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Opinión Escribe RAFO LEÓN

Correando Colegio Ajeno

Sevilla, 12 de febrero de 2011

Si en el mundo entero las definiciones clásicas de derecha e izquierda se han disuelto como el súper yo en un vaso de whisky, en España la cosa no es tan clara, porque nada lo es demasiado en este país que casi se enorgullece de no ser tal. Los socialistas en el poder han terminado por imponer medidas económicas casi taiwanesas, como la reducción del sueldo a los empleados públicos hasta en 30%, el aumento de la edad laborable a 66 años y la transformación de las tradicionales y queridas “cajas” provincianas, en bancos vulgares y silvestres. Sin embargo, en esa evaporación de categorías políticas se mantiene enhiesta como una adarga la clásica derecha española, tanto que ante ella uno no puede dejar de preguntarse si los mataores, las manolas y las macarenas franquistas no son en verdad los ingredientes del cóctel nacional. La derecha española, con sus títulos nobiliarios y su cursilería, extiende un discurso cada vez más aceptado por una sociedad que no sabe ya adónde mirar para respirar algo distinto del paro, la inflación, los vencimientos hipotecarios y el desgano.

Mariano Rajoy, el líder más visible y vistoso de la derecha española aparece por la tele en vivo, dialogando con un público seleccionado como para él. Todo son arrumacos a lo que hará el PP en el poder y diatribas taurinas contra el PSOE. Una jovencita, militante de su partido, pregunta a Rajoy por las medidas que habrá de aplicar contra el desempleo juvenil. El candidato carraspea, comienza a buscar entre sus papeles, los pierde un poco y contesta, “mira que las tenía acá mismo apuntadas pero no entiendo mi propia letra”, y se mandó con una filípica acerca del esfuerzo de las juventudes para sacar adelante a la nación. Por su lado Ana Botella, esposa de Aznar y consejera de medio ambiente en el ayuntamiento de Madrid, ante el reclamo de la ciudad por la altísima contaminación del aire, declara, “…pues más contamina el paro”. Su esposo no se había quedado atrás en sutileza, cuando en un congreso del PP realizado en Segovia días atrás, profetizó que con los socialistas España se habría de transformar en 17 estados diferentes y que así la Unión Europea no los iba a querer, al punto de desembarcarlos del Euro.

Los temas de fondo son tratados con esa desfachatez bastante ordinaria por una clase social bien comida y educada como pocas en Europa. Por acá desde las posiciones democráticas se plantea la urgencia y la inevitablidad de una memoria histórica que de una buena vez ponga las cosas en su lugar respecto a los crímenes que se cometieron durante la dictadura de Franco, algo que la bonanza económica en su momento sumió en el cajón de lo subalterno. Hoy, sin embargo, se habla de ello con presión y con pasión. El fino de Rajoy no deja pasar ocasión de decir que eso se hará sobre su cadáver. A la vez, él mismo, otros voceros del PP y sobre todo una prensa de la era de la carroza, ya han cerrado toda posibilidad a que el Sortu, la nueva izquierda abertzale, ingrese legalmente a la arena política y participe en las próximas elecciones. ¿El argumento? No se pueden borrar de un plumazo los crímenes cometidos por ETA. Los de Franco no fueron crímenes sino circunstancias históricas en las que ya no tiene sentido seguir escarbando.

Mucho más que la chulería, la cuádruple moral, la vocación por el hueveo y el culto a la mecida nos viene de esta encantadora Madre Patria. También de ella hemos heredado su derecha. Esa que reemplaza ilustración y cultura por duende y galanura. La que vemos en Acho hasta con bota de vino, la que extiende las leyendas de las fotos de las páginas sociales con títulos nobiliarios (en Lima están otra vez de moda, ¿se dieron cuenta?), la que niega con sus argumentos lo que afirma con los mismos. No está mal pasar un mes en España haciendo nada, es como aprender en colegio ajeno.


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