Opinión Escribe: RAFO LEÓN
Por un Nuevo Contrato Social
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“En el Perú tenemos mafias de todos los tamaños, clases, colores y funciones”. |
Motupe, 26 de marzo de 2011Entre Chiclayo y Lambayeque en menos de dos años han aparecido unos diez o más molinos de arroz a todo meter, modernos, híper tecnificados. En paralelo, ciertos agricultores, alguna universidad y por ahí ONGs interesadas en el desarrollo sostenible, vienen estudiando la idea de cambiar paulatinamente de producto intensivo, de arroz a piquillo, a frutales, a ciertas variedades de maíz, porque cultivar arroz en un mundo que en pocas décadas morirá de sed es un tanto irracional. El desperdicio de agua en el proceso del arroz ya a estas alturas ha pasado a ser una irresponsabilidad, aunque el arroz con pato sea tan rico. Pero muchos de esos flamantes molinos son lavandería y todo el mundo lo sabe, y sus dueños al final de cuentas definen qué debe dar la tierra chiclayana. Lo demás son cuentos. En la antigua Panamericana que va a Piura, en una reserva municipal de bosque seco cuyas tierras pertenecen a una comunidad, un congresista vinculado hasta las pestañas con el narcotráfico está construyendo un enorme grifo. Para conseguir el terreno se valió de una mafia de traficantes del rubro que en dos papazos le resolvió el problemita.
En el Perú tenemos mafias de todos los tamaños, clases, colores y funciones. En los mercados, en las invasiones de terrenos, en el Poder Judicial, en los lavaderos de oro, en los hospitales públicos, en las licitaciones de diversa magnitud, en el tráfico de menores para prostitución y trabajo, en las revisiones técnicas, en la tramitación de brevetes, pasaportes, títulos universitarios, certificados de defunción y papeles de propiedad. En la venta de pruebas para actualización de docentes, en el proceso de blanqueamiento de la madera talada de manera ilegal, en el otorgamiento de las licencias para la tala de madera, en los juicios de alimentos, en los pasos de frontera, en el imperio del contrabando, en la venta de órganos, en el control de la distribución y venta de periódicos, en la piratería de libros, discos y películas; en los galones de gasolina de los militares, en los litros de combustible que deberían ir al combate del narcotráfico y son vendidos por lo bajo por militares a los propios narcotraficantes. En el narcotráfico en todas sus fases, obviamente. En la venta de paquetes turísticos al Colca, a Machu Picchu y a donde el diablo perdió el poncho. Por eso cuando se repite que lo que nos falta es Estado, a mí me asalta una duda: ¿no será que tenemos uno, muy eficiente, solo que no cuenta con oficinas señalizadas y se llama de otra manera?
Tantas décadas de informalidad han terminado generando circuitos mayores de poder económico y político, clanes estructurados que para poder mantener sus utilidades, deben asumir la forma de una organización paralegal con sus propias reglas, mecanismos de operación, defensa y protección, ubicados en una zona intermedia entre la legalidad y el delito. A eso se le llama mafia, una manera de operar que requiere de al menos dos condiciones imprescindibles: la capacidad de corromper al más pintado y el secreto, la omertà, el doble estándar en la información. Cuando las mafias son tantas y cubren tan diversos campos de la economía, pensar en un Estado prototipo, como podría ser el de los Países Bajos o hasta el chileno, es como intentar meter un marshmellow por la rendija de una alcancía.
En unos días debemos ir a votar por obligación. Cada quien tendrá su razón o sinrazón para marcar el dibujito que prefiera en la cédula. Mis motivos van por el tema de las mafias, que –pienso– es algo que desborda la definición convencional de corrupción y ya más bien califica un modo de crear Estado, hacer política, enfocar el desarrollo. Me suena angélico eso de luchar contra los corruptos ajustando clavijas, aumentando controles y vigilancias, que es lo que formulan los candidatos, cada uno en su jerga. Seré muy incorrecto políticamente una vez más, pero ya estoy convencido de que hay que levantar la valla de la hipocresía y comenzar a asumir lo que somos, un mosaico de mafias, y desde el poder comenzar a negociar con todas ellas, buscando donde se pueda la legalización y donde no, las mayores ventajas posibles para el sistema formal, sin pretender nada más. Para ello se necesita gobernantes y funcionarios probos y honrados, que no cedan ante las rumas de billetes que les pongan los mafiosos por delante cuando se reúnan a discutir cómo convivir en buenos términos con la corrupción. (Rafo León)