Opinión “Me he instalado por unos días en el monasterio benedictino de la Encarnación. Situado en Tomina, valle de Pachacámac”.
El Silencio
TOMINA, 14 DE MARZO DE 2011El silencio. Debería ya pagarse a quien se ocupa de cultivarlo, como se compensan los cuidados a la atmósfera con bonos de carbono. Nunca entendí bien la diferencia entre sonido y ruido, pero intuyo que el primero tiene una armonía, quizás natural, quizás creada en uno de esos raros momentos en los que el hombre se pone magnífico. Grieg, Bach, Piazzolla, García Zárate. El ruido, en cambio, es humano en esencia y define la manera más primaria con la que nos hacemos sentir. No son silenciosos los campesinos cuando están de fiesta, cada vez meten más ruido, ahora con esos parlantes grandes como ataúdes de atlantes. Las ciudades de países mal desarrollados –las peruanas son quizás el ejemplo más acabado, con nuestro crecimiento anual y nuestra miseria depredadora y promotora de ignorancia– muestran su peor rostro a través de la necesidad que tiene la gente de aturdirse mediante el ruido. ¿De qué se defienden? ¿Es un consuelo por algo hacerse notar mediante las bocinas, los escapes, los gritos de los cobradores de micro, los parlantes en las puertas de las tiendas, los televisores encendidos a todo volumen en los restaurantes, los insoportables llamados del RPM, los ring tones y sobre todo, la gente que con tan mal gusto hace uso de esos aparatos en público como si estuviera sola en el planeta?
San Benito en su regla monástica del siglo VI otorga una importancia medular al silencio. Benedictinos, trapenses, cistercienses, camaldunenses, todos los monjes pertenecientes a órdenes derivadas de la vuelta de tuerca que ese gran hombre dio a los disfuerzos, intrigas y cutras que ya iban definiendo a la institución católica, oran según las Letanías de las Horas, basadas en el día romano. Vigilias, lectio divina, misa con laudes, tercia, sexta, nona, vísperas, completas. Desde las 4:30 de la madrugada hasta las nueve de la noche. La semana pasada no pude más, el sonido que trato de mantener dentro de mí, se comenzó a transformar en ruido, era el ruido exterior que rompía las barreras que defienden mi yo de ese disparate que es el mundo. O al menos, que es Lima la millonaria. La campañera, porque a lo cotidiano de nuestra ciudad, hay que añadir la bestial arremetida sonora de slogans, cantitos, jingles, caravanas, además de la cara de maldad pura de Keiko, que no será auditiva pero igual daña.
Me he instalado por unos días en el monasterio benedictino de la Encarnación. Situado en la zona de Tomina, una de las partes mejor conservadas del valle de Pachacámac. El monasterio es un gran jardín arbolado con un área para huéspedes, un refectorio y una capilla discreta. En estos días lo habitan seis monjes, de clausura. Salvo el padre David, que es inglés, los demás son paisanos. Tengo para mí solo una habitación muy cómoda con un buen baño y por eso y las tres comidas, hago un pago más que sensato. Pero, ¿saben qué? Hasta el momento el único ruido humano que he escuchado en dos días es el del canto gregoriano con el que se ora en la capilla, además del pregón de un frutero ambulante que pasó esta mañana ofreciendo mangos con su megáfono. El resto del tiempo no se habla. Por supuesto, no se ve televisión y tampoco hay Internet. Señal celular, en ciertos puntos del jardín, que ni siquiera he buscado.
Durante las comidas se guarda silencio absoluto, salvo a veces que algún monje toma un libro y nos lee historias entretenidísimas sobre el origen y principios de la orden. Así, me he enterado de que san Benito consideraba al silencio como el puente entre el ser y el universo. Cuando la palabrería huera intenta acallar al silencio, es porque algo grave está ocurriendo en nuestra especie: la confusión.
Quizás hemos llegado a un punto de inflexión en las relaciones humanas y ya no admitimos –de común acuerdo– que el diálogo solo es necesario cuando se necesita y cuando es diálogo, y que si lloramos al nacer, eso no significa que debamos soportar el ruido de la caravana de Luisa María Cuculiza con vuvuzelas, matracas, pitos y flautas. Quién sabe si apreciar el silencio como un tesoro sea profesar una religión, y sin saberlo. (Rafo León)