Televisión La transformación de las natachas en la televisión casera. Historia y trasfondo social.
Natachas BRAVAS
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Ricas y apretaditas, natachas del S.XXI. Gabriela Alcántara “Kerly“, Pierina Carcelén “Violeta”, Maricarmen Marín “Natacha”, Fiorella Díaz “Mary” y Mayella Lloclla “Paquita”. |
Para poner en contexto a “Yo no me llamo Natacha” hay que decir que su reto no era sencillo: mantener el encendido y fidelidad de los fanáticos de “Al fondo hay sitio”. Serie que calienta motores para su tercera temporada (hasta el momento se han emitido 390 capítulos).
La miniserie (35 capítulos) protagonizada por Maricarmen Marín comparte con la dirigida por Efraín “Betito” Aguilar las risas de comedia y un precedente: “Los de arriba y los de abajo”.
A ese referente se le añadió trabajo de campo, análisis del mercado y harta intuición. El cubileteo hizo que las polleras de Dina Páucar aparezcan en las pantallas de tevé. Fue el primer paso de Michelle Alexander.
El segundo paso fue encauzar esa historia en un molde dramático. Esto es ficción, no documental. Mundos sociales, económicos, raciales antagonistas tienen un choque y fuga para producir un big bang que desata sus historias y personajes.
Dato curioso con respecto a las natachas es que cada 20 años se vuelva a jalar el hilo de su madeja. En sus versiones de 1970 (Ofelia Lazo) y 1990 (Maricarmen Regueiro) la historia era muy similar. Sus tramas compartían principio, nudo y desenlace: un romántico amor imposible que rompe barreras. “El Plebeyo” en versión femenina que supera el canto lastimero y logra un final feliz. O si se quiere ir más atrás, el arquetipo difundido por el cuento de hadas: cenicienta pasa de humillada empleada del hogar a esposa del príncipe de sangre azul.
Lo singular de la versión siglo veintiuno es que desde su título enfatiza una negación: Yo NO... me llamo Natacha. Desde su raíz quiere negar ese pasado eminentemente servil, pasivo y medroso.
“En los años 70 la televisión peruana puso en pantallas Natacha, una telenovela que contaba la historia de una empleada del hogar que vivía enamorada del joven de la casa y sufría mucho a escondidas. Hoy en día eso ya no existe: las trabajadoras del hogar ya no viven en el melodrama. Ahora salen a divertirse los domingos, tienen aventuras, amores, y objetivos en la vida: son chicas modernas que tienen sueños y buscan cumplirlos, aunque en el camino siempre se cruzará el amor, el drama y la comedia” –se lee en la presentación– manifiesto que la producción ha facilitado a la prensa.
TELEVISIÓN SOCIAL
El evidente cambio en una historia como Natacha tiene relación sanguínea con el que vive la sociedad peruana. Para profundizar en ello conversamos con Guillermo Nugent, autor del ya clásico “Laberinto de la choledad” e inquieto comentarista de los fenómenos de la cultura de masas:
“Por un lado –señala Nugent–, esta variación también tiene que ver con nuestra historia. Hasta los años 70 la autoimagen del Perú era muy restringida. Solo aparecían en vitrina las imágenes limitadas por el mundo oligárquico. El gobierno militar, con sus pros y contras, cambió eso: si uno compara cómo era el mundo que salía en las fotos, los animadores de la televisión en los 60. Y cuál es el mundo que empieza a aparecer en los años 80, el cambio es total. Y eso se elabora en los 70”.
“Por otro lado –continúa– esta nueva realidad tiene que ver a su vez con otro cambio. El de la tecnología. Ahora el mundo está mucho más interconectado. No solo somos más conscientes del otro, sino de su cara. El rostro real que muestran las redes sociales ha producido un cambio cultural innegable”.
–Precisamente, en ese escenario virtual muchas veces los comentarios sobre estas series son despectivos.
–Más allá de los insultos, ese espacio para la reacción y la crítica prácticamente al minuto es saludable. Porque amplía la discusión. Creo que parte del descrédito que vive la política es porque su campo de acción no se ha ampliado en la misma dimensión que la cultura de masas, que enfoca asuntos y personajes que antes no se trataban. En cambio, los políticos no salen de su par de temas: modelo económico y lucha contra la corrupción.
–¿Cree que este tipo de series combaten el racismo?
–No lo sé. Pero sí crean un espacio para la discusión. La empleada del hogar o doméstica es la última encarnación del peón de hacienda. Precisamente en un país que durante mucho tiempo fue imaginado e idealizado como una chacra. Y ese trato jerárquico y autoritario tiene una vigencia que va más allá de la clase social o nivel económico. Sucede en todos los sectores y estratos.
–La desigualdad sigue vigente.
–Es que el tema de fondo es que todavía somos una sociedad muy marcada por una cultura de la desigualdad y ningún candidato se ha preocupado por ello. Todos hablan de reducir la pobreza. Pero el gran problema del país es la desigualdad. Lo que genera desconfianza, resentimiento y desprecio no es la pobreza. Es el desigual acceso a salud, educación y justicia. Cuando se habla de la corrupción en el Poder Judicial se lo asocia a la conciencia moral. Cuando es un tema de profunda desigualdad. Porque si uno tiene las influencias debidas, no le pasa nada. Pero si uno no las tiene, no solamente le pasa lo que le tiene que pasar, sino cosas muchos peores. Y este tema no aparece en la política pero sí en series como Natacha. Finalmente, no deja de ser triste que aparezca primero en la cultura de masas y no en el campo político. (Escribe: Juan Carlos Méndez)