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Historia De filibusteros a terroristas. Del comercio naval al petróleo. 200 años de conflictos entre Libia y EE.UU. y un himno histórico.

Los Piratas de Trípoli

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“Cada musulmán que muera en la guerra irá al paraíso”. Además, el primero que saltaba al barco enemigo tenía derecho a reclamar un esclavo.

Apenas un año después de la firma de la independencia estadounidense de Gran Bretaña (Tratado de París, 1783), la mecha empezó a correr en las costas del norte de África.

Una zona que siempre ha tenido alta densidad comercial, pues comparte con Europa el Mar Mediterráneo: la actual Marruecos se alza frente a España. Argelia, frente a Francia. Túnez y Libia, frente a la bota italiana (ver mapa). Para los gringos de la época esa zona era la “Barbary Coast” (La costa bárbara).

Pero, ¿qué es lo que pasó en 1784? Un barco americano fue secuestrado por piratas frente a Marruecos. Luego de una complicada negociación el gobierno americano acordó pagar US$ 60 mil para que el comercio siga viento en popa.
Ese pago fue como dejar un rastro de sangre a los tiburones.

En 1785 Thomas Jefferson (embajador en París) y John Adams (embajador en Londres) se reunieron con su par de Trípoli. La cuestión era clara: ¿Por qué continúan los asedios a naves y tripulantes americanos? La respuesta fue la siguiente: “Se ha escrito en el Corán que todas las naciones que no reconocen al Profeta son pecadoras, por lo tanto es el deber y el derecho de los fieles esclavizarlas”.

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Costas bárbaras: el Mediterráneo fue el escenario donde se forjó el carácter de EE.UU.

Y añadió: “Cada musulmán que muera en la guerra irá al paraíso”.
Tamaña declaración de fe fue seguida por el antiquísimo y tradicional “¿y cómo es?”. Si, Abd Al-Rahman estaba diciendo que si los americanos decidían pagarle a Tripoli para que cesen los ataques, su magro bolsillo debía salir un poco más gordito. Casi casi un “tú dirás, mi hermano”.

El ensayista angloamericano Christopher Hitchens apunta que esa combinación de dogma y corrupción le hizo pensar a Jefferson en una posible guerra futura.
De hecho, esa era una posición dentro de Estados Unidos. El propio Hitchens, citando la publicación The Federalist, describe opiniones donde se señala que solo la unión podrá salvar a América de las rapaces demandas de piratas y bárbaros. Y que la única manera de proteger a comerciantes y navegantes americanos era formar una respetable armada naval.

Estaba naciendo un imperio.

La posición contraria la encabezó John Adams, quien llegó a advertir: “No debemos luchar contra ellos a menos que decidamos luchar contra ellos para siempre”.

Lo cierto es que en 1801 Trípoli elevó el monto que debían desembolsar para que los navíos tuvieran luz verde en el Mediterráneo.

Jefferson, ya presidente de EE.UU., se negó a pagar una suma que representaba el 10% del presupuesto anual. La guerra se declaró con bárbara elegancia: la bandera (que tenía solo 15 estrellas) que flameaba en el consulado americano en Trípoli fue arriada y luego hecha jirones. Argelinos y tunecinos se sumaron como aliados antagonistas.

Jefferson envió cuatro naves al mando del comodoro Richard Dale. El bloqueo de Trípoli fue una realidad. Pero la terra incognita ofrecía resistencia. La fragata Constitution (dotada de 44 cañones) comandó otra flotilla que navegó hacia el norte de África bajo el mando del comodoro Edward Preble.

La situación parecía controlada. Pero en 1803 hubo un incidente con la fragata Philadelphia: encalló en Trípoli y los piratas apresaron a sus más de 300 tripulantes.

Lo que siguió fue calificado por Lord Nelson como el acto más atrevido de su tiempo: el teniente Decatur y un breve grupo de valerosos incursionó en el puerto. Amparados por la oscuridad, abordaron la prisionera Philadelphia, eliminaron a los piratas custodios y prendieron fuego a la nave. Se retiraron viendo arder su barco.

El relumbrón de esta acción no consiguió nada con respecto a los más de 300 prisioneros. Por ellos se pedía US$ 200 mil como rescate.

La solución a dicho problema fue ideada por el cónsul en Túnez, William Eaton. Se trataba de un enroque humano: reemplazar al belicoso líder Yusuf por su hermano Hamet Karamanli, quien poco antes había sido derrocado, exiliado en Alejandría y su familia apresada.

Era regresar las cosas a su lugar, previa firma de una alianza entre Hamet y los gringos.

Eaton contrató a 400 mercenarios. Comandados por el teniente Neville O’Bannon y siete marineros cruzaron el desierto durante 45 días para sorprender por tierra a las fuerzas de Yusuf.

La inesperada y exitosa embestida en Derna logró que por primera vez la bandera estadounidense flameara como señal de victoria en suelo extranjero. Era 1805 y la primera guerra berberisca o bárbara tocaba a su fin.

Esta hazaña es aludida en la más antigua canción militar de la nueva nación: el Himno oficial de los United States Marine Corps.


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