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Humor En tiempos de transfuguismo, individualismo y movimientos personalistas, la fidelidad del escudero es un arma clave en campaña.

Heráldica Electoral

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Carlos Bruce.- El solitario congresista peruposibilista –vocero y aspirante a la primera vicepresidencia– ha defendido sin yelmo a Toledo. Y lo ha hecho relativamente bien.

¿Qué se requiere para ser un escudero? Según Gustavo Pacheco, estudioso de la heráldica en la política peruana, se necesita una lealtad a prueba de balas. “Tener un amor profundo”, dice. “Nadie aguanta así nomás”. Si no que lo digan Isaac Mekler, David Waisman, Heriberto Benítez, Diego Uceda o Carlos Raffo. Ellos asumen su rol subalterno con gusto. Casi con la convicción de quienes saben que, en el fondo, no son leales más que a sí mismos.

En un mundo de tránsfugas se buscan fieles. Incondicionales de toda ralea. “Soy hijo de policía”, dice el Chauchiller. “Defender está en mi naturaleza”. No son oportunistas amateurs, aduladores ni sobones. La zoología política está plagada de ellos. No viven de la simbiosis con el poderoso. Eso es de igualados. Tampoco son rémoras de ningún tiburón, sobre todo porque en esta época no abundan precisamente los tiburones políticos. Ellos mismos son las fieras, con siempre una respuesta entre los dientes, como un cuchillo esperando la sangre. Son quizás el último eslabón del polemista de Asamblea Constitucional, especie en extinción de la cual aún se puede encontrar a Javier Diez Canseco y Javier Valle Riestra.


 


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