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Entrevistas El tino y tiento de Harold Forsyth, embajador del Perú en la República Popular China.

Nuestro Hombre en Beijing

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“Era hijo único y supongo que tengo los defectos que se les atribuyen a ellos”.

La maleabilidad de un diplomático es una característica propia de su profesión. De esto no se escapa Harold Forsyth (59), actual Embajador del Perú en China, el cual, tras una vida diplomática muy intensa que lo convierte en un empedernido trotamundos, se encuentra ahora almorzando conmigo en el restaurante Costa Verde. Deja traslucir en nuestra conversación las cualidades que adornan a un diplomático: mesura, ductilidad y suavidad para llegar a las ideas concretas, sociabilidad y esas buenas maneras que inspiran confianza. Esta entrevista tiene la finalidad de ceñirse a su actuación diplomática. Para ello he orillado su faceta de periodista como colaborador en El Comercio, CARETAS o la televisión con sus programas “Pulso electoral” y “Vox pópuli” que, aun siendo importante, nos quitaría el espacio necesario para ahondar en esa intensa y efectiva función pública que hoy ejerce. Me parece insólito e impresionante el éxito comercial que está teniendo el Perú con ese gigante asiático que es la China actual y que no lo celebramos lo suficiente. Veamos si podemos adquirir con sus palabras mayor conciencia de esto. Vamos con todo.

–Los rasgos físicos suyos, al igual que su nombre y apellido paterno, son absolutamente gringos, y parece que hubiera llegado ayer del extranjero aunque usted es peruano. Explique esto.
–Mi abuelo, Alexander Forsyth, era escocés, de Edimburgo, ingeniero mecánico y llegó al Perú en 1900 contratado para trabajar en las haciendas azucareras del norte. Ocho años después se casó con Lucila Cauvi, peruana descendiente de italianos con la cual tuvo 7 hijos. Mi padre, Willy Forsyth, era el segundo.


 


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