Entrevistas Tulio Loza canta todo: “Le diré lo que jamás he dicho y no me han permitido decir”.
Confesiones de Acero Inoxidable
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Su humor traspasa fronteras. Ahora sobrevive gracias a las giras que hace al extranjero: “les llevo humor cholo a los peruanos”. |
Dudo que haya existido algún artista televisivo con mayor rating a lo largo del tiempo que Tulio Loza. Parodista consumado y con un espíritu crítico filoso y punzante, puso a parir a todos los gobiernos de turno, cosa que no le aguantaron aquellos de espíritu más autócrata como los de Velasco Alvarado y Fujimori. Dentro de la galería de personajes que hizo famosos en la pantalla chica: Nemesio Chupaca, Tulito, Doña Lucha, etc., es sin lugar a dudas el de Camotillo el tinterillo con su asistente “franelero” Piquichón el que produjo mayores escozores políticos. Recurrió, para darle argumento a las arengas de Camotillo, a la creación de un partido político imaginario que se llamaba el “PA, PE, PI, PO, PU”, que aclarando su significado venía a ser: PA de partido, PE de peruano, PI de picante, PO de popular y PU de puñales… ¡porque vamos a ganar!, y a continuación desgranaba un discurso desaforado y lleno de verborrea, una arenga tapizada por frases construidas por él acudiendo al argot popular en las que “sin querer queriendo” y con efectos cómicos sorprendentes deslizaba como vaselina un criticismo político de alto voltaje, inimitable y cáustico a un tiempo, que propiciaba las carcajadas más estentóreas. ¡Tremendo éxito! Cuando estaba Tulio en el aire los demás canales se extinguían. ¿De dónde le nació esta faceta humorística tan incisiva con tanto contenido político? Yo diría que él venía a ser el “pagliacci” de la ópera de Leoncavallo, ese payaso que ríe y hace reír mientras el corazón llora. Todos somos producto de nuestra niñez y las circunstancias y recuerdos que nos rodean. Al perforar en esta entrevista se me aparece de golpe el momento trágico en que el alma de Tulio lloró para el resto de su vida ante el abuso e insania del que sus paisanos fueron víctimas. Veamos por qué. Primera pregunta: –¿Orígenes?
–Nací en Abancay, capital de Apurímac. Mi padre era empleado de la Caja de Depósitos y Consignaciones (lo que ahora es el Banco de la Nación) y mi madre apoyaba a la economía familiar como costurera con su máquina Singer. La luz eléctrica allí sólo funcionaba hasta las 8 de la noche, hora en que moría la ciudad. Se vivía desde el amanecer, se vivía de día. Por la noche usábamos lámparas de kerosene y velas. Los acomodados y ricos, envidiados, tenían Petromax de alta luminosidad. Yo hacía mis deberes a las 5 de la mañana cuando estudiaba la primaria en Abancay, en una escuela fiscal llamada 661. Mis hermanos y yo éramos felices con nuestras carencias, ya que recuerdo que sólo teníamos juguetes artesanales y jamás tuvimos patines, patinetes o bicicletas. También jugábamos con carretas viejas a las que les poníamos maderas convirtiéndolas en carretillas.