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Opinión Escribe RAFO LEÓN

Miedo

“Se agotarán los pasajes internacionales, las latas de atún, las linternas, los fósforos, los botellones de agua”.

OMAHA, 3 DE ABRIL DE 2011

Soy un peruano afortunado. Mientras todo el mundo tiembla en mi país, yo estoy pisando hojas secas de roble en un bosque de Nebraska. No me pregunten por qué, estamos a tres días de elecciones, a quién le importaría. Recibo correos del Perú por decenas, que consulto por la noche en mi habitación de un hotel en el que Jack Nicholson puede aparecer en cualquier momento con un cuchillo entre las manos. No existe el wi fi. Leo mis correos por la noche, mi conexión a la red es por banda ancha, no hay alternativa.

Miedo. Si aplicara un programa para determinar la palabra con mayor recurrencia en los mensajes que recibo de Lima, saldría sin duda, “miedo”. Hoy es domingo, 3 de abril, en el pueblo de Brownville los jefes de hogar recogen las hojas secas de sus jardines y las mujeres, obesas casi todas, están sentadas en los porches de sus casas observando jugar a sus pequeños. Acá, me han dicho, las personas tienen miedo porque sienten que sus líderes los han traicionado. Esto es la América profunda, republicana, armamentista, antiabortista, perfecta.

El mensaje del miedo que me llega del Perú se multiplica día a día y se cifra en los guarismos de unas cosas llamadas empresas encuestadoras. El gran miedo, me escriben subrayado, en negrita, en cursiva, es que la catástrofe ocurra en primera vuelta. La Bolsa de Lima mostrará el lunes en los paneles electrónicos normalmente preñados de Dow Jones, las puertas del umbral del fin. Sonarán las trompetas, se confundirán las lenguas, se anatematizarán unos a otros: “¡Pudiste hacer que las cosas fueran distintas pero tu egoísmo como siempre triunfó!”. Se agotarán los pasajes internacionales, las latas de atún, las linternas, los fósforos, los paquetes azules de velas, los botellones de agua. La familia dormirá sus últimas noches en la sala, sobre los sillones, los niños envueltos en las frazadas que no se llegaron a meter en las maletas.

Soy un peruano afortunado, puedo postergar mi regreso a Lima hasta después del domingo y según los resultados, quedarme en Nebraska o quedarme en Nebraska. Acá cerca, en Omaha, un muchacho charapa muy simpático maneja con su esposa un restaurantito llamado Perú, mucho gusto. Mal no les va y su cebiche pasa piola, nadie sabe cómo pero ellos reciben lenguados relativamente frescos venidos de Honolulu. Si me traigo mis ahorritos –antes que me los confisquen– quizás pueda proponerle a la pareja una asociación para crecer. Hasta podría meterme a la cocina, la papa a la huancaína me queda bien si es que estoy de humor. En los primeros días, supongo, la cosa será igual que después de un gran terremoto, las comunicaciones estarán interrumpidas, la información de la prensa internacional distorsionará los hechos, habrá que mantener la cabeza fría y no dejarse llevar por el alarmismo. La primavera ya está calurosa, se puede salir a hacer unas caminatas muy tranquilizadoras entre los mil robles plantados en el campus del State College. Y como no puedo conectarme vía blackberry, no me quedará otra que ignorar la verdad hasta que por la noche regrese a mi cuarto de hotel, abra mi correo y salte el miedo, en Arial, en boldt, con punto agrandado, en rosa, amarillo, negro chivillo. Miedo, me da miedo volver y encontrar que la corrección política llegó al poder y que deberemos aprender a callar o a decir las cosas con diminutivo y permiso. Mientras tanto, solo me queda escuchar el crujido de las hojas secas de los robles que rodean la estatua del guardián de este pueblo: un gato montés que muestra los colmillos. (Rafo León)


 


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