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Opinión Por: RODOLFO HINOSTROZA

José María Arguedas: Esa Ternura Suicida…

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“Arguedas me recordaba a mi padre, porque era también pequeño y delicado, de gestos elegantes, con esa melancolía típicamente andina, tenaz y robusta...”.

Conocí a José María Arguedas a mediados de 1966, cuando convalecía de su primer suicidio y se encaminaba con paso todavía incierto al segundo y definitivo acto de autoeliminación, que sí tendría éxito, y teñiría de luto las letras de nuestro continente. Almorzamos juntos en casa no sé si de Paco Moncloa, o de Santiago Agurto Calvo, en una de las primeras apariciones públicas del escritor luego de su sonado intento de suicidio, que había trascendido hasta a la prensa, y se comentaba en todo el mundo universitario y culturoso. Verdaderamente no recuerdo cómo vine a dar allí, quién me llevó a aquel almuerzo de amigos íntimos. Sospecho que no pudo ser la dupla Julio Ortega-Cecilia Bustamante, pues ella ya no era cuñada de Arguedas, que había estado casado con su hermana Celia, pero ahora lucía felizmente casado con la chilena Sybila Arredondo, que trabajaba en la librería de Moncloa, o sea que tendrían que haber sido o bien Abelardo Oquendo o Mirko Lauer, que eran amigos de Moncloa y hasta vecinos, pues Mirko también vivía en Chaclacayo.

Desde muchacho yo había leído la literatura de Arguedas, por la buena razón que habla de la Sierra del Perú, y yo me había criado en Huaraz, y aunque nacido en Lima, me sentía entrañablemente serrano. No hablaba quechua, piña, como mi padre y la tía Lucha, pero algo entendía de su vocabulario y a veces pescaba alguna que otra palabra al vuelo. Sabía, por la antología poética de Salazar Bondy, Sologuren y Romualdo que tuvo tanta difusión e influencia, que unos pocos escritores serranos, como César Atahuallpa Rodríguez, Killcu Huaraka, se obstinaban en escribir su poesía en quechua, dentro de las tradiciones coloniales, pues antes de la conquista el quechua era un lenguaje ágrafo, sin escritura, pero yo no le veía mucho futuro a aquel camino más bien autoctonista. Pero leía con gusto la prosa de Arguedas, de una ternura profundamente india, desgarradoramente desolada. Me encantó su cuento “Warma Kullay”, que narra el descubrimiento temprano del amor, que me hacía revivir el mío propio, los mismos olores a pellejo de carnero húmedo, a humo de eucaliptus… Cuando me leí “Yawar Fiesta” o Fiesta de Sangre, me acordé de que mi primo Hugo Vargas me explicaba cómo se cazaba el cóndor en las alturas, para encimarlo en el testuz de un toro, con sus garras poderosas y sus alas enormes, porque parece que en algunas provincias ancashinas este ritual aún se practicaba. Y en fin, ya en la universidad, Gonzalo Rose me prestó “Los Ríos Profundos”, que leí con unción y avidez, pues yo también había sido niño en una provincia del Perú, y me identificaba con el impúber héroe arguediano… Estaba pues ya listo para conocer a José María Arguedas, aunque aún no había leído “Todas las Sangres” ni “Zorro de Arriba, Zorro de abajo” que recientemente había sido publicado.

Cuando entré a la casa Arguedas estaba sentado en el pasto del jardín con Sybila, rodeado de amigos y colegas. Estaba desde luego Paco Moncloa y su mujer, que era la bella viuda de Sebastián Salazar Bondy, Mirko Lauer y Abelardo Oquendo, Julio Ortega con Cecilia Bustamante, seguramente Carlos Germán Belli con su mujer, no recuerdo si José Miguel Oviedo, yo estaba acompañado por mi esposa francesa Nadine… y no recuerdo quién más habría, pero seríamos unas 12/15 personas en total, y la cosa había comenzado informalmente en el jardín, con José María y Sybila rodeados de familiares y amigos que les expresaban calor y solidaridad, tomándose sus tragos… la pareja respiraba una vez pasado ese mal cuarto de hora que es el suicidio… y ahora hasta reían y bromeaban, y a veces Arguedas dejaba escapar algún vocablo en quechua. Me recordaba a mi padre, porque era también pequeño y delicado, de gestos elegantes, con esa melancolía típicamente andina, tenaz y robusta, que de pronto estallaba en una réplica ingeniosa y una risa… Hasta se vestía como mi padre, con su terno a rayitas que tenía un aire provinciano, con chaleco, rígido como recién planchado… No fue nada decepcionante: Arguedas me encantó, me enterneció, me hizo recordar a mi padre serrano y sus desencuentros con Lima y los costeños, pues tenían muchos puntos en común: ambos eran serranos e indigenistas, ambos adoraban la música andina, ambos se sentían como exiliados en Lima, y añoraban su entrañable terruño…

Se respiraba una atmósfera de respeto, de una delicadeza tan grande que casi rayaba en la hipocresía, se divagaba sobre muchas otras cosas, chismes, tópicos literarios, pues nadie osaba hablar de suicidio, ni aun veladamente, aunque esa fuera la gran pregunta que estaba en el aire… ¿suicidio? ¿Y por qué razón, si Arguedas estaba en la cúspide de su fama, y era considerado el mejor novelista peruano, el único que de verdad había penetrado en el alma del indio, en su mutismo ancestral? Seguramente habría otras razones más personales para tan tremenda decisión, pero no habían trascendido fuera de su círculo íntimo, al que yo desde luego no pertenecía, de modo que preferí tampoco yo tocar el tema.
En el corrillo me enteré para mi gran sorpresa que Arguedas también escribía poesía, pero en quechua…había escrito un poema a Túpac Amaru, una oda ¡al Jet!!... Me parecía increíble que se siguiera escribiendo en quechua, la lengua ancestral del país, y además hacerlo sobre un tema tan moderno como un Jet Boeing 707, era sin duda alguna de un anacronismo chocante…. No tenía nada contra esto, aclaro, pero me moría de curiosidad por ver cómo lo hacía, aunque estaba seguro de que no entendería el original quechua, pues eran apenas hilachas y retazos de esa bella lengua lo que yo había rescatado del fondo de mi infancia serrana…

Recién lo pude leer meses más tarde, gracias a Rosina Valcárcel, que era discípula de Arguedas, pues alcancé a encontrar en su casa los dos poemas que me llamaron tanto la atención, y quedé convencido no solo de que sí se podía escribir poesía en quechua, sino de que Arguedas era un gran poeta. En la introducción a su poema, dice: “Demostremos que el quechua actual es un idioma en el que se puede escribir tan bella y conmovedoramente como en cualquiera de las otras lenguas perfeccionadas por siglos de tradición literaria! El quechua también es un idioma milenario.” “Oda al Jet” dice en su versión española:

Pocos meses después de aquella memorable reunión, en mayo de 1968, me fui a vivir a París, y le perdí la pista al escritor. El 28 de noviembre del 69 llegó la fatal noticia: Arguedas se había suicidado de un balazo en su oficina de la Universidad Agraria. Pero esta vez lo había planeado minuciosamente, y nada había fallado. Su diario abunda en detalles sobre el macabro plan:

“En abril de 1966, hace ya algo más de dos años, intenté suicidarme. En mayo de 1944 hizo crisis una dolencia psíquica contraída en la infancia y estuve casi cinco años neutralizado para escribir. (...) Y ahora estoy otra vez a las puertas del suicidio. Porque, nuevamente, me siento incapaz de luchar bien, de trabajar bien. Y no deseo, como en abril del 66, convertirme en un enfermo inepto, en un testigo lamentable de los acontecimientos...”.

“Hoy tengo miedo, no a la muerte misma sino a la manera de encontrarla. El revólver es seguro y rápido, pero no es fácil conseguirlo. Me resulta inaceptable el doloroso veneno que usan los pobres en Lima para suicidarse; no me acuerdo del nombre de ese insecticida en este momento. Soy cobarde para el dolor físico y seguramente para sentir la muerte. Las píldoras –que me dijeron que mataban con toda seguridad– producen una muerte macanuda cuando matan. Y si no, causan lo que yo tengo, en gentes como yo, una pegazón de la muerte en un cuerpo aún fornido. Y ésta es una sensación indescriptible: se pelean en uno, sensualmente, poéticamente, el anhelo de vivir y el de morir. Porque quien está como yo, mejor es que muera” (Primer diario, 10 de mayo de 1969).

Y en esa agónica lucha entre la vida y la muerte, triunfó la Parca con su revólver, qué duda cabe…
Paz a sus huesos.


“Dios padre, dios hijo, dios espíritu santo:
No os encuentro, ya no sois: he llegado
Al estadío que vuestros sacerdotes y los antiguos llamaban
El Mundo de Arriba.

En ese mundo estoy, sentado más cómodamente que en ningún sitio,
Sobre un lomo de fuego,
Hierro encendido, blanquísimo, hecho por la mano del hombre,
Pez de viento.

Sí. “Jet” es su nombre.
Las escamas de oro de todos los mares y los ríos
No alcanzarían a brillar como él brilla.
El temible filo de nieve de las sagradas montañas
Allá abajo resplandece, pequeñito.
Se ha convertido en lastimoso carámbano.

El hombre es Dios. Yo soy hombre.
Él hizo este incontable pez golondrina del viento…”


 


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