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Personajes Añoranza y homenaje a la compositora, que agasajaba al autor en su cumpleaños con su vals favorito.

Chabuca Granda: La Flor de Lima

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“Nos caímos instantáneamente bien, a pesar de la diferencia de edad: ella frisaría los 45 rubios y exitosos años, y yo andaba por los 23 displicentes y atolondrados años...”

Una mañana, a eso de las 11, vino César Calvo a la casa que compartíamos en la Bajada de Baños de Barranco, acompañado de una bella mujer. Me la presentó como “Chabuca Granda, la compositora”, y a mí como poeta, aunque yo todavía no había publicado ni una méndiga plaqueta y ella ya era famosa. Nos caímos instantáneamente bien, a pesar de la diferencia de edad: ella por entonces frisaría los 45 rubios y exitosos años, y yo andaba por los 23 displicentes y atolondrados años… Pero éramos sensibles a las mismas cosas, y Chabuca nos explicó que ella tenía un cariño especial por la Bajada de Baños porque aquí había vivido de niña, cuando venía a Lima, porque ella era de Apurímac, de padre minero… Nos pasamos el resto de la mañana paseando por el Puente de los Suspiros, el Parque de la Ermita con su leyenda del Cura Sin Cabeza, porque figúrate Chabuca que yo también soy barranquino y pasaba todas mis vacaciones de verano en casa de mis tíos, en la calle Independencia, y venía a jugar con mis primos aquí en este mismo parque, y bacán porque me conocía sus valses de memoria, sobre todo “La Flor de la Canela”, gran éxito de “Los Chamas”, y le conté que cuando yo vivía en La Habana, frecuentaba el Salón Rojo del Hotel Capri, donde tocaba el piano y cantaba el legendario compositor Ignacio Villa, “Bola de Nieve”, que por casualidad era mi vecino del Nuevo Vedado, y siempre nos cruzábamos y nos saludábamos en el autobús. Así, cuando “Bola” me veía entrar al rojo y aterciopelado night club donde él reinaba al frente de su inmenso piano de cola, me dedicaba, como un gesto de reconocimiento y buena vecindad al compañerito peruano, “La Flor de la Canela” en su versión personalísima, que cantaba como nadie. “¡Es la mejor versión!” convino conmigo Chabuca, y me dijo que tenía todos los discos de “Bola” firmados por el cantante… Y allí mismo nos invitó esa noche a escucharlos en su casa, porque tenía casa abierta para los amigos todos los días, salvo lunes y martes creo, para hacer un poco de música y conversar, con guitarra y con cajón, desde las 9 de la noche hasta que se fuera el último parroquiano, previo aguadito de pato, o frejolada que todos los días se preparaba en esa casa, para componer el cuerpo a las 2 de la mañana, como en los viejos y generosos tiempos del criollismo donde “y si al santo le faltaba/ hasta el saco lo empeñaban…”.

Esa fue la primera de las muchísimas noches que pasamos en casa de Chabuca Granda, que era ya famosa por la Flor, que triunfaba en todas partes, por “Fina Estampa”, por “Callecita Encendida”, por “José Antonio”… En efecto, la gente llegaba sin avisar, pero siempre de noche porque los horarios de Chabuca estaban como que al revés, porque recién se levantaba a eso de las 2 de la tarde, se duchaba a las 4, se vestía a las 6, y nosotros no sabíamos a qué hora trabajaba, en qué tiempo componía, salvo que fuera los lunes y martes, porque estaba toda la noche despierta, alerta, atendiendo a sus espontáneos invitados que a veces eran muy numerosos, porque de pronto Oscar Avilés o el trío “Los Chamas” desembarcaba en pleno en casa de Chabuca, cuadra 2 de 28 de julio, segundo piso, Miraflores, saliendo de una jarana o de una peña criolla, y caían a matarla a esa casa generosa donde siempre había buen trago en cantidades más que suficientes –cuando se nos terminaba el whisky y el buen pisco, Chabuca tenía cajones de ron “Cartavio” debajo de la escalera, que le daban en parte de pago por publicidad, y nunca le faltaban, y lujosamente, en esa casa había combo todas las noches a partir de las 2 de la mañana hasta el amanecer… ¡Y qué combo! Porque Chabuca tenía una cocinera de una mano divina, que ella supervisaba desde luego, y sacaba, al lado del clásico “Arroz con Pato” de las amanecidas limeñas, una “Carapulcra” finísima, un “Ají de Gallina” soberbio, unos sancochados… Así pues las jaranas de callejón venían a morir aquí, donde se restauraba el personal, y se cantaba la última tanda, con guitarra y con cajón, y a veces hasta se bailaba… Chabuca era buenísima bailando la Marinera limeña, que trató infructuosamente de enseñarme, pero yo por entonces era tieso como un palo, me movía como un muñecón de paja, y nada aproveché de tan excelente maestra. Pero escribí hasta dos poemas de mi primer libro, “Al Caído” y “La Voz en la Playa” en la máquina de su escritorio, que tenía cinta de color azul, alguna de esas noches de exaltada bohemia…


 


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