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Opinión Escribe: RA­FO LEÓN

Triángulo Amarillo, Triángulo Rosa

Lima, 3 de marzo de 2011

David Waisman dijo sobre Carlos Bruce: “¿Mi amigo? Ja. Mi amiga será. Carlota. Ya que se asuma, ¿no?” (La República, 28 de febrero de 2011)
Carlos Bruce no dijo: “¿David Waisman? Tengo mis reservas para calificarlo como amigo mío. He oído decir que en ciertos lugares durante el Viernes Santo los judíos secuestran niños y los colocan burlonamente en la cruz. Un pensador serio como Agustín Barruel no puede haber caído en ligereza cuando alertó al gobierno francés acerca de un complot judío internacional que transformaría iglesias en sinagogas. La historia ya no puede esconder con hipocresía la existencia desde hace dos siglos de una conspiración judeomasónica, como bien advertía el injustamente maltratado caudillo Francisco Franco, una estrategia nefasta cuya versión contemporánea sería la de un “lobby judío” para dar realidad a la pretensión de esa raza que es en realidad un ente homogéneo que actúa coordinadamente a nivel mundial. Por ello, aunque a algunos les suene demasiado crudo, es necesario revisar sin prejuicios comunistas ni islamofílicos las leyes raciales que creó Hitler durante el Tercer Reich, decidido a convertir a los judíos en cucarachas que debían ser exterminadas en Alemania y en el mundo para obtener una higiene libre de ellos (Judenrein). Otro ilustre pensador de nuestros tiempos, Wilhelm Scherer fue más allá y acuñó un término muy preciso, un verdadero aporte al lenguaje como patrimonio de los seres humanos (aunque no de todos, debo decir, a buen entendedor…barbudo circuncidado), me refiero a la palabra Antisemiten, usada por primera vez en el diario vienés Neue Freie Presse. Los peruanos ilustrados deberíamos preguntarnos por qué en nuestra historia moderna no se ha dado la profiláctica atmósfera nacionalista que predominó en Europa desde inicios del siglo XX hasta la década del cuarenta (si es que consideramos que ha desaparecido, ¡ja!), la que facilitó que los judíos fueran identificados y desenmascarados como un pueblo apátrida, ajeno al resto de cualquier nación y, en consecuencia, un potencial enemigo. En buena cuenta, una raza maldita, inferior y perversa. El único que se atrevió a actuar en concordancia con esa imbatible constatación fue el austriaco Adolf Hitler, sobre todo desde el momento en el que acudió a la “solución final” para deshacerse del pueblo maldito que aspira a dominar el mundo”.

“¿Considera usted a Nietzsche como uno de los más importantes filósofos de nuestros tiempos? ¿Dudaría en colocar a Wagner en el parnaso de los músicos que elevaron la creatividad terrenal a niveles sobre humanos? Pues bien, ambos genios sostuvieron inequívocamente la tesis de que todo el poder degenerador de los judíos en realidad obedece a un plan destructivo de características universales cuya finalidad es el dominio del orbe. Y no es que Nietzsche y Wagner se hayan inventado una idea delirante, por favor, no vivían en el Perú sino en Alemania. Su fuente es un documento irresistiblemente real, “Los Protocolos de los sabios de Sión”, en el se recogen las minutas de un congreso judío realizado clandestinamente en el cementerio hebreo de Praga, destinado a trazar las líneas de la conquista del poder mundial. Luego de leer los protocolos Hitler superó lo que de débil le quedaba y exclamó: “Ahora creo actuar conforme a la Voluntad del Creador: al defenderme del judío lucho por la Obra del Señor. Es indudable que los judíos son una raza pero no son humanos”.

Pido disculpas a los lectores judíos por reseñar citas tan despreciables que expresan el antisemitismo vigente en diversos momentos de la historia. Espero que se entienda que estas han sido consignadas como la respuesta ficticia pero no incongruente que David Waisman habría merecido, dada la brutalidad de su agresión contra Carlos Bruce. Debemos celebrar que Bruce no haya ido más allá en la guerra sucia. Las reglas puestas por Waisman se lo habrían permitido. El triángulo de los judíos era el amarillo, rosa el de los homosexuales.


 


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