Opinión “Lo que Vargas Llosa expresaba en ese momento no era ningún exotismo, coincide con lo que muchísima gente dice en privado”.
La Tiranía Del Cálculo
LIMA, 25 DE DICIEMBRE DE 2010Vaya que descubrí algo: entrar a la base seis hace que en el individuo la frialdad frente a las emociones públicas sea inversamente proporcional a lo que siente por las privadas. Es decir que si tu pareja de toda la vida adquiere una enfermedad limitante, eso te va a preocupar como ya no te alarmará jamás una nueva guerra impulsada por los gringos, por más víctimas civiles, niños, mujeres, que esta produzca. ¿Cinismo? No, apego a lo último que va quedando, el contacto con lo cercano, porque el sobrante de la realidad comienza a irse como un velero hacia un horizonte nublado. Lo pienso y lo escribo porque se supone que en esta columna debo reseñar algo en relación con el año transcurrido, y cuando busco qué acotar, solo se me vienen a la cabeza asuntos estrictamente personales que no quiero ni debo poner acá. El resto, Alan García, los WikiLeaks, los horrores de Haití, la izquierda en las turbulencias del poder municipal, el calentamiento global, Jaime Bayly, otra vez Alan García y el eterno etcétera de las primeras planas, son contingencias que me dejan más frío que la vaca mirando al piano.
Salvo un tema que más que un hecho, podría calificarse como una actitud. Se trata de Mario Vargas Llosa cuando recién llegado de Estocolmo a Lima, extenuado, despeinado, ojeroso y con el terno arrugado de tantas horas sentado dentro de un avión, declara ante la prensa que si Keiko Fujimori llegara a la segunda vuelta, él se valdrá de todos los medios legales para impedir que la hija del “ladrón y asesino” acceda a la presidencia del Perú. Cuando vi por televisión esa imagen sentí un remezón, algo que no me ocurría ante ninguna noticia desde hacía ya tiempo. Y a la vez que escuchaba y me emocionaba, trataba de entender qué era lo que me estaba afectando de esa manera, puesto que lo que Vargas Llosa expresaba en ese momento no era ningún exotismo, se trata de algo predecible y que además coincide con lo que muchísima gente piensa y declara en conversaciones cerradas. Al final me di cuenta de que el quid de mi sobresalto radicaba en algo que entre nosotros nunca fue muy bien visto: decir lo que se piensa sin hacer cálculo político, y en realidad, cálculo de ninguna clase, decirlo porque se siente que es un deber y porque se intuye que lo que se exprese, producirá reacciones en masas cuantitativas sumidas en el letargo y la idiotez.
La mayor cantidad de comentarios que he escuchado sobre esas palabras de un MVLl recién bajado, han sido de disconformidad: “No es político, debería callarse”, “con esto no hace sino victimizar a Keiko y por tanto, darle más popularidad”, “no le conviene insistir en la imagen de que sigue picón por la derrota del 90”, y un largo etcétera. No quiero pensar que personas opuestas a la perversa opción fujimorista, estén manifestando en reacciones así su verdadero corazón, un pálpito autoritarista que se mantiene latente y sabrá emerger cuando haya que elegir entre dos posiciones. Sospecho que hay mucho de eso, pero también, que no tenemos apertura para entender que el individuo se siente libre cuando es capaz de demostrarlo. Si Vargas Llosa, o quien sea que tiene peso en la opinión pública, se abstiene de opinar frente a la posibilidad de que una mafia tupida y sanguinaria se coloque de nuevo en el poder, porque decirlo favorecerá más que dañar a la representante de esa circunstancia, se está afianzando la esclavitud del cálculo cínico sobre el que se montan muchas decisiones electorales. Se está jugando con las mismas reglas que se pretende cambiar. Nada se parece a la libertad, aunque esta exista solo un poquito, y ejercer ese poquito es dar un salto por encima de las coincidencias y las discrepancias. Se hace porque de otro modo, algo se estrangula en mi interior. Es por eso que aparte de mis nietos, lo demás es opaco ya, salvo la imagen de ese hombre que dijo lo que pensaba. (Rafo León)