Premios La literatura y sus afectos. El Perú y el mundo esperan las palabras de Mario Vargas Llosa en la ceremonia de entrega del Nobel, el viernes 10 de diciembre.
La Fiesta del Nobel
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Conferencia en el salón de la Academia Sueca. La ceremonia de premiación será presidida por los reyes de Suecia. El discurso Elogio de la lectura y la ficción está disponible en nobelprize.org/nobel_prizes... |
Aprender a leer a los cinco años fue lo más importante que le pasó en la vida. Con esa idea empezó Elogio de la lectura y la ficción, el discurso del Nobel de Literatura 2010. No había mucho más que decir porque con eso lo dijo todo. Pudo abrir y cerrar su conferencia con esa conclusión, sin premisas ni argumentos. La literatura, finalmente. Esa laica revelación que marcó para siempre en la frente de Mario Vargas Llosa el designio de escribir.
Pero había más que decir. Porque todas las historias acaban y, como prosiguió el escritor, no queda más que continuarlas enmendándoles el final. Porque la vida –ese pendiente por enmendar– podía valer la pena aunque fuera solo porque sin ella “no podríamos leer ni fantasear historias”.
La disertación del escritor fue, por momentos, una larga lista de acreedores. Primero Víctor Hugo, Alejandro Dumas y Julio Verne. Luego Martorell, Cervantes, Quevedo, Góngora, Dickens, Melville, Stendhal, Balzac, Tolstoi, Conrad y Thomas Mann. También Malraux, Camus, Rulfo, Borges y Orwell. Flaubert, por la disciplina aplicada al talento; y Faulkner, por la estructura aplicada a la escritura. También citó a José María Arguedas, a pocos días de celebrar su centenario. Arguedas, como se recuerda, ya había sido mencionado por el Nobel francés Le Clézio en su discurso del 2008. La sorpresa fue Sartre, el filósofo de la acción que rechazó el Nobel. El escritor comprometido que despertó la juvenil admiración del sartrecillo valiente y la crítica feroz del novelista adulto.
El novelista se encargó de contextualizar a aquel joven idealista. Recordó su militancia marxista y su pensamiento socialista. Allí, recordando sus primeros desencantos, enumeró otras deudas, esta vez ideológicas: Raymond Aron, Jean François Revel, Isaiah Berlin y, especialmente, a Karl Popper, a quien no dudó en homenajear sutilmente al revalorar las “sociedades abiertas”. Otras referencias intertextuales incluyeron un breve guiño a Calderón de la Barca (“la lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño”) y otro menos literario al Irak de George Bush, aludiendo a las peligrosas “armas de destrucción masiva” en manos de “cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores”.
Pero sin duda su remembranza más feliz fue la que hizo de Francia, el país con más premios Nobel de literatura. Su aire, su vida literaria y su París latinoamericano. Le agradeció a Francia el descubrimiento de América Latina, dándole un giro anticomunista al viejo alegato del rojo Vallejo, “hay, hermanos, muchísimo que hacer”.
A partir de allí, el ensayista tomó la palabra dejando al escritor sin micrófono. Criticó a Cuba y Venezuela –países que se retiraron de la premiación del Nobel de la paz– y llamó “pseudodemocracias populistas y payasas” a Nicaragua y Bolivia. También recordó otros destinos, como Piura, Arequipa, Barcelona y toda España, su segunda patria. Pero sobre todo habló del Perú. “Lo llevo en las entrañas”, dijo el novelista. No se olvidó que estuvo a punto de perder la ciudadanía durante la dictadura fujimorista. Que fue acusado de traidor y que muchos de sus seguidores le dieron la espalda tras la campaña presidencial de 1990. Como lo hizo Roger Casement, protagonista de su última novela, Vargas Llosa dijo estar dispuesto –nuevamente– a denunciar los abusos de una futura dictadura. Aunque sea la de su propio país. “Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia”, fue la frase exacta. Minutos después, en Huaycán, y mientras el canal del Estado propalaba cualquier cosa menos el discurso, Keiko Fujimori oficializaba su candidatura junto a su flamante vicepresidente, Rafael Rey. Qué duda cabe que Vargas Llosa –diez años después– volverá a participar en una elección presidencial.
Finalizando su discurso, pasó lista a su gente más querida y cercana. A Carlos Barral y Carmen Balcells. Pero sobre todo a Patricia. “El Perú es Patricia”, dijo alterando su ya famosa frase “el Perú soy yo”, acaso un nuevo final al aforismo de Abraham Valdelomar sobre qué cosa era este país.
Las expectativas están puestas en el discurso de aceptación del premio. Quizá su mejor disertación siga siendo la que pronunció al recibir el Premio Rómulo Gallegos, La literatura es fuego. Y entre las cumbres del Nobel se recuerdan las de Camus (1957), Solzhenitsyn (1970) y Pamuk (2006). Por el momento, sus declaraciones fuera del estrado han sido igual de apasionadas. “No me voy a dejar enterrar por el premio Nobel”, exclamó, como retando. “Estoy contento de recibirlo pero de ninguna manera me voy a convertir en una estatua. Voy a seguir siendo un escritor vivo…”. Además, su conferencia ha sido inolvidable solo por esos instantes en que recuerda a “la prima de naricita respingada”, y su voz se quiebra por segunda vez (la primera vez sucedió al llegar a Estocolmo, cuando un resfrío lo puso afónico). Fueron los segundos más emotivos. (Carlos Cabanillas)
Nobel en Lima
El miércoles 15 de diciembre, al mediodía, el autor presidirá el Congreso Internacional Las cartografías del poder, que irá del 15 al 17, con especialistas como Efraín Kristal y Roland Forgues. A las 4:00 p.m. empezará la conferencia de prensa en el Museo de la Nación y, a las 5 p.m., el conversatorio El sueño del celta, con académicos como David Gallaguer y J.J. Armas. Finalmente, a las 6 p.m., Mario Vargas Llosa inaugurará la muestra de la PUCP La Libertad y la Vida.