Pérdida Adiós a Luis Jaime Cisneros Vizquerra (1921-2011)
Por la Puerta Grande
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Maestro a toda hora. Un trabalenguas era usual para estimular el apetito de sus hijos durante el almuerzo: “El mundo está engaravintintangulado. ¿Quién lo desengaravintintagulara? Quien lo desengaravintintagulare, gran desengaravintintagulador será”. |
Luis Jaime Cisneros partió en un momento de discursos a propósito de la educación, ese medio de ascenso espiritual para el sujeto, sobre todo al interior de sociedades donde la enseñanza es tan paupérrima como la conciencia cívica a propósito de derechos y deberes. Hay una regla inflexible al respecto: un pueblo ilustrado será más democrático, invariablemente crítico y reacio a abrir la mano a la espera de la propina de los dictadores y tiranos de cualquier ralea a cambio de su alma; una comunidad cultivada se mantendrá alerta frente a los cavernícolas que tocan la puerta de los cuarteles.
Cisneros defendió la idea de que la lectura –en su sentido pleno y no monserga de políticos– es la mejor arma de combate frente a la tentación autoritaria. Peleó cual espartano contra la necia ignorancia y pragmatismo que se apoderó del país durante los últimos veinticinco años. Leer su columna dominical “Aula Precaria” era un ritual para aquella minoría que aún cree en lo imposible.
El declive empieza en el colegio y concluye en universidades-fábrica. El fujimorato, entre varias de sus lacras, destruyó el sistema, permitiendo que comerciantes de dudosa catadura inauguraran, a la manera de hamburgueserías, centros superiores con la engañosa promesa del título. Hace un tiempo, una de estas empresas lanzó el desafortunado lema publicitario: “Sin práctica, la teoría no sirve…”. Breve muestra de vergonzosa estrechez y medianía. Algunos de estos mercaderes, sueltos de huesos, han prescindido de las bibliotecas o las han reducido.
Todas estas barbaridades habrán preocupado a Luis Jaime hasta los últimos minutos de su vida. A lo largo de seis décadas, desde la cátedra y en muchas tribunas que lo acogieron, predicó verdades sencillas y complejas. Abundantes páginas se han escrito sobre este legado, que se tradujo en libros, artículos y conferencias. También es justo reivindicarlo como agente de cultura que no separó esa condición del hombre de polis: aquel comprometido no solo a impartir conocimientos, sino a la audacia prometeica de despertar las mentes de sus alumnos, enseñándoles tolerancia y libertad de opinión; a no convertirse en mansas ovejas del poder; a discutir con argumentos muy bien construidos y a no caer en el facilismo del insulto o en la evasión hedonista del consumo. Creo que hay algo de alienígena en esa persistencia. Solo pude disfrutarlo en un curso, que hoy me permito evocar con nostalgia y afecto: Poesía Española del Siglo de Oro, en el remoto 1987. Nunca Góngora y Quevedo aparecieron tan majestuosos y siderales, gracias a sus lecciones y comentarios.
Dos imágenes lo graficarán por entero de aquí a la eternidad: la primera corresponde a agosto de 1944, Buenos Aires, esquina de Santa Fe y Callao: un joven Luis Jaime celebra la victoria de los aliados, que acaban de liberar París de la horda fascista. La segunda, años después (1968), lo muestra enfrentándose a los esbirros de un gobierno de facto, en la puerta de la Universidad Católica. Siempre estuvo del lado correcto.(Escribe: José Güich Rodríguez)