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Opinión “¿Y si fuera verdad que hay de parte de la sociedad en el poder un proyecto deliberado para imponer la chatura mental?”.

Estrategias Para Empeorar

VALLECITO, 11 DE NOVIEMBRE DE 2010

Más de una vez me he peleado con científicos sociales de mi generación porque me negaba a aceptar ciertas versiones conspirativas dadas como explicación a hechos históricos. Como ejemplo pongo la cantidad de tesis en las que se ha sostenido como un dato empírico que el terrateniente peruano, desde la Colonia hasta la reforma agraria de Velasco, mantuvo un proyecto deliberado para evitar que los indígenas accedieran a la educación, y así cerrar la entrada de la luz en el túnel de su ignorancia y esclavitud mental. Por supuesto que los señores feudales de Apurímac, de Huancavelica, de Cusco, de Puno eran unos truhanes de la tierra, ociosos, decadentes y vivían temblando porque la indiada se les levantara y no quedara de ellos piedra sobre piedra. Pero era ese miedo básico, más la definición misma de casta, de raza y de lugar en el mundo que los curas alentaban, los factores que determinaron que la escuela fuera un imposible para el indígena, al que el aguardiente, de una caña que él mismo tenía que producir, lo terminaba confinando a un estatuto infrahumano. Pero no creo (o no creía), insisto, en estrategias programadas para cerrarles el paso a la ilustración a los yanaconas, la cabeza no les daba ni para eso a los terratenientes.

Cuando la década prodigiosa de Fujimori y Montesinos la misma tesis conspirativa comenzó a circular, pero puesta al día, pues se hablaba de que a cambio de los billetes que los dueños de los medios de comunicación se llevaban en carretilla, además de comprometerse a acabar con los opositores al régimen, debían garantizar que la masa se mantuviera estupidizada, desinformada y sobre todo, inmune a la traición antidemocrática de un periodo de tan obvio, farsesco. También discutí por las mismas razones, no creo (o no creía) que fuera necesario un proyecto preconcebido, con estrategas y ejecutores para que los televidentes y los lectores de los pasquines se transformaran en unas máquinas de excretar la misma sustancia de la que se alimentaban. Bastaba con lo que la sociedad daba de sí misma.

Ahora ya no sé qué pensar. Es que hace unos días di una entrevista a una emisora radial on line, que tiene buena sintonía y suele invitar a gente para hablar sobre diversos temas, antes de abrir las preguntas a los oyentes. Como era de suponer, la conversación conmigo giró en torno a mis viajes, a lo que veo a lo largo de tantos años, a la homogenización cultural de un país que hasta hace pocas décadas parecía una caja con varios rompecabezas entreverados. Me gustó el tono de la conversación, fluido, libre. Pero luego comenzaron a llegar las preguntas, fueron al menos veinte y salvo dos o tres, las demás iban en torno a Carlos Cacho, Laura Bozzo y Magaly Medina. Venían con ese tonito moralistón que usan los propios personajes aludidos, en comentarios como, “¿Y tú no crees que Cacho y Laura deberían ir presos por malograr la imagen de nuestro país?”. Al comienzo intenté alguna respuesta que me salió fatal, hasta que decidí hablar claro, y dije que esos seres nada tienen que ver conmigo ni yo con ellos y que lamentaba que en una conversación tan distinta de la de sus hábitat, se colaran como una mancha de aceite bajo la puerta. Las preguntas dejaron de llegar de inmediato. Y ahí me vino la idea a la cabeza: ¿y si fuera verdad que hay, por parte de la sociedad en el poder, un proyecto deliberado para encadenar a la cantidad a un cepo de imbecilidad y chatura mental, indispensable para que nadie se dé cuenta de que las mineras nos están acabando y los indicadores de crecimiento se caerán al piso cuando el precio de la onza de oro tenga que bajar y que eso a la cantidad le seguirá valiendo madres porque entre Cacho, Magaly y la Bozzo ya les hicieron el día? Y algo peor, ¿cuántos puntos de esa estrategia están orientados ya no solamente a los monstruos del entretenimiento sino a periodistas bienhablados y bien comidos, que ante una idea distinta a las suyas se avientan al cuello del contrincante para descalificarlo en lo personal, siguiendo los códigos de Cacho, Bozzo y etcétera? ¿Habrá estrategias para empeorar? (Rafo León)


 


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