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Escribe: MARCO GARCÍA FALCÓN

Ella Canta

La camioneta se la había conseguido prestada mi tío Zósimo. Él iba adelante con mi mamá y mi tía Gladis. Y atrás, en la tolva descubierta, estábamos mi tío Andrés y los cinco nietos, todos rodeando a la estrella de esa mañana inolvidable: la “mamá” Inés, con sus ciento veinticinco kilos de peso depositados sobre un bancón de madera y una expectativa de niña en los ojos increíblemente abiertos que apenas si parecía posible en una mujer que justo para entonces había alcanzado los setenta años de edad. Estábamos recorriendo la Panamericana Norte cuando, en eso, lo vimos: el limpio, azulado y resplandeciente mar de Bayóvar.

No bien se abrió la puerta de la tolva, Orestes, Marat, Leandro y Josué quisieron bajarse, pero yo no. Yo no me olvidaba la razón por la que estábamos allí: para que “mamá” Inés cumpliera su sueño: experimentar lo que era bañarse en el mar. Un sueño que finalmente iba a hacer realidad porque toda la familia la había convencido de hacerlo y que iba a ocurrir nada menos que el día de su cumpleaños.

Yo había vivido desde chico con “mamá” Inés. En realidad, ella me había criado, al igual que a los otros nietos que nacieron en la casa. Era muy cariñosa y comprensiva, y además había sido en su juventud profesora de educación primaria. Fue una suerte crecer a su lado porque siempre nos enseñaba algo nuevo y se las ingeniaba para que nada fuese aburrido. Incluso, cuando su gordura no era tan excesiva, se ponía a corretear con nosotros como si fuese una niña más. Pero lo que a mí más me gustaba era oírla cantar. No era que tuviese una voz prodigiosa o siquiera potente, sino todo lo contrario: débil, ronca, casi estridente. Cuando cantaba, y esto sucedía sobre todo con las canciones melancólicas de su tierra, nadie podía dejar de prestarle atención porque era como si se posesionara de la voz de otro cuerpo, un cuerpo más bien lánguido y apagado, y la fuera dominando hasta hacerla crecer y brillar a punta de entrega y sentimiento.

Fue solo de grande que me enteré de la otra parte de su historia. Era de Cajamarca, hija de mi abuelo pero de una madre distinta, y tenía su vida hecha allá cuando algo horrible le pasó: el hombre con el que se iba a casar no asistió a la ceremonia. Es más, nunca más lo volvió a ver. Durante meses mi tía anduvo como una loca, huyendo de todo y saliendo solo a dictar sus clases, hasta que un día tomó la decisión de irse. Fue entonces cuando vino a Piura. Nuestra familia la acogió con mucho cariño y ella retribuyó ese amor con la crianza de los más pequeños. Poco a poco fue quedándose en la casa y, a pesar de que no era una mujer fea, no le interesó buscarse otro hombre. Con el tiempo la familia creció y con ella también su sobrepeso. Cierto día, una amiga de mi mamá le preguntó si no le hubiera gustado tener sus propios hijos, a lo que ella, sin incomodarse, contestó: “Para qué, si yo ya tengo esta familia. Y si algo todavía tengo que pedirle a esta vida es poder darme un buen remojón en el mar, porque de río no he pasado”.

De modo que allí estábamos, ayudándola a bajar de la camioneta para que cumpliese su deseo. Tuvimos que cargarla para que pudiese hacerlo. Pero apenas tocó tierra, nos pidió que la dejásemos caminar sola. Y así fue. Lentamente, con su pesado y blanquecino cuerpo bamboleándose bajo el bonito vestido floreado que le habíamos regalado para ese día, recorrió por sí misma los pocos metros que nos separaban de la playa, aún desierta a esa hora de la mañana.

Mientras los grandes iban acomodándose sobre las esterillas que habíamos llevado, mis primos se lanzaron a explorar el lugar. Yo, sin embargo, no me moví del lado de “mamá” Inés quien, ante los entusiasmados comentarios de mi mamá y mi tía Gladis sobre lo linda que estaba la playa, solo respondía moviendo afirmativamente la cabeza, con la mirada fija en el mar.

No fue necesario que la animáramos a meterse al agua, porque ella sola quiso hacerlo. Mis tíos Zózimo, Andrés y yo la acompañamos por si acaso, desde cierta distancia pero vigilantes, mientras las otras mujeres la aplaudían y le hacían hurras. Sus anchos, enrojecidos pies iban haciendo hondonadas en la arena cuando un ramalazo de agua caliente y espumosa los cubrió. Ella apenas si hizo un gesto coqueto y continuó avanzando sin dejar de mirar fascinada el mar.

Cuando ya su cuerpo estuvo a media altura, le sugerimos que no se metiera más, pero ella nos sorprendió diciéndonos que sabía nadar. Y eso fue lo que hizo. Se zambulló del todo y se puso a dar lentas pero consistentes brazadas, con tanta convicción y energía que mi mamá y mi tía Gladis se acercaron a la orilla a contemplar el espectáculo.

Todos veíamos cómo ondulaba y se iba adentrando más y más, hasta desaparecer. Un sentimiento de terror se apoderó en ese momento de nosotros y, por unos instantes, nos quedamos con el alma en un hilo. Al poco rato, sin embargo, volvió a aparecer.

Ya después de eso, no nos preocupamos. Iba mimetizándose con las olas, más ágil que nunca y más feliz que nadie. Pasó braceando por el límite de las boyas y por las barcas atracadas de los pescadores, y cuando tratamos de ubicarla con la mirada, ya no era un punto multicolor oscilando y empequeñeciéndose en el horizonte, sino uno de esos celajes que, como fantasmas, se hacen y se deshacen con el viento.

Nunca más volvimos a saber de ella. Nunca más volvimos a recuperar su cuerpo.

Aun ahora, después de todo el tiempo que ha pasado, no falta alguien de la familia que pregunta por él. Yo nunca hago eso. Yo prefiero volver al mar de Bayóvar donde, a veces, mezclándose con el rumor frágil pero persistente de las olas, se la oye cantar. (Marco García Falcón)


 


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