Pérdida Carlos “Chino” Domínguez (1933 - 2011).
Imagen Final
Conocí al
Chino Domínguez a mediados de la década de 1950, en la redacción de
Caretas. Entonces él era un muchachón que llevaba invariablemente, colgada de sus hombros, una cámara fotográfica, como si fuera una prenda personal.
Desde entonces alimentamos una amistad que se fue fortaleciendo en nuestro largo trajín por las redacciones limeñas. Amistad que se hizo patente en muchas circunstancias de la vida: en nuestros matrimonios –el suyo en 1962, el mío en 1963, ambos prácticamente en privado–; en aventuras periodísticas; en viajes y noches de bohemia, de jaranas con guitarra y con cajón, de voces aguardentosas, de las que tanto disfrutó.
Con él cubrí un sinnúmero de comisiones en Caretas, Vistazo, La Crónica. Acompañándolo como redactor, pocas veces me sentí más seguro en la cobertura de un reportaje o una entrevista. Es que el Chino reunía todas las condiciones que debe poseer un reportero gráfico: audacia, perseverancia, sentido periodístico e imaginación para captar al personaje de la noticia en su más honda alegría o en su más severa desventura. Diestro, intuitivo, era además el reportero que buscaba en sus tomas el contraste, la ironía, principalmente cuando se trataba del poder.
Recuerdo dos comisiones en especial. Una de la época de las invasiones de tierras en el cerro San Pedro, donde captó con su cámara, entre cientos de invasores, a una madre de seis hijos que lloraba su pobreza. Eran tan vivas sus lágrimas, que la imagen las mostraba con el brillo de un cristal. La segunda tuvo lugar en 1975, en el Canal de Panamá, entonces un Estado dentro de otro. Nunca antes un reportero gráfico había ingresado en esos dominios; él y yo entramos como turistas. Luego, arrodillado en un auto, jugándose el pellejo, sudando copiosamente por los 40 grados de calor, el Chino registró escenas de esa zona celosamente reservada y resguardada: tanques, aviones, soldados, policías que pululaban al otro lado de la ciudad.
Otra de las virtudes de Domínguez fue que archivó los cientos de miles de fotografías que registró durante sus largos años de reportero –63, para ser exacto–. Completó así una colección de un valor incalculable. Volcó una selección de ese arsenal de fotografías, fruto de un trabajo intenso y fatigante, en un libro titulado Los peruanos, que muestra una variedad de temas que conmueven y fascinan a la vez.
Gran parte de ese material está ahora en manos de la Universidad Alas Peruanas. En ese archivo que guarda alrededor de un millón de fotografías late medio siglo de vida del Perú.
El Chino fue un hombre predestinado para la fotografía. Incursionó en el campo periodístico a los 13 años de edad, en Buenos Aires, ciudad en la que estudió fotografía mientras colaboraba en la famosa revista deportiva El Gráfico.
A su retorno al país, se enroló en La Tribuna y luego en las revistas Impacto y Presente. Pero su destape periodístico ocurrió en Caretas, donde colaboró en los años 50 y comienzos de los 60, con fotografías que lograron gran impacto en el ambiente político.
Pasó luego por numerosas redacciones limeñas: El Comercio Gráfico, Correo, Vistazo, El Diario de Marka, La República, Pájina Libre, entre otras. El semanario Ayllu –que dirigió Thorndike– fue su última aventura.
Nos ha dejado una de las catedrales del periodismo peruano. No extraña por eso que prácticamente todo el gremio –y hasta el Presidente de la República– se hayan inclinado ante sus restos para darle el último adiós (Domingo Tamariz).