Opinión “Tengo amigos judíos, otros gay y ni que decir straights, paraplé jicos, filatélicos, vegetarianos y nikei”.
Explicación Necesaria
LIMA, 18 DE MARZO DE 2011 Una sabia maestra de escuela me hizo ver alguna vez que cuando hay demasiados alumnos desaprobados por un mismo profesor, debemos dejar de ver el problema en los estudiantes y buscarlo en el docente. Voy a usar este recuerdo para tratar de aproximarme a lo que pienso que está ocurriendo a raíz de la columna que publiqué aquí hace quince días y que tanto polvo ha levantado.
David Waisman hizo hace unas semanas un generoso aporte a la guerra sucia burlándose con una grosería inaceptable de la supuesta orientación sexual de Carlos Bruce. Cuando lo leí en un diario me sentí indignado, no solamente porque alguien se permitiera un comentario de ese calibre como parte de una campaña electoral, sino porque además quien profería la torpeza era un ciudadano judío, una persona a la que en su condición de tal, yo asumo de antemano que debe ser especialmente sensible al prejuicio excluyente. Mi reacción inmediata fue la de desentrañar la homofobia de Waisman dentro del discurso habitual con el que se denuncia la discriminación de cualquier clase y escribir mi columna de CARETAS en ese tenor. Pero, pensé, de pronto podía ser más potente simular una estrategia basada en darle a Waisman de su propia perversa medicina. Es decir, recopilar las más inmundas referencias antisemitas que pudiera encontrar en Internet, y reseñarlas (como obvias citas entrecomilladas) diciendo –ahí sí yo como autor de la nota– que Bruce podría haber usado una argumentación de semejante grosor como respuesta a la agresión verbal sufrida, sin que Waisman tuviera demasiado derecho a protestar. Y de ahí, pasar al tema de los triángulos de dos colores, el amarillo para los judíos y el rosa para los homosexuales, con que se estigmatizaba a estos dos grupos de personas en los campos de extermino del Tercer Reich.
La reacción no se hizo esperar y comenzó con una andanada de correos enviados a mi cuenta por gente espantada por descubrir en mí poco menos que a un Goebbels disfrazado de carnero. Y ojo, estoy refiriéndome a personas de buen nivel intelectual, algunas de ellas con mucho reconocimiento en el medio académico local. Por supuesto que me alarmé, y a medida que crecían los correos en número y virulencia, comencé a desplazar el problema de los alumnos al maestro y deduje que de pronto la figura retórica a la que había recurrido no había estado lo suficientemente clara para ser entendida como lo pretendí. Mientras, engordaba un ardoroso debate virtual en el que el nivel comenzó a descender, cuando saltaron comentarios hechos por mentes brillantes, como “A Rafo León el asunto le debe resultar sensible por alguna razón, pues”, o donde se me decía, sin asco, cobarde, irresponsable, ocioso. Decidí cerrar el asunto.
Hasta que el jueves pasado apareció el comentario de Gustavo Gorriti en CARETAS y respiré aliviado. Por fin encontraba un punto de vista que sin ceder un ápice a su indignación, le sacaba la cresta a mi texto pero tratando de poner las cosas en su lugar, sin descalificaciones personales ni alusiones arteras. Luego de leerlo me di cuenta de que en efecto, había que dar una explicación a algo que como el mismo Gorriti señala, pudo ser una expresión de desmesura. Y eso es lo que estoy haciendo en estas líneas.
Tengo muchos amigos judíos, otros tantos gay y ni qué decir straights, parapléjicos, filatélicos, afroperuanos, vegetarianos y nikei. Jamás ando pensando ni en sus orientaciones sexuales, ni en sus culturas de origen ni en sus rasgos físicos. Los libros que más me han impactado en el último año son los de Daniel Jonah Goldhagen, empeñado en demostrar que el pueblo alemán sabía al milímetro lo que estaba ocurriendo durante Hitler; o las denuncias acerca del silencio cómplice de Pacelli en tiempos del Holocausto. Por eso, ser juzgado públicamente como antisemita me dolió y me sigue doliendo, como a otras personas les dolió mi texto. Y si las disculpas son un bálsamo, no tengo el menor problema en pedirlas, aunque también debo decir que nunca creí en el efecto mágico de la palabra “retírala”, luego de una clásica mentada de madre de colegio. Y hablando del colegio, cuando yo estaba en la primaria tenía un vecino, uruguayo, un muchacho de doce años a quien en su escuela lo acosaron de tal manera por su amaneramiento, que un día se subió a la azotea de su edificio y saltó. Pedidas las disculpas del caso, añado que no me gusta imaginar a Waisman en este momento frotándose las manos mientras piensa: “nadie sabe para quién trabaja”. (Rafo León)