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Opinión ¿Hasta dónde puede llegar la voracidad del negocio, que vuelve mala mercancía las prácticas acumuladas por milenios?

Fuera el Sostén, Llegan los Turismos

MIRAFLORES, 21 DE NOVIEMBRE DE 2010

Yo lo he visto muchas veces y la verdad, no sé ya qué pensar. Ante el anuncio de que vienen los turistas, las familias de los poblados bora, huitoto y yagua en Loreto, sobre todo en las cercanías al puerto de Pebas, que es donde se detienen los cruceros de gringos, corren a trocar –ellos– las camisetas de nylon que imitan el diseño de los uniformes de sus clubes de fútbol favoritos, los short Adidas bamba, las zapatillas sacha Nike, por faldellines de paja, cushmas de algodón teñido, collares de colmillos de felino, tintura de achiote en el rostro; mientras que ellas, con permanente y teñido de peluquería, se sacan los brasieres dejando los pechos al aire (y como en el cuento del Génesis, creando así el pudor), vuela la bisutería dorada para ser reemplazada por sartas de chaquiras. Ya están listos para recibir a “los turismos”, enseñarles cómo no viven en la maloca comunitaria, como no usan el menguaré habiendo celulares, cómo no se danza para que venga la lluvia, pudiendo vender piezas de artesanía hechas con material sintético, más fáciles de producir que cerros de yucas en tierras degradadas, ya ni siquiera útiles para hacer un masato que, de prepararse, se fermenta más rápido con aguardiente y camote.

Vieja discusión entre antropólogos y empresarios de turismo: ¿hasta dónde puede llegar la voracidad del negocio, que vuelve mala mercancía las prácticas acumuladas por milenios? Michel Peissel, un etnólogo francés que conoce el Tíbet mejor que nadie en su larguísima búsqueda de las cabeceras del río Mekong, considera que el turismo “con sus miserables contribuciones” es el principal enemigo de continuidades culturales de antiquísima data que con la materialidad de ciertos objetos y rituales, ha mantenido el sentido a pesar de las agresiones de los chinos. Los pro turismo consideran que los indígenas hacen lo que hacen porque quieren hacerlo y que ellos, al igual que cualquier otro ser del planeta, cuando va a recibir invitados con los cuales discutirán sobre negocios, se ponen sus mejores galas y hacen una puesta en escena de lo que sienten que son, y si ello les deja un billete, ¿cuál es el problema?

Voy a dejar esta inacabable discusión de lado para pasar a describir la imagen que me tocó ver por televisión el 18 pasado. Se trataba del lanzamiento de la candidatura a la presidencia de Alberto Pizango, organizada por Aidesep en el local del Club Apurímac, en Lima. Una mesa larga recibía a la dirigencia de Aidesep con el candidato al centro, cada uno llevaba el atuendo de su pueblo. Detrás, a todo meter, una redundantemente gigantesca gigantografía retrataba a Pizango y centraba sus lemas. De pronto un maestro de ceremonias papel en mano y semillas colgándole de la frente, inauguraba el evento con una retórica propia del más cantinflesco de los candidatos a regidor de Huaycoloro. Palabras que obviamente no dominaba, tonos de voz de orador de plaza y lo que realmente resultó patético, el lanzamiento del himno de campaña de Pizango, un cantito con música supuestamente amazónica, que repetía el estribillo, “sí, sí, sí, Pizango va a ganar. Bis”. Luego, antes que el candidato hiciera uso de la palabra, apareció un chamán premunido de una olla de greda de la que salía humo, que era aspirado por el oficiante antes de aplicárselo con el aliento sobre la cabeza del candidato, cubierta con una corona hecha con plumas coloradas de guacamayo.

Pizango, cómo no, tiene todo el derecho del mundo de recurrir a los rituales que rigen el modelo ceremonial de la política peruana en tiempos de campaña. Igual que las señoras bora se quitan el sostén para volver a ser quienes fueron. La pregunta, para mí, es otra. Si Pizango representa la otra mirada, la del que nunca fue incluido en la historia, en la educación, en los proyectos de desarrollo y ni siquiera en el rostro del país, ¿por qué valerse de las formas tan degradadas del sistema que expolia a los pueblos amazónicos, los bota de sus tierras, los arrincona? El ridículo y la humillación, hay que recordarlo, se cuentan entre las ofensas que más agreden la dignidad de los grupos que discrepan con Occidente. Pizango, de una vez contrata a Juan José Rendón y déjate de chamanes. (Rafo León)


 


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