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Escribe: YAMILETH LATORRE

La Periferia

Haberte visto crecer, Pirandello. Cada mañana, arqueándote de lado a lado como espiga al viento; luego enderezándote, espiga Pirandello. No porque el viento cesara, sino porque un mal día se partió en dos y una mitad sopló fuerte en contra de la otra. Y tú al medio, pequeño Pirandello. Quieto de viento. Tus cabellos flameantes hacia dentro. Preguntándome con los ojos por qué no hacía nada para detener esa alevosía que llegaba silbando desde las cordilleras, la rompiente de olas aéreas en tu cuerpo, la bravura de soplidos en tu cara. Yo sólo observaba, quieta de mundo, pétrea de fango. Hubiera podido haberte tendido un brazo, una rama robusta, un bastón despegable, la pata de una silla, cualquier extensión salvadora; pero sólo te miraba como si lo que te estaba pasando fuera una etapa más de tu crecimiento, la germinación caótica del trigo, eso tenía que haber sido, amado Pirandello. Tú eras demasiado joven para entenderlo. Por eso cuando el viento separatista se cansó de flagelarte los huesos, sacudiste con tristeza tu cuerpo entumecido y, en un descuido mío, te marchaste de este centro para no ser astilla, y olvidar.

–Me voy a la periferia –leí de tu letra en un pedazo de papel para embalaje–. Me contaron que es un lugar mejor, donde no hay vientos en guerra. No te extrañaré.

Esa noche apenas pude dormir. En las últimas noticias de la CNN había visto absurdas novedades de los ultraortodoxos después de una reunión crucial del consejo de los grandes, más datos pavorosos sobre el cambio climático de los que solías estar pendiente —principalmente cuando reportaban la dirección de los vientos—, y un hombre desaparecido en Aspromonte que provocó la búsqueda de un escuadrón multinacional. Pero no eras tú Pirandello, a ti todavía nadie te buscaba. A la mañana siguiente, sin desayunar y apenas vestida de tristeza, tomé el primer bus de la estación.

–Lléveme a la periferia, por favor –rogué, más para desperezarme que para convencer.

–Sólo pasamos cerca, pero le indicaré dónde empalmar, ¿está bien? –negoció el conductor, un hombre macizo y somnoliento, intentando ser amable.

–Está bien –acepté con un bostezo en espiral.

No importaba adónde me llevara esa máquina azul y móvil, sólo tenía que ser lejos y pronto. Antes de salir de casa, evadí los mapas y me aseguré de buscar en el diccionario el significado exacto de periferia. Me quedé con la tercera acepción: “Espacio que rodea un núcleo cualquiera”. Eso tenía que hacer, correr a los bordes, salir del núcleo, del vórtice inclemente, si quería alcanzarte Pirandello, espiga tierna que huyó de los vientos. Y era así que viajaba de regreso a ti; regresaba, extraviada, adonde nunca había ido. En mi mente un inventario de fatigas, tu maniobra seca, las tupidas amapolas en el campo de la trilla, un pasaje a Viena a las trece horas que ya nunca usaríamos, pájaros negros mordiendo semillas, Joy División y Love will tear us apart, el embrión de Dios a la vista, y, siempre, nuestros genes tristes en guardia. No sabía dónde estabas, Pirandello. Es verdad. No habías dejado más respuesta que esta ruta a propulsión, la balística de tu huida en mi cabeza. Y el viento, en rombos, riéndose todavía a carcajadas.

–Es aquí, puede quedarse aquí y empalmar –dijo el hombre de espaldas, mirándome por el retrovisor mientras frenaba en seco.

Bajé sin reprochar. El polvo era una masa espesa que impedía la visión. Imposible saber cuán lejos estaba de la periferia, y de ti. Cuando se hubo despejado, la tierra se cernía al vacío entre mis pies. Tenía que hallarte, Pirandello; a eso había venido. (Escribe: Yamileth Latorre)


 


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