderado Fernando Vallejo llama “la paridora”, valores que suscriben aún las mayorías en estos países latinos. Y puede ser, pero nada justifica sobrepasar el límite del derecho ajeno, menos todavía en nombre de lo que cree la cantidad de gente.

Vergüenza ajena daba, por eso, la marcha que organizó Alan García para protestar contra Yale por el tema de los objetos arqueológicos de Machu Picchu. Fue como sacar a la calle el clímax de una opereta. García y su gabinete adelantaban a una masa arreada por Arana para gritar contra las resistencias de los gringos a devolver lo que Bingham se llevó. ¿No habría sido más productivo pitear contra Doe Run, ya que de gringos se trataba? Al menos la portátil se habría sentido identificada con un daño laboral y social como el que se percibe en La Oroya. Y claro, era un viernes al final del día, cuando el tránsito en la zona del Campo de Marte con Guzmán Blanco es para cortarse las venas, pero más pudo el capricho de García por ganarse a la cantidad. Iglesia y Estado atracando con sus carretas los espacios donde transcurre la vida dificilísima de quienes habitamos una capital del Tercer Mundo. “Quiero, a la sombra de un ala, contar este cuento en flor”: estamos jodidos.


 


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