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Escribe CAMILO TORRES

La Caída de Saturno o el Día de la Muerte y de la Risa

Muy a mi pesar me crié con mi padre. Cuando me enteré de que mi madre había decidido, por fin, separarse de él mi alegría fue inmensa. No sabía, sin embargo, qué lugar había de corresponderme en la repartición de bienes.

–No te llevarás esa licuadora –amenazó mi padre acercando suavemente la mano derecha al cinto, donde, invisible, cargaba la navaja.

–Te dejo al chico –respondió mi madre velozmente–. Ya es grande y puede trabajar.

En efecto, tenía diez años. Al día siguiente el mínimo departamento de jirón Ilo que ocupábamos amaneció sin mi madre y mis hermanas, a las que no volví a ver, y mi padre me alquiló al dueño de una tienda de abarrotes. Allí descubrí por qué, en su libro de economía para quinto año de secundaria, Alberto Rubio Fatoccioli define el trabajo como “sufrimiento”. Mi día libre era el domingo, ocasión que mi padre aprovechaba para impartir la educación que juzgaba necesaria: “Tu madre es una puta”, “El triunfo de la revolución mundial fue determinado desde que la materia se puso en movimiento”. Una bofetada me enseñó precozmente los beneficios del silencio, así que prestaba atención reconcentrada a sus filípicas y asentía cada tres minutos.

Mi padre tenía un auto. Era una mole de color carne, creo que un Dodge del cincuenta y tantos, que marchaba con lentitud geológica y demandaba un gran esfuerzo para encender. El esfuerzo lo ponía yo, que empujaba esa roca de Sísifo hasta que podía andar sola. Para su funcionamiento se requería varias panoplias de llaves, desarmadores, alicates, martillos, alambiques e instrumentos que nunca he vuelto a ver en mis muchos viajes. Esas innumerables herramientas llenaban parte de nuestro departamento y colmaban la descomunal maletera del auto, toda embadurnada de grasa de mecánico y cuyas profundidades finales jamás llegué a alcanzar. Dentro cabía un mundo entero, inagotable, brutal y, repito, lleno de grasa. No parecía, como Tlön, regido por una inteligencia angélica, sino más bien presidido por un comité de puercos.

Mi padre amaba su auto. Lo conducía con la espalda rígida y la mirada vigilante. Cuando íbamos en él por la Vía Expresa no había auto que no nos sobrepasara y creo que alguna vez un policía lo detuvo por defecto de velocidad. Los policías, los cancerberos del estado burgués, eran su odio favorito. Una vez enfermé y me llevó a un hospital de indigentes; como la reparación del hijo tomaba lo suyo mi padre protestó por la demora. Un policía, sin duda acostumbrado a intimidar, quiso tranquilizarlo con un par de carajos. Realmente fue cosa de ver la cara que puso el uniformado cuando se vio embestido por un hombre lobo que lo tumbó en el suelo y le regaló a todo dar hasta que tres de sus compañeros (dos fueron insuficientes) lo liberaron, pobre infeliz. Tres días más tarde la ley dejó suelto al subversivo y esa noche el dolor no me dejó dormir. No me refiero a un dolor moral, sino al que mi progenitor decidió que me correspondía como causa primera del incidente.

Las noches eran la mejor parte del día. Cada mañana, famélico, pensaba en el suicidio. De lunes a sábado mi padre me arrancaba del sueño para trabajar; los domingos, para que lo ayude con su Dodge. Ese leviatán requería mantenimiento y desde temprano yo empujaba, pedaleaba, sostenía piezas y recogía herramientas mientras mi padre se entregaba a una oscura alquimia bajo la panza del monstruo o se zambullía en el motor. La grasa de la maletera lo contaminaba todo y aparecía adonde fuéramos, pues la llevábamos con nosotros.

Un día el saurio bufó, tembló y se desplomó para siempre. Desde entonces permaneció inmóvil en la cuadra vecina, ocupando un espacio que mi padre se adjudicó por decisión autónoma. Pero la higiene ritual de los domingos no cesó por ello: continuamos pasándole franelas y palpando sus formas y temperaturas, aunque jamás conseguimos una respuesta. Yo tenía ya trece años y era claro que no sobreviviría muchos más cuando, una mañana de invierno, tuve una epifanía.

Ese domingo empezó con presagios luminosos. Un vecino invisible puso un cuarteto de Beethoven, red de voces que pugnan por someterse mutuamente y que al final se resuelven en una armonía que las supera a todas y sin embargo nace de ellas. Vi dos pájaros acariciarse. Vi una estrella impasible en la madrugada. Luego del té ralo y los dos panes callados mi padre y yo partimos a cumplir el ritual de los domingos. Me indicó que me pusiera ropa sucia para ese trabajo, pero no encontré nada más sucio que lo que llevaba puesto. En la calle algunos jóvenes ebrios, extenuados y coléricos terminaban la noche del sábado. Caminamos una cuadra cargando fierros y maderas, una galonera con gasolina, trapos sucios para limpiar a la bestia. La vereda desierta se interrumpía por la masa de algún auto estacionado, pero en el lugar usurpado por mi padre fluía libremente. Su alarido despertó a uno o dos borrachos y sacó de su casa a un par de vecinas curiosas, pero no le arrancó a la vereda la confesión de lo sucedido. Quién se llevó la bestia jamás se supo. Nadie vio nada. Nadie oyó nada. Sus restos terminaron sin duda en los babélicos remates de Tacora y yo, que a los trece años aceptara haber nacido solo para morir, vi al todopoderoso revolcarse en el cieno de su propia cólera, morderse, babear y romper sus manos contra el cemento. Solo lo detuvo el sonido limpio y claro de una carcajada.

–Olvídalo, viejo, te jodieron.

Blandió un fierro enorme para partirme el cráneo pero ya estaba fuera de su alcance. Desde el jirón Ilo hasta la Colmena hay pocas cuadras. Confundí a mi perseguidor en el mercado de la Aurora y en la Plaza Castilla me trepé a un microbús lleno de herrumbre que se dirigía al Callao. Allí, había oído decir, hay un puerto y el mar. (Escribe: Camilo Torres)

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A Abdón Padilla, suicida (1970-1982)


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