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Opinión En lo más hondo del inconsciente los peruanos debemos cargar con el resentimiento derivado de tanta incomunicación.

La Venganza Tarda Pero Llega

CUSCO, 26 DE NOVIEMBRE DE 2010

La versión mas confiable sobre lo que ocurrió en el llamado “encuentro de Cajamarca”, fue recogida por un indígena alfabetizado que conversó con quien fuera descendiente de un soldado del ejercito imperial inca y por tanto, alguien que presenció de cerca los acontecimientos. Atahualpa, advertido de que llegaba de visita un alto dignatario de otras naciones de impensables latitudes, acordó darle un recibimiento de par; es decir, con todos los honores que el Inca recibía en circunstancias análogas. De ahí el anda de oro, los más finos mantos de vicuña, la mascaipacha, la nariguera que anulaba el carácter humano de la voz, la impenetrabilidad de los regios rasgos faciales. Frente a frente, Atahualpa y Pizarro se midieron, luego el Inca, como correspondía a un contacto del más elevado nivel, hizo que se le diera a Pizarro un vaso de oro lleno de chicha, probablemente preparada con el mejor maíz negro, ese que ya no existe. Atahualpa explicaba en runa simi algo que el europeo no podía entender: la chicha es el vínculo del hombre con las divinidades, el nexo; si hubiera que traducirlo a nuestra lengua, el verbo. Pizarro, chanchero al fin, olió y desconfió de eso que le parecía un vino torcido. Pidió consejo al cura Valverde y este le indicó que no bebiera, seguramente dentro del vaso de oro (al que sí había que echarle el ojo), se movía un veneno de paganos. Pizarro, con los modales propios de su oficio, tiró al suelo el vaso y la chicha se regó. Valverde luego entregó al Inca una Biblia, explicándole en una lengua que el soberano no comprendía, que allí estaba contenida la palabra de Dios. Atahualpa en reciprocidad a la grosería del trujillano, lanzó el librito por los aires. El inicio de todo lo que vino.

En lo mas hondo del inconsciente los peruanos debemos cargar con el resentimiento derivado de tanta incomunicación. Pero como todo el mundo sabe, Freud sostiene que lo reprimido no perdona y que tarde o temprano saldrá para manifestarse. En los últimos años hemos sido testigos de cómo, en efecto, la pobre familia real española actual ha sido víctima de las represalias por lo ocurrido malamente hace más de quinientos años. Cuando Alejandro Toledo fue a Madrid en visita oficial y le tocó plantarse ante la reina Sofía, un personaje al que por protocolo nadie osa tocar, pues el cholo la agarró de los cachetes y le zampó un húmedo ósculo por chick. Como la reina es reina, contuvo su reacción, pero es de imaginar lo que habrá comentado con sus hijas, las infantas, en privado.

Esta vez el vengador fue Mauricio Mulder, durante la visita oficial de los príncipes de Asturias. Mulder, hueleguiso y perejil de toda salsa, estuvo muy cerca de cuanto acto compuso esa afortunada presencia de la encantadora pareja. Un periodista, saliendo de alguna ceremonia, le preguntó al congresista aprista qué le parecía doña Letizia, princesa de Asturias. Mulder debe haber recordado en ese momento la versión que he reseñado sobre el encuentro de Cajamarca, que dicho sea de paso la he tomado del historiador norteamericano Thomas Cummings. Y respondió, según nota de Perú 21: “Es princesa, muy digna y distinguida, aunque como mujer no es mi tipo. Cuando yo como, no me gusta a la francesa sino a la peruana, en plato hondo y lleno”. No podemos saber si doña Letizia leyó el sueltito del tabloide, tampoco su reacción, de haberlo hecho. Pero no nos cabe ninguna duda de que los peruanos de hoy tenemos la frente muy alta, no nos dejamos pisar el poncho por nadie, no olvidamos ni perdonamos (como los Habsburgo), por eso sabemos devolver, con intereses, las ordinarieces fundacionales de Francisco Pizarro, el chanchero. (Rafo León)


 


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